Por Octavio Santos
Aunque las salas superaron los tres millones de visitas en 2025, el público sigue lejos de los niveles registrados antes de la pandemia y del auge del streaming.
Los dominicanos siguen yendo al cine, pero van menos. Esa es la fotografía que dejan las estadísticas recientes de la industria cinematográfica: en 2025 las salas del país registraron 3,037,719 visitas, una cifra que todavía luce significativa en un mercado pequeño, pero que confirma una tendencia claramente a la baja cuando se compara con los años de mayor asistencia.
El dato, contenido en la actualización de estadísticas cinematográficas de República Dominicana, muestra que el cine presencial no ha desaparecido del consumo cultural del país. Sin embargo, la asistencia está lejos de los niveles que alcanzó durante la segunda mitad de la década pasada, cuando el mercado superaba los cinco millones de entradas vendidas por año.
El contraste es fuerte. En 2015, las salas dominicanas recibieron alrededor de 5.2 millones de visitas. En 2018, uno de los años más altos de la serie reciente, la asistencia llegó a 5,407,901 espectadores. Para 2025, el número cayó a poco más de tres millones. En términos simples, el país perdió más de dos millones de visitas frente a sus mejores registros recientes.
La caída no se explica por un solo factor. La pandemia golpeó con fuerza la exhibición cinematográfica en 2020, cuando la asistencia bajó a 1,447,056 personas. Pero el problema no terminó con la reapertura de las salas. La recuperación ha sido parcial, irregular y vulnerable a los cambios de hábitos del público.
Después del desplome de 2020, el mercado volvió a moverse. En 2022 se reportaron 3,062,374 asistentes. En 2023 la asistencia volvió a superar los cuatro millones de taquillas, de acuerdo con reportes basados en datos de DGCINE. Pero el repunte no se sostuvo. En 2024 bajó a 3,557,693 visitas y en 2025 volvió a caer, hasta 3,037,719.
La lectura es clara: el cine dominicano recuperó público después del choque inicial de la pandemia, pero no consiguió regresar al volumen prepandemia. Y, peor aún, la asistencia volvió a retroceder durante los dos años más recientes.
El descenso de 2025 frente a 2024 ronda el 14.6 %. Es decir, en un solo año las salas dejaron de recibir cerca de 520,000 visitas. Si la comparación se hace frente a 2018, la caída supera el 43 %. Frente a 2015, el retroceso ronda el 42 %. No es una baja menor ni un simple ajuste estadístico. Es un cambio de escala en la relación del público con las salas de cine.
Pero la industria sigue activa. En 2025 el país contó con 25 complejos cinematográficos y 163 pantallas. Se exhibieron 333 películas nacionales y extranjeras y se estrenaron 37 películas dominicanas. También se rodaron 57 proyectos cinematográficos, de los cuales 50 fueron nacionales y siete extranjeros. En producción hay movimiento. En cartelera hay oferta. En infraestructura hay una red formal de exhibición. Lo que falta, o al menos lo que ya no aparece con la fuerza de antes, es público en la misma proporción.
El dato de visitas debe leerse con una advertencia: no equivale a decir que tres millones de dominicanos distintos fueron al cine. La estadística mide entradas o asistencias acumuladas. Una misma persona puede haber ido varias veces en el año. Por eso, el número real de individuos que acudieron al cine probablemente es menor. La cifra sirve para medir volumen de mercado, no cantidad única de espectadores.
Esa precisión hace que la caída sea todavía más relevante. Si los tres millones de visitas no corresponden a tres millones de personas distintas, entonces el hábito podría estar más concentrado en un grupo de consumidores frecuentes. Para la industria, el desafío no es solo mantener a quienes ya van al cine, sino recuperar o atraer a quienes dejaron de hacerlo.
El cambio de hábitos pesa. Hoy el público puede consumir contenido audiovisual durante todo el día sin pagar una boleta: películas en plataformas de streaming, series, videos cortos, transmisiones en vivo, redes sociales, contenido gratuito y también piratería. Ir al cine exige una decisión distinta: salir de casa, pagar transporte o combustible, comprar entrada, asumir comida, elegir horario y desplazarse hacia un centro comercial o complejo de salas.
Ese proceso compite contra una comodidad difícil de derrotar. En casa, el espectador pausa la película, la ve cuando quiere, comparte pantalla con el celular, consume varios contenidos a la vez y evita costos adicionales. La sala de cine ofrece otra experiencia: pantalla grande, sonido, oscuridad, estreno compartido y salida social. Pero para una parte del público, esa experiencia ya no parece suficiente para sostener la frecuencia de antes.
El precio también importa. En 2015, el precio promedio de taquilla rondaba los RD$188.50, según reportes publicados entonces. Para 2024, la relación entre recaudación y asistencia arrojaba un promedio cercano a RD$301 por persona. En 2025, la infografía oficial reporta ingresos superiores a RD$1,846 millones, lo que sugiere un monto nominal importante asociado a las salas, aunque la asistencia sea menor que en años anteriores.
