Por Santiago Torrijos Pulido
Legal Expertise Liaison en Fridman, Fels & Soto (USA)
LL.M. de Georgetown Law
Algo importante está ocurriendo en América Latina y República Dominicana tiene razones para observarlo de cerca.
El Escudo de las Américas, impulsado por el presidente Donald Trump y formalizado en Miami el pasado marzo, nació como una coalición para combatir el narcotráfico, el crimen organizado transnacional y la migración ilegal. República Dominicana estuvo desde el comienzo entre los países participantes.
Ahora, seis meses después, el proyecto empieza a adquirir una dimensión mucho mayor.
La reciente gira del secretario de Estado Marco Rubio por Colombia, Ecuador y Perú revela la construcción de un corredor de gobiernos que buscan una relación particularmente estrecha con Washington. Seguridad y lucha contra el narcotráfico siguen siendo los pilares, pero ya aparecen también comercio, inversión, minerales críticos, energía y cooperación tecnológica.
Colombia, durante décadas el principal socio estratégico de Estados Unidos en Sudamérica, está relanzando esa relación. Ecuador ya se ha convertido en uno de los laboratorios centrales de la nueva estrategia antidrogas estadounidense. Perú busca también profundizar su acercamiento a Washington.
Visto en conjunto, comienza a dibujarse un eje que conecta el Pacífico sudamericano con Centroamérica y el Caribe.
Y allí aparece República Dominicana.
Por su posición geográfica, estabilidad política, crecimiento económico y estrecha relación con Estados Unidos, Santo Domingo puede convertirse en una pieza especialmente valiosa de esta arquitectura. No solamente como socio en interdicción marítima y lucha contra el narcotráfico, sino como plataforma logística, económica y diplomática entre Estados Unidos, el Caribe y América Latina.
De hecho, Washington ya describe a República Dominicana como un socio estratégico en materia de seguridad.
El verdadero potencial del Escudo de las Américas, por tanto, podría estar más allá de las operaciones contra los carteles. Si la cooperación en seguridad termina acompañada por mayor comercio, inversión estadounidense, integración energética y cadenas regionales de suministro, estaríamos frente a algo más ambicioso: el comienzo de un bloque hemisférico de países políticamente cercanos. Para República Dominicana, la pregunta no debería ser si este nuevo eje tendrá impacto en el Caribe. La pregunta ha de ser cómo puede Santo Domingo aprovechar una transformación geopolítica que no solo acompañó desde el primer día, sino que ayudó a poner en marcha.




