Del involucramiento vital y la autoeficacia

Miguel J. Escala

(#42)

Del artículo #41 nos queda el sabor-invitación al involucramiento vital:

“Lo importante es entender que, mientras tengamos vida, salud y reserva cognitiva, podemos mantener alguna forma de involucramiento vital. Y una de las maneras más poderosas de hacerlo es el servicio. Como hemos mencionado anteriormente: servir según lo que le pega a cada uno”.

Sin dudas, una invitación con ejemplos claros. Comenzamos señalando que, concomitantemente con el proceso de integridad del yo, existe un proceso de construcción de un nuevo yo, que se nutre de lo vivido y de lo que hemos sido, pero que también dimensiona nuevas posibilidades de respuesta, con el compromiso de seguir siendo.

Los dos comentarios colocados en la web al final del artículo anterior hacen referencia al tema.

José Medina nos narra su experiencia con su esposa en un grupo de iglesia:

“…los años y los dones que Dios nos ha dado deben ponerse en acción mientras mantengamos la capacidad para hacerlo. Hace poco, mi esposa y yo comenzamos a asistir a un grupo pequeño en una iglesia local. Inicialmente, nuestra intención era simplemente compartir nuestras vivencias con personas de nuestra misma etapa de vida; sin embargo, nos encontramos con que la gran mayoría era mucho más joven.

Al escucharlos reflexionar y compartir sus inquietudes, nos dimos cuenta de que los años no han pasado en vano. Comprendimos que esa experiencia acumulada es precisamente lo que hoy podemos aportar a sus vidas. En esa interacción descubrimos nuestra propia respuesta a la pregunta que plantea el artículo: ¿Para quién puede servir ahora todo lo que hemos aprendido”?

Encontraron una oportunidad y descubrieron que su contribución no consistía en ser una voz más compartiendo su presente, sino en aportar, sin búsqueda de protagonismo, las experiencias acumuladas y también sus procesos actuales.

Por su parte, Virginia nos dice:

“El camino parece claro, el andarlo con gozo, aceptando nuestras limitaciones no tanto. Toca compartir lo aprendido; encontrar ese involucramiento vital y sabernos parte de algo mucho más grande que nosotros”.

Estas contribuciones demuestran la importancia de descubrir o inventar un canal de interacción con los otros que represente nuestro involucramiento vital, tomando en cuenta tanto nuestras limitaciones como la identificación de nuestros posibles aportes.

Propusimos un flujo del proceso de desarrollo:

Integridad del yo → reconocimiento de lo aprendido → capacidades disponibles → involucramiento vital → elección de dónde aportar → acción → nueva experiencia → nueva integración.

Para sazonar con algo de humor, comparto lo que un miembro de un grupo de chat de antiguos alumnos, casi todos con más de 70 años, comentaba:

“Empezar a correr a los 70 es la mejor manera de conocer nuevas personas. Ayer me lancé a correr y terminé conociendo a dos paramédicos, un internista, una enfermera y casi casi conozco a San Pedro. No es justo”.

Definitivamente, no tomó en cuenta las “limitaciones” previstas por Virginia, ni descubrió su papel en las carreras —más de animador que otra cosa—. JAJAJA.  La elección de dónde aportar fue acción fallida. 

Pero el chiste también nos permite recordar algo importante: el involucramiento vital requiere reconocer qué podemos hacer y qué no, sin convertir ninguna de las dos cosas en una sentencia definitiva. Insisto en lo compartido en el artículo anterior:

Mientras haya vida, sin deterioro cognitivo mayor, puede haber involucramiento.

¿Cómo descubrimos y construimos nuestro involucramiento vital?

El involucramiento vital no significa estar permanentemente ocupado, hacer grandes cosas ni demostrar que todavía “somos útiles”. Significa mantener algún vínculo significativo con la vida: con uno mismo, con otras personas, con aquello que nos importa y con aquello que todavía puede despertar interés, sentido o deseo de hacer algo (que nos pegue).

Eso es, en esencia, lo que plantean Erik y Joan Erikson y Helen Kivnick en Vital Involvement in Old Age (1986).

Podemos entenderlo, entonces, como la participación activa y significativa de una persona en aquello que da sentido a su vida, mediante relaciones, actividades y aprendizajes. Y aquí aparece una pregunta que considero inevitable: ¿Y si quiero involucrarme, pero no siento que puedo?

En ese tenor, nos preocupó la reacción de una amiga lectora al artículo #40; parecía casi una declaración de ineficacia ante lo planteado y sugerido. Nos decía:

“Es intenso el análisis propuesto, no creo querer ni poder hacerlo ahora, le doy un espacio a ‘mi’ mejor amiga, a ver si sale algo nuevo o renovado”.

En realidad, se estaba dando un espacio para releer y escucharse. Pero me llamó la atención —tratándose de una profesional excelente y capaz— ese “no creo querer ni poder hacerlo ahora”.

¿Era una declaración de incompetencia? ¿No se sentía capaz de asumir el reto? ¿O quizás yo, como autor, no había explicado con suficiente claridad?

En mi propio proceso de aprendizaje me costó llegar a la propuesta de Bandura. Y creo que vale la pena detenernos en ella.

Autoeficacia

En todo este caminar por las integridades y por los años aparece frecuentemente una pregunta: ¿Puedo yo?

