¿Acaso existen los Bacás? Conozca la historia de Carmelo

Por Valentín Pérez

Carmelo escuchó el crujir en el vasto sembradío y todo su cuerpo se estremeció, se detuvo por un instante y se posicionó sobre un árbol de caoba, paró sus orejas y se dispuso a husmear en el aire los volubles residuos del extraño ruido. Después de unos minutos y sin resultados visibles retomó a sus labores. –Ya quiero terminar… llevo toda la noche regando estos benditos plátanos y aún no termino.  El frío lo consumía y en lo más profundo de su ser albergaba un miedo que no le permitía concentrarse.

Su hijo le acompañaba en las largas jornadas de trabajo, pero había sufrido un accidente, se cortó su pie con una pala mientras deshojaba  una regola. Al cabo de un momento Carmelo escuchó nueva vez el intimidante ruido, cada vez se hacía más sonoro y esta vez no se detuvo a averiguar, soltó la pala y emprendió la huida, sus pantalones remangados hasta las rodillas no le permitían avanzar, caía al suelo una y otra vez y cada vez se levantó con más energía.



Una nube de mosquitos lo cegó; desenvainó su machete y se dispuso a avanzar, largaba golpes al aire buscando recuperar la visibilidad, exhausto y con la lengua al pecho se recostó sobre un frondoso framboyán, fijó la mirada a lo alto y divisó algo extraño que le causó más miedo, prosiguió la caminata hasta su bohío y cayó desmayado en brazos de su esposa.


 Esa noche Carmelo se negó a conversar, y al día siguiente contó a su esposa lo acontecido.

–Mire Francisca, anoche, mientras regaba los plátanos me salió un Bacá, yo no lo vi, pero gritaba como una mujer alumbrando, el miedo me mataba y dejé todo tirado,  de camino a casa  yo me recosté sobre el   framboyán  y allá en lo alto ese mismo Bacá se balanceaba y me invitaba a subir al árbol. La mujer se quedó perpleja  y no esbozó media palabra.

-Carmelo, mire su café y llame a su compadre Manuel para que lo acompañe al conuco a recoger su pala y me traiga las vasijas que usted dejó tirada, masculló Francisca.

–Los dos hombres se dirigieron al conuco y al llegar todo estaba en orden….

¡Corra Carmelo!, dijo Manuel alarmado, venga a ver las cosas de la naturaleza. Carmelo se acercó y observó lo que sus ojos no podían creer, una mata de plátano en pleno parto, el racimo que salía de su interior era tan grande que desgarraba su tallo y emitía un sonido extraño, parecido al de una mujer en proceso de parto…. Carmelo se quedó sorprendido y enmudeció por largo rato…

-Recoja todo, y vámonos, dijo Manuel. De camino a casa descansaron bajo el framboyán y recordó la noche anterior, miró a arriba y observó un harapo viejo que había abandonado su hijo mientras cortaba unos palitos para reforzar el cercado de la casa.


Rápidamente, Carmelo supo que el Bacá de la noche anterior, que le incitaba a que se encaramara sobre el árbol, no era más que un trapo viejo que se mecía con la brisa, y su miedo le hizo imaginar que se trataba de un ser demoníaco. El pobre hombre reflexionó profundamente, y por vergüenza nunca contó su historia. Jamás creyó en Bacá y disfrutaba escuchar el crujir de los plátanos al parir; y reía al ver cómo la brisa hacía bailar los harapos sobre los árboles.

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