Por Rafael Céspedes Morillo
En los últimos meses se han publicado dos encuestas que muestran el escenario político dominicano en lo referente a las preferencias electorales. En ambas destacan cuatro opciones por encima de las demás: David Collado, Leonel Fernández, Omar Fernández y el NINGUNO. Este último aparece con una amplia ventaja sobre todos los demás.
Ello nos indica que, en la República Dominicana, existe una evidente falta de liderazgo y que una parte importante del electorado no se identifica con ninguna de las propuestas políticas disponibles hasta la fecha.
Si esto es así, y como suele decirse, "los números no mienten", debemos esperar el surgimiento de nuevas candidaturas, especialmente desde el ámbito no partidario.
Una lectura posible de esos números es que una gran cantidad de dominicanos ha perdido la confianza en los partidos políticos.
Ese espacio "sin dueño", conformado por cerca de cinco millones de votantes que hoy dicen: "No tengo candidato", debe interpretarse correctamente. Yo agregaría: entre los que se presentan hasta la fecha. Es decir, ello no significa que no votarían por un candidato capaz de despertar su interés, motivarlos y devolverles la esperanza, esa esperanza que parece haberse perdido en el océano del olvido.
El pueblo ha perdido esa ilusión. Hoy está hablando de manera clara y precisa: "No tengo candidato y tampoco creo en los partidos políticos. Estoy buscando otra cosa." Quizás busca una figura que posea el carisma, el programa, las condiciones morales y el comportamiento necesario para volver a creer, volver a confiar y volver a tener esperanza. Alguien que le transmita seguridad de que, por fin, existe una luz al final del camino.
Ese ciudadano podría estar esperando por llegar a pensar: "La persona que hoy me habla demuestra seguridad, franqueza y determinación para hacer lo que debe hacerse. El proyecto que propone es precisamente lo que durante años he estado esperando."
Sin embargo, la realidad es que nadie ha logrado construir un discurso lo suficientemente creíble y viable como para despertar la motivación y movilizar a ese enorme segmento del electorado que, de no aparecer ese hombre o esa mujer, probablemente optará por quedarse en su casa el día de las votaciones.
Ahora bien, ¿para convertirse en el NINGUNO debe tratarse de una figura completamente nueva? Yo diría que no. Lo que necesita ser es una figura diferente a las que actualmente ocupan el escenario político.
No se trata simplemente de ser uno más, sino de ser uno distinto; original en su método, convincente en su propuesta y capaz de demostrar que posee las herramientas necesarias, en todos los órdenes, para liderar y atraer a esa gran mayoría que hoy no se siente representada.
No mencionaré nombres, pero en el país existen figuras que, trabajando con el profesionalismo y el rigor que exige una candidatura de esa naturaleza, podrían convertirse en ese NINGUNO. Podría ser un senador, un médico, un pastor, un empresario o incluso un político no tradicional. El origen importa menos que las cualidades.
Lo que definitivamente no puede ser es alguien que se limite a hacer críticas sin presentar propuestas; alguien que solo diga qué va a hacer, pero oculte, o simplemente no diga cómo piensa hacerlo.
El pueblo ya no compra promesas vacías ni discursos sin fundamento. Quiere realidad, quiere verdad y quiere soluciones. Pero, además, hay algo más profundo: al pueblo no solo le gustaría elegir a sus gobernantes; también le gustaría sentirse parte del acto de gobernar, quizás el pueblo quiere poder decir o aplicar la expresión: voy a elegir para poder dirigir.





