Miguel J. Escala
(#36)
Luego de escribir mis dos últimos artículos, me he acordado de un poema que escribí hace un tiempo sobre la muerte de los amigos. En él comparaba esas muertes con un juego cuya regla consiste en que los jugadores van saliendo uno a uno, mientras queda siempre la incertidumbre de cuándo será mejor abandonar la partida. Algo parecido al juego de las sillas: van retirando una cada vez y resulta cada vez más difícil encontrar una disponible. El que no encuentra silla sale del juego.
En el poema identifico a los primeros en salir como aquellos que se pierden la mayor parte de la partida. En el otro extremo, quien permanece hasta el final y parece “ganar” debe soportar todas las despedidas, hasta sentirse como la última pieza en pie, casi con la sensación de haber sido cómplice de las ausencias: “los ha ido matando uno por uno”. Por eso el poema concluye que “partir en el medio tiene los dos sabores brotados de una nada acontecida”.
En realidad, no tenemos mucha capacidad para decidir qué turno nos corresponde, aunque sí sabemos que no hemos sido de los primeros. La muerte de Enerio y de Max me ha llevado a reflexionar sobre algo que no incluí en aquel poema: quienes parten también nos dejan la oportunidad de aprender de sus despedidas.
Y creo sinceramente que ese aprendizaje es la mejor despedida que podemos ofrecer a los amigos que se van. Lo que surgió al escribir sobre ambos amigos, que ya no encontraron sillas disponibles, me sirvió —nos sirvió— para descubrir algo acerca de nuestro propio modelo sobre la tercera edad exitosa, en construcción.
Las muertes se convirtieron en una especie de prueba de esfuerzo del modelo: ¿qué permanece cuando desaparecen quienes han sido referentes, amigos y maestros?
La competencia que comenzó a emerger con fuerza en aquellos artículos no era simplemente la resiliencia. Tampoco era solo la capacidad de elaborar duelos. Lo que apareció fue algo más cercano a la esperanza entendida como competencia humana; es decir, la capacidad de seguir generando futuro aun en medio de la pérdida y de la conciencia de la propia finitud.
Retomemos entonces el Modelo, presentado inicialmente en nuestro artículo #27. No porque hayan terminado las lecciones que dejan las despedidas —sospecho que nunca terminan—, sino porque el mejor homenaje a quienes partieron consiste precisamente en seguir viviendo, aprendiendo y creciendo.
No quisiera que estas páginas se transformaran en un obituario periódico. Quienes han partido merecen algo mejor que eso. Merecen seguir acompañándonos en las preguntas que nos dejaron.
Quizás por eso siento que ha llegado el momento de volver a trabajar el Modelo. Las pérdidas recientes no lo han debilitado; lo han puesto a prueba. Y en esa prueba ha surgido una nueva convicción: una vida plena no se mide únicamente por lo que ha construido, sino también por su capacidad de seguir generando esperanza y futuro cuando la fragilidad y la finitud se hacen presentes.
La esperanza como competencia cultivada
Al revisar el Modelo resulta necesario reencontrarnos con la esperanza y analizar su desarrollo como parte fundamental de aquello que nos ayuda a alcanzar una tercera edad exitosa. La apuesta es que se convierta en una competencia transversal.
Dicho de manera sencilla, para desarrollar la esperanza es necesario examinar lo que pensamos acerca de ella. Hablo de una competencia “cultivada” porque su desarrollo no ocurre espontáneamente: requiere que determinadas experiencias, reflexiones y circunstancias se combinen hasta generar la necesidad de cultivarla.
Quizás sorprenda a algunos saber que tengo un poema titulado Esperanza, ruega por nosotros, que inicia con un epígrafe de la siempre admirada Dulce María Loynaz:
“Necesito que me ayudes a dormir el corazón enfermo, el alma que no te supo encontrar, la carne herida que te busca”.
(Poemas sin nombre, LXXXVIII).
El poema fue incluido en el prólogo de un libro de Juan Manuel Fernández Triana que nunca llegó a publicarse formalmente y circuló únicamente en fotocopias. Lo escribió hace veinte años, después de una amistosa discusión en la que sostenía que quien no experimenta algún sentido de oquedad difícilmente puede esperar, porque tampoco encuentra razones para hacerlo.
