Aprender con la muerte

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Miguel J. Escala

(#34)

Hace unos días murió mi maestro, mentor y amigo, Enerio Rodríguez Arias. Y no imaginaba que el Serrat que iba a comentar esta vez sería el que ha cantado a la muerte.

En la canción “Si la muerte pisa mi huerto”, Joan Manuel Serrat (con 27 años) presentó la muerte como una experiencia que irrumpe en la normalidad y obliga al sujeto a confrontar su vulnerabilidad y el sentido de su existencia. Una experiencia que podría interpretarse, desde Mezirow del aprendizaje transformador del que hemos hablado antes, como un dilema desorientador.  

Desestabiliza y provoca un proceso de reflexión crítica sobre la vida, los vínculos y la identidad. Obliga a replantearnos nuestras certezas, nuestras competencias, nuestros retos de desarrollo, nuestros vínculos y el sentido mismo de la vida.

Es una oportunidad de sentir el dolor y también de aprender. Nos invita a revisar creencias frente a la soledad y nos toca testimoniar un dolor que se transforma en múltiples expresiones: desde las lágrimas de la esposa hasta el silencio de los libros abiertos.

Comprendemos, en primera fila, que la muerte es inevitable y que la resaca de la soledad forma parte de la vida.  Pregunta Serrat,  “¿quién pondrá fin a mi diario al caer la última hoja en mi calendario?” 

Con esos considerandos, dedico este artículo al Dr. Enerio Rodríguez Arias, recientemente fallecido.

Enerio Rodríguez: Ejemplo de seriedad académica.  7 de diciembre de 2017

Primero, comparto algunas de las ideas que leí en su presencia hace 9 años cuando él no llegaba a los 80 ni yo a los 70.   Tuvimos tiempo para conversarlas. 

“Asumo con entusiasmo esta participación  pero con gran sentido de responsabilidad, porque represento en este panel a una generación, la tercera promoción de Psicología de la UASD,  la cual entró a la carrera cuando Enerio se estrenaba como Director del Departamento siendo los primeros en cursar el nuevo plan de estudio reformado a su llegada de México.  

Quisiera precisar: 

  • Enerio no es de los que quiere aparentar que conoce.  Enerio conoce.  Y mucho.
  • Enerio no es de los que habla pontificando sobre cualquier tema.  Enerio elige sus temas, y hay que sentarse para escucharlo. El hombre sabe.
  • Enerio no llega a clases sin saber lo que va a decir e improvisa temas para llenar tiempo.  Enerio prepara sus clases y quien tiene la habilidad de copiar su clase, acaba con un libro de texto manuscrito de gran valor académico. Su memoria es prodigiosa.
  • Enerio es un buscador incansable de los temas de su interés, y  de lo último que se ha publicado sobre el mismo. Cuando no existía el INTERNET vivía en ”hipervínculos abiertos” de varios temas que le interesaban, en la espera del Journal que satisfaría sus ansias de actualizarse, o el reprint que le enviaba el autor.
  • Enerio nos enseñó a no satisfacernos con las cátedras ni con el libro de texto, sino de seguir buscando, aún haciendo el esfuerzo de traducción de un inglés que no era dominado por todos, y que acabó siendo el lenguaje principal de lectura de muchos de aquella generación.

Su labor fundamental ha sido como profesor, como maestro, como mentor.  Ha elegido compartir su conocimiento y el dominio de grandes temas de la Psicología, de la Filosofía, de la  Filosofía de la Ciencia, a través de una docencia ejercida sobre todo por un disfrute apasionado de enseñar y de formar nuevas generaciones, para quienes ha sido ejemplo a admirar, y para muchos mentor que lo tuvieron de guía.  Esa es una seriedad académica compartida con estilo, con disfrute, y con características muy de Enerio.  Su vida y su obra no pueden abordarse sin distinguir esa faceta de maestro y mentor.

Mi opinión de Enerio como maestro es inmensamente mucho más positiva cuando me recuerdo de la clase de Metodología de Investigación y de cómo no solamente nos explicaba el McGuigan, sino que nos hacía plantear investigaciones como McGuigan. Enerio se acercaba mucho más en esa clase a un maestro con metodología activa, que hoy se presenta como el modelo de maestro.

Me atrevería a calificarlo de un Meta psicólogo de gran erudición y con profundas raíces en la Filosofía.  Y desde luego profesional de la enseñanza”.

Palabras en la despedida al Dr. Enerio Rodríguez. 20 de mayo de 2026

A continuación incluyo partes de lo que leí en la Funeraria, a solicitud de Doña Lidia, esposa de Enerio.

“Hoy nos reúne el adiós a un hombre excepcional, una mente brillante que dedicó cada uno de sus días a descifrar los misterios más profundos de la condición humana. Despedir a un maestro, a un mentor y, sobre todo, a un amigo de esta magnitud, nos coloca ante una dolorosa paradoja: la de intentar explicar con palabras la partida de quien mejor sabía usar el intelecto para comprender nuestra existencia.

