FP-PLD: del juego de suma nada a una coopetencia ganar-ganar

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Competir sí, destruir los puentes no: la frontera entre rivalidad democrática y suicidio estratégico camino al 2028

Por Rafael Méndez

Nunca es más oscura la noche que cuando está por amanecer, dice una vieja sentencia dictada por el profesor Juan Bosch que, llevada al terreno político actual, podría servir para interpretar el momento que parece abrirse entre el Partido de la Liberación Dominicana y la Fuerza del Pueblo, dos organizaciones que durante meses han transitado entre la competencia legítima, la desconfianza acumulada y una confrontación que amenazaba con convertir al potencial aliado en blanco equivocado.

La reciente declaración del secretario general del PLD, Johnny Pujols, planteando que esa organización y la Fuerza del Pueblo deberían respaldarse mutuamente en una eventual segunda vuelta electoral, introduce un giro político que no debería pasar inadvertido, porque coloca sobre la mesa una racionalidad estratégica que veníamos advirtiendo como necesaria: competir en la primera vuelta sin provocarse heridas imposibles de cicatrizar en la segunda.

Ese planteamiento no elimina las diferencias, ni borra el pasado reciente, ni resuelve por decreto las tensiones entre morados y verdes, pero sí abre una puerta para pasar del juego de suma nada a una lógica de coopetencia, donde dos fuerzas pueden disputar liderazgo, electorado y posicionamiento, sin cerrar los caminos que mañana podrían necesitar para construir una mayoría electoral frente al partido que hoy administra el poder.

De la confrontación a la racionalidad estratégica

El problema nunca ha estado en que FP y PLD compitan, porque la competencia forma parte natural de la democracia, sino en que esa competencia se convierta en una guerra de desgaste permanente, donde cada movimiento del otro sea interpretado como amenaza existencial, cada adhesión como provocación y cada encuesta como motivo para profundizar una rivalidad que, mal administrada, termina favoreciendo al oficialismo.

Por eso cobra tanta vigencia aquella advertencia atribuida al expresidente colombiano Ernesto Samper, citando un consejo del expresidente ecuatoriano Rodrigo Borja: no se hagan en la primera vuelta heridas que no sean capaces de cicatrizar en la segunda, porque entonces la segunda vuelta se convierte en una tragedia. Esa frase, aplicada al escenario dominicano, resume con precisión el desafío estratégico de las dos principales fuerzas opositoras.

La Fuerza del Pueblo y el PLD provienen de una misma matriz política, comparten parte de su electorado, arrastran memorias de gobierno, liderazgos cruzados, heridas abiertas y una disputa simbólica por la representación de un espacio político que se dividió, pero que no necesariamente tiene que suicidarse electoralmente por falta de inteligencia táctica. En ese punto, la diferencia entre competir y destruirse puede decidir buena parte del camino hacia 2028.

Coopetencia y suma necesaria

La coopetencia, concepto tomado del mundo empresarial, pero perfectamente aplicable al campo político, supone competir y cooperar al mismo tiempo. No implica unidad artificial, fusión orgánica ni renuncia a identidades propias, sino capacidad para comprender que, en determinadas coyunturas, dos actores pueden disputar un mismo espacio sin destruir los puentes que podrían permitir una convergencia posterior en torno a un objetivo común.

En el caso FP-PLD, esa lógica resulta todavía más pertinente, porque ambas organizaciones aspiran a encabezar la oposición, pero ninguna puede desconocer que el adversario principal, desde la lógica de la lucha por el poder, no está en la fuerza que comparte parte de su base electoral, sino en el partido que gobierna, administra recursos públicos, controla la narrativa institucional y trabaja para proyectarse como continuidad más allá de 2028.

La declaración de Pujols no debe leerse, por tanto, como un gesto menor, sino como una señal que podría ayudar a ordenar prioridades: atacar al Gobierno, fiscalizar su gestión, denunciar sus incumplimientos, interpretar el malestar social y evitar que la oposición se desgaste en una confrontación intestina que deje sin conducción política a sectores afectados por la crisis educativa, la inseguridad, el endeudamiento, el deterioro de los servicios públicos y la pérdida de confianza.

De ahí que el tránsito del juego de suma nada a una coopetencia ganar-ganar no dependa solo de una declaración, sino de una conducta sostenida. FP y PLD pueden competir con firmeza, defender sus liderazgos, disputar el electorado y presentar sus propuestas, pero tendrían que hacerlo sin convertir la primera vuelta en un campo minado que haga imposible cualquier entendimiento posterior, porque la política no se mide solo por la intensidad del golpe, sino por la claridad con que se identifica al adversario principal.

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