Dicho de otra manera: he trabajado en mi integridad del yo; estoy listo para seguir trabajando en ella; ya es tiempo de comenzar a “devolver”, a fortalecer mi involucramiento vital. Pero no siento que pueda.

Bandura nos aporta, desde su perspectiva social cognitiva, un concepto que puede ayudarnos a comprender lo que enfrenta el adulto mayor nuevamente: la autoeficacia, entendida como la creencia que tiene una persona en su propia capacidad para organizar y ejecutar las acciones necesarias para alcanzar una meta o enfrentar una situación.

La vida cambia y, en el terreno en que nos desenvolvíamos, nos sentíamos autoeficaces para muchas cosas. Permítanme ponerme de ejemplo.

En mis inicios como profesor universitario, al comenzar la primera clase preguntaba los nombres de los estudiantes, pasaba la lista y, al final, podía decirle el nombre a cada uno sin ver el papel. Mi sentido de autoeficacia era total.  Las cosas fueron cambiando cuando aumentó el número de alumnos y, desde luego, con los años y la virtualidad. Ya no me preocupa solamente quedarme con algunos nombres: también he tenido que reconsiderar qué puedo hacer de la misma manera y qué requiere nuevas estrategias.

Incluso como parte del trabajo de integridad del yo, puedo haber reconsiderado mi autoeficacia en algunos frentes y aceptar que ya no puedo funcionar igual. Pero aquí aparece algo que considero fundamental:

La integridad no debería convertirse en una especie de resignación satisfecha con la propia historia.

Si la vinculamos con la autoeficacia, aparece una posibilidad mucho más dinámica: Puedo aceptar e integrar lo que he sido sin dejar de creer que todavía puedo actuar sobre lo que queda por vivir.

Una clave para el desarrollo de nuevas autoeficacias que retan a adulto mayores a revivir la esperanza de la que tanto hemos conversado. La secuencia de procesos que tenemos que trabajar podría ser entonces:

Integridad del yo → aceptación/reconciliación del pasado → reconsideración de las eficacias → nuevas autoeficacias → capacidad de actuar en el presente → esperanza → compromiso con lo que todavía puede ser → involucramiento vital → elección de dónde aportar → acción → nueva experiencia → nueva integración.

¿Qué pasa entonces con la autoeficacia cuando cambia aquello en lo que tradicionalmente nos hemos sentido eficaces?  En la tercera y cuarta edad, algunas fuentes de eficacia —el trabajo, la autoridad, la fuerza física, determinados roles sociales— pueden disminuir. Tenemos que construir otras a partir de nuestras decisiones con respecto al involucramiento vital seleccionado.

“No soy solamente lo que fui capaz de hacer; también soy la persona que ha vivido, aprendido, fallado, reparado, amado y elegido”.

Repito lo antes dicho: “todo esto ocurre sin olvidar que los otros que nos rodean participan en ese proceso, pero que, mientras podamos, no negociamos el ser timón de nuestras propias decisiones y construcciones. No se trata de ser ‘necios’, pero tampoco de convertirnos, antes de tiempo, en seres que renuncian a decidir”.

Porque cuando algunas capacidades disminuyen, no basta con decirle a la persona mayor: “Acepta lo que eres”.

Hay que preguntarle también:

¿Qué todavía quieres y puedes hacer?
¿Qué quieres y puedes aprender?
¿Qué quieres y puedes aportar?
¿Dónde quieres y puedes seguir siendo agente de tu propia vida?

Ahí Bandura puede aportar mucho. La autoeficacia no significa puedo hacer todo lo que hacía antes. Significa algo más interesante: con las capacidades que todavía tengo —y las que puedo desarrollar— puedo intervenir eficazmente en mi vida y en mi entorno.  Eso permite que la integridad siga siendo activa y no meramente contemplativa.

¿Cómo trabajamos la autoeficacia? Propongo dos precauciones básicas.

La primera: asegurarnos de que lo que nos proponemos como involucramiento vital sea realmente posible y esté acorde con nuestras capacidades actuales. No queremos terminar como el setentón que quiso comenzar a correr y terminó conociendo a medio personal médico.

La segunda: no exagerar nuestras limitaciones hasta cerrar posibilidades de desarrollo.

Bandura nos ofrece caminos concretos para fortalecer la autoeficacia:

  • Reflexionar sobre las experiencias de logro (dominio directo): reconocer lo que hemos conseguido y utilizar esas experiencias como evidencia de nuestra capacidad para actuar.
  • Aprovechar las experiencias vicarias (modelado): observar a otras personas que, en circunstancias semejantes, desarrollan nuevas formas de actuar.
  • Abrirnos a la persuasión verbal de otros: permitir que personas significativas nos ayuden a reconocer capacidades que nosotros mismos no estamos viendo.
  • Diferenciar los estados fisiológicos y emocionales de la incapacidad: comprender que cansancio, temor, inseguridad o ansiedad no necesariamente significan que somos incapaces.

Tal vez el reto de esta etapa no sea demostrar que seguimos siendo quienes fuimos. Tal vez sea algo más interesante: descubrir quién podemos seguir siendo con lo que somos hoy.

¿Qué avanzado estamos en ese descubrimiento?

Miguel J. Escala
Miguel J. Escala
Miguel J. Escala Es educador desde 1969. Estudió Psicología y Educación Superior.

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