El dilema del mundial de fútbol

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Por Alfonso Tejeda

Cuatro emisiones después de que el mundial de fútbol del 2010 en Sudáfrica aportara como elemento del juego, la Vuvuzela, colorida y altisonante, en este logró colocar a nueve de sus diez representantes por encima de 32 de las 48 selecciones, y aunque ausentes de la gran final, África estuvo en la fiesta con Triplets Ghetto Kids, un talentoso grupo de danza originario de Uganda, invitado por la versátil Shakira, la colombiana madre de dos niños españoles, pero que apostó a Argentina en el juego definitorio.

Nada de extrañar en la irreverente y atrevida autora de ”Pies Descalzos" (1995), el tercer álbum de estudio de Shakira y su debut internacional, un hito histórico de su carrera, fundamental en el pop latino y el inicio de la leyenda de Shakira, que por su venta y premiaciones es considerado el álbum pop-rock en español más innovador e influyente de Latinoamérica, al grado que embarcó a Gabriel García Márquez en una frenética y puntillosa búsqueda, quien, curioso por el fenómeno global en que se estaba convirtiendo la cantante, escribió un reportaje en el que mostró la férrea disciplina, el agotador ritmo de trabajo y la obsesión por la perfección de la artista, concluyendo en su perfil único, la "sensualidad inocente" de su voz y su impresionante capacidad de gestión a su corta edad.

Con ese arrojo natural y su disposición de hacer lo que entiende que debe hacer, al apostar por Argentina en la final, Shakira 

alivió la decisión de muchos seguidores de los juegos del mundial, ni fanáticos ni aficionados, pero que prestan atención al evento por su importancia en el deporte, en el que el fútbol es el rey, y por su impacto mundial en lo económico, cultural y político, ejes en los que impactó de tal manera que por momentos hizo apartar al mundo de los graves conflictos que se disputan, aunque sin superarlos, uno de los atributos que se estima es parte del deporte: la paz, en la agenda de las Naciones Unidas, con esos propósitos.

Como viene ocurriendo en los dos últimos años con mayor frecuencia y tensión, uno de los tres anfitriones, el presidente de los Estados Unidos, que junto a los Estados Unidos Mexicanos y Canadá compartieron las sedes donde se jugaron los 48 partidos, el presidente Donald Trump siguió con su política guerrerista, esta vez por otros medios, contra equipos a los que se les dificultó la permanencia en el país de las barras y las estrellas, particular a Irán, selección que debió permanecer en México la mayor parte del tiempo, y solo se le permitía ingresar a los estadios estadounidenses por el tiempo del juego que le tocaba.

Pero más allá de eso, se impuso Trump, como obligar a la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) a cambiar una decisión tomada contra un jugador estadounidense, pero que a él le pareció injusta, y contando con la complicidad del presidente de la entidad organizadora, Gianni Infantino, que antes de los juegos lo había promovido para el premio Nobel de la Paz, lograr que se anulara una tarjeta Roja, pese a la gravedad y a lo inusual de esa decisión, Trump se salió con la suya.

Quien como yo somos ocasionales seguidores del fútbol (en mi caso de los mundiales, que siempre seguía a España -nada que por ver con esta corona), en esta oportunidad mi simpatía se tambaleó, porque deseaba que Messi, ya al retirarse de su carrera, lo hiciera llevándose la Copa Mundial, deseo que, debo admitirlo, en nada contaba Javier Milei, aunque sí lamentaba dejar, por esta oportunidad, sin mi apoyo a Pedro Sánchez, el presidente español que ha plantado la dignidad de Europa frente a Trump.

Explorar en las razones que tuvo Shakira para decantarse por Argentina frente a España en el mundial, hasta tanto ella lo diga, sería entrometerme en asuntos privados, pero sí debo admitir que esa postura alivió mi dilema para definirme entre la selección española y el deseo de que Messi se despidiera del fútbol cargando con la última Copa.

 

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