¡La democracia dominicana está moribunda!

Por Rafael Céspedes Morillo

«Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde». Así dice un viejo refrán o reflexión popular. Sabiendo eso, creo que debemos analizar el escenario político dominicano y ver no solo qué está pasando, sino también qué cosas pudieran pasar y, más aún, concluir qué cosas debemos hacer nosotros para evitar caer en un gobierno fuera de la democracia.

Es cien por ciento cierto el título de este artículo: nuestra llamada democracia, ese gobierno que se define como el gobierno de la mayoría, ya no es así aquí y, peor aún, cada día lo será menos. Veamos por qué. Se trata de cifras ciertas y que todos manejamos, de modo que no estoy inventando el agua tibia.

Nuestro país tiene ocho (8) millones de votantes y la ley establece que el ganador en unas elecciones presidenciales debe obtener el 50 % más uno de los votos. Asumiendo que un 30 % no acudiera a votar, eso significa que votaría un 70 %, que en términos numéricos equivale a 5,600,000 votos. El ganador en unas elecciones presidenciales tendría que obtener 2,801,000 votos.

Pero el escenario político dominicano nos está diciendo que la abstención, en vez de ser de un 30 %, podría situarse alrededor del 60 %, de modo que la proyección de posibles votantes sería de solo 3,200,000. Si ese es el número de votos, entonces el ganador lo será quien obtenga 1,601,000 votos.

Esto equivale a decir que, a partir de ahí, nos gobernará el resultado de una decisión tomada por apenas un 20 % de los dominicanos, si tomamos como referencia los ocho millones de votantes. Eso no sería un gobierno de la mayoría; sería un gobierno de la minoría. Es decir, dejaríamos de tener un gobierno democrático para ser gobernados por un gobierno que, sin ser una dictadura, sería un gobierno de la “hipocracia”.

Sé que no existe la palabra “hipocracia”, pero algún nombre debemos ponerle a lo que parece que nos espera, salvo que hagamos algunas cosas, las cuales, por lo menos las que yo creo, voy a referir.

Lo primero que sugiero hacer es preguntarnos por qué la democracia está al morir. Y, sin duda, llegaremos a la conclusión de que, por dejadez de unos, por intereses mezquinos de otros y por equivocaciones de la gran mayoría, nos hemos equivocado cuando votamos solo en contra de.

Debemos ver qué debemos votar a favor de, aunque eso incluya estar en contra de algo. Nuestra actuación debe siempre dirigirse por lo positivo, no por lo negativo. Debemos ver qué es lo que potencialmente puede beneficiar al país en general, recordando que el país es la suma de todos. Y en ese “todos” estamos nosotros.

¿Quién me propone cosas bonitas, pero imposibles? ¿Quién me propone una realidad posible? ¿Quién ha tenido oportunidad de demostrar que es creíble? ¿Quién me propone quimeras y quién plantea posibilidades que vienen acompañadas de necesidades?

Esas observaciones nos dirán que podemos pasar al segundo escalón: medir de quiénes se rodea el proponente. Esos que mañana ejecutarán, o no, sus propuestas, porque no podemos olvidar que el gobierno será la sumatoria del principal con sus acompañantes.

República Dominicana realmente lo tiene todo, menos reales patriotas, por lo menos reconocidos como tales.

Tenemos políticos que, si hacemos un análisis completo, desapasionado y honesto, llegaremos a la conclusión de que son uno igual al otro, con la sola diferencia de la semántica. En sus propuestas no hay una sola diferencia que no sea la forma de decirlas.

Si tomamos el discurso de «X» y lo comparamos con «Z», y luego les cambiamos los nombres, no será notable la diferencia entre unos y otros. Son más de lo mismo.

El traje cambia de color y de sastre, pero no cambia su estructura. En esencia, es la misma vestimenta. Es unisex, no está hecho a la medida —en este caso, a la medida de las necesidades de un pueblo—, sino bajo el criterio de las necesidades de un candidato para ganar las elecciones.

A nosotros debería interesarnos votar por alguien que sepa lo que hay que hacer, que realmente haga eso que dice y que eso sea posible y conveniente para el país. Porque, de ser así, me conviene a mí.

Porque, en definitiva, nosotros somos el país.

Rafael Céspedes Morillo
Rafael Céspedes Morillo
Rafael Céspedes

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