Ese comportamiento plantea una segunda paradoja: puede haber menos público, pero más dinero circulando por boletería o por la experiencia completa de cine. Eso no necesariamente significa una industria más saludable. Si la recaudación nominal se sostiene por precios más altos, funciones premium o consumo asociado, mientras baja el número de visitas, el negocio depende de menos asistencia pagando más. Esa fórmula puede funcionar por un tiempo, pero reduce la base social del cine.
La caída de público también afecta de manera particular al cine dominicano. La producción local ha crecido desde la Ley de Cine, pero la audiencia sigue concentrada en pocos títulos. En 2024, las películas dominicanas atrajeron 418,345 espectadores, un aumento frente a 2023, pero todavía lejos de los 1.4 millones de espectadores que llegaron a consumir cine local en 2018. En 2019, la asistencia a películas dominicanas había bajado a 892,197 personas.
Esto revela otro problema: no basta con estrenar más películas dominicanas. Hay que lograr que el público las elija. En 2025 se estrenaron 37 películas nacionales, pero la estadística general no permite identificar cuántas lograron conectar de manera fuerte con la audiencia ni cuántas pasaron por cartelera con resultados discretos.
En los años de mejor desempeño, algunos títulos dominicanos se convirtieron en eventos populares. Películas como Tubérculo Gourmet, Qué León, Colao, Los Leones, Capitán Avispa o determinadas comedias familiares lograron arrastrar público más allá del círculo cinéfilo. Ese tipo de fenómeno no ocurre todos los años y no se reparte entre toda la cartelera. La industria depende demasiado de pocos éxitos capaces de movilizar masas.
El mercado internacional sigue siendo el gran motor de la asistencia. Hollywood, las franquicias, las animaciones familiares y los estrenos globales dominan buena parte de la decisión del público. En 2024, las producciones internacionales movilizaron más de tres millones de espectadores, muy por encima del cine local. Esto no es exclusivo de República Dominicana, pero marca el tamaño del reto para los productores nacionales: competir por atención contra campañas globales, personajes conocidos y marcas cinematográficas instaladas.
La infraestructura también condiciona el hábito. Los complejos de cine se concentran principalmente en zonas urbanas y comerciales. Para una parte de la población, ir al cine implica distancia, transporte, costo y tiempo. Si el acceso físico es limitado, la asistencia se vuelve un consumo más frecuente en ciertos sectores y menos habitual en otros. Esa brecha territorial puede ayudar a explicar por qué el cine no logra ampliar su base de espectadores al ritmo que necesita.
A eso se suma la competencia por el tiempo libre. El cine no compite solo con Netflix. Compite con conciertos, restaurantes, deportes, videojuegos, redes sociales, bares, centros comerciales, actividades familiares y consumo digital permanente. La sala necesita convencer al público de que vale la pena salir. Y esa decisión parece estar ocurriendo con menos frecuencia.
Los datos no indican que el cine esté muerto. Sería una exageración. Tres millones de visitas siguen siendo una cifra relevante. Las salas mantienen una función cultural, social y económica. Generan empleos, activan comercios, distribuyen películas y sostienen parte de la cadena audiovisual. Pero las cifras sí muestran que el mercado se hizo más pequeño en términos de asistencia.
El punto crítico es que la caída ocurre mientras el sector produce más y mientras los costos suben. El Índice de Precios al Productor en actividades vinculadas a producción de películas, videos, programas de televisión, grabación de sonido y edición de música pasó de 145.82 en 2024 a 154.01 en 2025. En otras palabras, producir y operar dentro del ecosistema audiovisual se encarece. Si al mismo tiempo baja la asistencia, cada estreno enfrenta una presión mayor para recuperar inversión.
Para productores, distribuidores y exhibidores, el dato debería mover decisiones. Ya no basta con colocar una película en cartelera y esperar que el público llegue. Hace falta entender mejor quién va al cine, quién dejó de ir, qué edad tiene, cuánto está dispuesto a pagar, qué tipo de película lo mueve, qué horarios prefiere, qué zonas están subatendidas y qué estímulos pueden convertir un estreno en conversación.
La promoción también necesita cambiar. El público no se entera de los estrenos como antes. La conversación ocurre en redes, clips, entrevistas, memes, influencers, podcasts, comunidades digitales y recomendaciones entre amigos. Si una película no logra instalarse ahí, llega débil a la cartelera. En un mercado de menor asistencia, cada semana perdida pesa más.
El cine dominicano enfrenta entonces una doble tarea: defender la experiencia de sala y construir una relación más sólida con su audiencia. La sala debe sentirse menos sustituible por el streaming. La película dominicana debe sentirse menos predecible para el público que la asocia con fórmulas repetidas. Y la industria completa debe dejar de mirar solo cuántas películas se producen para mirar cuántas personas realmente están dispuestas a pagar por verlas.
El dato de 2025 funciona como advertencia. Hay salas, hay pantallas, hay estrenos y hay producción. Pero el público no está volviendo en los niveles de antes. Las visitas caen y la recuperación pospandemia no termina de consolidarse.
La pregunta ya no es si los dominicanos van al cine. Sí van. La pregunta es por qué van menos, quiénes dejaron de ir y qué tendría que pasar para que la sala vuelva a ser una costumbre más frecuente. Ahí se juega buena parte del futuro del cine como industria cultural en República Dominicana.







