López Obrador y las mañaneras: cuando la estrategia sobrevivió al estratega

La continuidad de las mañaneras bajo Claudia Sheinbaum confirma que López Obrador creó una eficaz herramienta de control narrativo y consolidó un modelo de comunicación presidencial permanente para convertirse en referente de comunicación presidencial

POR RAFAEL MÉNDEZ

NOTA DEL AUTOR: Este es el tercer artículo de una serie de tres Estudios de Caso sobre comunicación presidencial permanente. La primera entrega estuvo dedicada a “Abinader y la comunicación permanente: cuando el presidente se convierte en vocero, moderador y cuestionador de su Gobierno”, y la segunda a Trump y su lógica impredecible como estrategia de comunicación permanente”.

Andrés Manuel López Obrador convirtió durante seis años las conferencias de prensa conocidas como “las mañaneras” en mucho más que un ejercicio cotidiano de información gubernamental, porque al comparecer cada día antes de que buena parte del sistema político y mediático mexicano fijara sus prioridades, conseguía establecer temas, interpretarlos desde su propia perspectiva y obligar a adversarios, periodistas y actores sociales a comenzar la jornada reaccionando frente a la agenda colocada desde el Palacio Nacional, sede del Poder Ejecutivo federal de México.

Prueba al canto: el resultado más revelador de aquella estrategia apareció después de concluido su mandato presidencial, cuando su sucesora Claudia Sheinbaum, lejos de desmontar el modelo, lo conservó de manera creadora bajo el nombre de La mañanera del pueblo, adaptándolo a su propio estilo y definiéndolo como una de sus principales formas de comunicación directa con la ciudadanía y los medios.

Esa continuidad convierte las mañaneras de López Obrador en una experiencia particularmente relevante dentro del estudio de la comunicación presidencial permanente, porque demuestra cómo un mandatario puede convertirse en principal vocero de su propio gobierno sin limitarse a multiplicar apariciones públicas, siempre que esa exposición responda a un sistema reconocible, con horario, escenario, disciplina, objetivos políticos y capacidad sostenida para construir una narrativa.

La comunicación como método de gobierno

López Obrador demostró que comunicar desde la Presidencia de la República no significaba solamente anunciar decisiones, responder preguntas y atender inquietudes canalizadas por los periodistas, sino también disputar diariamente la interpretación de los acontecimientos, explicar políticas públicas, responder a sus adversarios, defender su gestión y establecer ante la opinión pública el marco desde el cual pretendía que fueran examinados los principales temas nacionales.

Ahí radicó buena parte de su jugada maestra: mientras otros gobiernos reaccionan después de que los medios, la oposición o los acontecimientos imponen la conversación pública, AMLO procuraba adelantarse y colocar cada mañana los asuntos sobre los cuales México, e incluso parte de la opinión pública internacional, terminarían discutiendo durante buena parte del día, convirtiendo la comunicación en una extensión cotidiana del ejercicio político del poder.

La estrategia tampoco estuvo exenta de cuestionamientos, porque sus críticos entendían que la extraordinaria centralidad presidencial podía debilitar la autonomía comunicacional de ministros y funcionarios, al tiempo que denunciaban confrontaciones con periodistas, utilización partidista del espacio y una excesiva concentración de la interpretación gubernamental en la figura de un mandatario que asumía simultáneamente la condición de gobernante y principal vocero de su administración.

Pero precisamente ahí aparece la diferencia respecto de una simple sobreexposición presidencial: AMLO no comparecía ocasionalmente para comentar cuanto acontecía ni lo hacía únicamente cuando la coyuntura lo aconsejaba, sino que construyó un ritual comunicacional estable y previsible, capaz de generar audiencia propia, noticias, controversias y respuestas opositoras, mientras convertía cada mañana en un nuevo escenario para disputar el control de la narrativa pública.

La estrategia sobrevivió al estratega

Un estudio publicado en enero de 2026 por la Revista Mexicana de Opinión Pública, de la Universidad Nacional Autónoma de México, examinó precisamente la transición de las mañaneras entre López Obrador y su sucesora Claudia Sheinbaum, concluyendo que estos espacios funcionan como discursos multimodales capaces de incidir en la agenda pública y en la legitimidad gubernamental, al tiempo que identificó continuidades y transformaciones entre ambos liderazgos.

Sheinbaum ha explicado sin ambigüedades por qué decidió conservar los encuentros matutinos con los medios, al considerarlos una vía para comunicarse directamente con la población, debatir aquello que publican los medios y ejercer el derecho de réplica del Gobierno, mientras sostiene que su administración mantiene el modelo bajo el principio de “cada quien a su estilo”, reconocimiento explícito de que recibió una arquitectura comunicacional probadamente eficaz y decidió hacerla propia.

Para quienes estudian este modelo, la continuidad permite formular una conclusión de mayor alcance: las mañaneras trascendieron a López Obrador porque lograron institucionalizar una determinada manera de ejercer la comunicación presidencial, en la cual el mandatario prescinde parcialmente de la intermediación tradicional, fija prioridades, explica directamente su gestión y disputa desde la propia Presidencia la interpretación de los acontecimientos.

El modelo entraña oportunidades y riesgos, porque facilita cercanía, capacidad de respuesta y comunicación directa, pero también puede convertir al presidente en fuente dominante del relato gubernamental y reducir el espacio de ministros, portavoces y otras voces institucionales. Su eficacia no deriva simplemente de que el mandatario hable todos los días, sino de que esa comunicación responda a una arquitectura, conserve coherencia narrativa y tenga claramente definido qué pretende conseguir cada vez que el presidente toma la palabra.

López Obrador dejó así algo más duradero que miles de horas frente a cámaras y micrófonos: convirtió una práctica personal de comunicación en un método de ejercicio político que su sucesora consideró suficientemente útil y eficaz para conservarlo. Ahí reside probablemente la mayor prueba de su éxito: la estrategia sobrevivió al estratega y comenzó a transformarse en modelo de comunicación presidencial.

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