Nuestro querido Enerio fue un titán del pensamiento. No fue un psicólogo de diván ni de consultas; fue un científico del comportamiento con intereses también en la caja negra que cubre lo no descifrado todavía, fue un teórico riguroso. Su genialidad radicaba en su capacidad para dominar el análisis experimental de la conducta y Skinner, entendiendo las leyes que nos mueven, pero sin perder jamás de vista la complejidad de la personalidad que defendía Allport, ni la búsqueda de ese aprendizaje profundo y significativo que nos enseñó de Ausubel con su subsunción. 

 Pero lo que hacía a nuestro maestro un ser verdaderamente único era que su inmensa cultura no eclipsaba su espíritu. Supo caminar por la cumbre de la ciencia y la filosofía sin soltar jamás la mano de la espiritualidad. Fue un hombre de fe, un pensador que entendía las leyes de la Tierra pero mantenía su esperanza puesta en Dios.

Como mentor, su generosidad no tenía límites. Nos enseñó a dudar para aprender, a analizar para comprender y a mirar al ser humano en toda su integridad..

Gracias, maestro, por enseñarnos a pensar. Gracias, amigo, por enseñarnos a creer. Gracias, mentor por dejarnos crecer. Descansa en paz.

“No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida”.

(Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández, cantada por Joan Manuel Serrat)”

Aprendizajes desde la muerte

La muerte de un amigo, de un maestro y de un mentor no deja solamente tristeza. También deja tareas interiores. La experiencia del duelo puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje transformador. No porque el dolor sea deseable, sino porque la ruptura de sentido obliga a reconstruirnos.

Aprendemos, primero, la fragilidad. La muerte rompe la ilusión de permanencia con la que solemos vivir. Nos recuerda que somos finitos, vulnerables y transitorios. Y que muchas veces posponemos palabras, afectos y gratitudes como si el tiempo estuviera garantizado.

Aprendemos también el valor de la presencia. Después de la partida de un amigo descubrimos que gran parte de la vida estaba hecha de conversaciones aparentemente ordinarias, de encuentros cotidianos, de gestos pequeños que sólo adquieren su verdadero significado cuando faltan.

Aprendemos igualmente de la continuidad del legado. Un maestro no desaparece completamente cuando muere. Permanece en los conceptos que enseñó, en las preguntas que sembró y en las exigencias intelectuales que dejó instaladas en quienes formó. Enerio sigue presente en generaciones enteras que aprendieron con él a pensar con rigor, a leer críticamente y a no conformarse con respuestas simples.

Como dijo su sobrino Ramón Rodríguez en las hermosas palabras que compartió ante la tumba que acogía a Enerio: “Las universidades suelen recordar a sus grandes maestros con placas, auditorios o retratos. Pero los grandes maestros viven realmente en otro lugar: en las preguntas que sus alumnos continúan haciéndose décadas después”.

La muerte de alguien cercano nos confronta con nuestras propias tareas pendientes, con nuestros vínculos, con aquello que todavía debemos construir y con lo que deseamos dejar cuando llegue nuestra propia ausencia.

Enerio Rodríguez Arias dejó mucho. Dejó pensamiento, disciplina intelectual, seriedad académica, pulcritud administrativa, pasión por el conocimiento y apertura para seguir aprendiendo. Pero dejó además algo todavía más difícil de lograr: dejó huellas humanas profundas. Se convirtió en nuestro líder académico cuando apenas tenía 31 años, y ese liderazgo trascendió las décadas y permaneció vivo en cada generación que ayudó a formar.

Y quizá uno de los mayores aprendizajes sea comprender que el duelo no es solamente sufrimiento. Es también memoria activa. Es responsabilidad con el legado recibido. Es continuidad. 

Es como diría Fernando Martínez, el compañero,  compadre y amigo  quien partió hace 23 años (Enerio lo identificaba como su primer alumno fallecido), una oportunidad para escribir y leer Cuentos de humor con luto (libro recién pubicado por su esposa y sus hijos). Igual que ellos, uno muere. Preferiblemente, con humor.

Miguel J. Escala
Miguel J. Escala
Miguel J. Escala Es educador desde 1969. Estudió Psicología y Educación Superior.

1 COMENTARIO

  1. Saluuuuuudo
    Gracias, estimado doctor, por tomar este lamentable acontecimiento como una forma de hacernos reflexionar sobre la ausencia física de un ser querido, cercano y sobre todo mentor, como usted afirma.
    Su escrito, analiza desde varias perspectivas un mismo hecho, sin contradicciones ni sobreposición alguna, visualizando lo académico, amistoso y cotidian.
    Descanso eterno para el alma del maestro Enerio.
    "Solo muere quien es olvidado"

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