Decía entonces que la esperanza nace en un corazón disponible para Dios; algo que se va haciendo y forjando poco a poco. Como ilustración incluía en el prólogo estos versos, en este caso, míos:
Caminé por la pista de carreras
con la intención
de aumentar la velocidad de los días.
y el omega se aleja, y se aleja…
Cancelan el vuelo de las golondrinas,
queda la lava no derretida a medio camino,
permanece en entrechat quatre la bailarina
y no avanza el tiempo
para llegar
* a lo prometido,
* a lo permanente.
Relacionaba entonces esos sentimientos con la experiencia del pueblo de Israel en el desierto: una esperanza constantemente puesta a prueba, que debe ser renovada cada día. Su negación conduce a la desesperanza, pero su efecto más frecuente es el alejamiento gradual de aquello que da sentido último a la existencia.
Con esas reflexiones y con el poema completo invité a un amigo poeta, no creyente, a reaccionar para que su respuesta fuera parte del prólogo. Me respondió:
“Creo, como tú, en la oquedad como receptáculo de la esperanza. La poesía se hace con manquedades, es decir, con lo que falta, no con lo que hay, que es la obviedad. Lo que está en la almendra de muchos poemas es el sentimiento de la Arcadia perdida. Un lugar, un estado, un sentimiento que para los cristianos ha de ser algo parecido al Paraíso”.
La observación de mi amigo resulta particularmente valiosa porque confirma que, tanto para creyentes como para no creyentes, existe un elemento común: la experiencia de la oquedad, del vacío interior, de la ausencia o de la falta de un sentido inmediato.
La oquedad no constituye la muerte de la esperanza. Por el contrario, parece ser su condición de posibilidad.
Esperanza como competencia compartida
La esperanza, en sentido amplio surge y se alimenta de esa oquedad existencial y nos hala hacia un futuro que estamos llamados a construir y que puede tener o no a Dios como fin último. Esperanza es por lo tanto una competencia que puede ser compartida por creyentes, no creyentes y medio creyentes. Fernández Triana, que fue el que me indujo a pensar el tema de la esperanza hace 20 años lo escribió y a pesar de su fundamentación cristiana la colocó de reto para todos.
Ese amigo autor sostenía que la esperanza nace del deseo profundamente humano de encontrar sentido y de abrirse a una plenitud que trasciende lo inmediato. Aunque su reflexión estaba anclada en una visión cristiana, la planteaba como una invitación válida para cualquier persona que se interrogue sobre el sentido último de la existencia.
Decíamos en nuestro anterior artículo que “Han considera la esperanza una fuerza transformadora. No es una emoción pasiva ni una ilusión ingenua. Es una disposición que permite actuar cuando el futuro no está asegurado”. Esa fuerza transformadora es positiva en todos, no importa su creencia.
La esperanza nace donde existe conciencia de que algo falta. La diferencia está en qué falta. Para explorar esta intuición recurrí a dos fuentes de IA y solicité una comparación entre tres autores muy distintos: Moltmann, Camus y Han. Los tres parten de una experiencia semejante: la conciencia de una carencia, una herida o una insuficiencia. Sin embargo, difieren en aquello que consideran ausente y en el horizonte hacia el que orientan la esperanza. Para Moltmann, falta la plenitud prometida por Dios; para Camus, un sentido objetivo del universo; para Han, una relación auténtica con el futuro y con el sentido. Aun así, los tres coinciden en algo notable: la esperanza auténtica nunca es pasiva.
En Moltmann, la esperanza apunta al Reino. En Camus, apunta a la dignidad humana construida en medio del absurdo. En Han, apunta a la recuperación de un horizonte de sentido que permita habitar el tiempo de otra manera.
Por lo tanto, en ese itinerario formativo que cada uno debe construir a partir del Modelo, debe tener en agenda el cultivo de la esperanza, no importa el nivel de creencia. Quizás esa sea una de las lecciones que nos dejan quienes se marchan: aprender a esperar.
Creyentes y no creyentes pueden diferir profundamente sobre el destino final de la esperanza. Lo que resulta más sorprendente es que coinciden en algo previo: la esperanza no nace de la satisfacción sino de la oquedad. Surge cuando reconocemos que algo falta. La diferencia no está en la existencia de esa falta, sino en el nombre que damos a aquello cuya ausencia sentimos y en el resultado que soñamos. Queda en el ambiente, pues, una invitación para situar la esperanza en el modelo de construimos. ¿Cuál es nuestra oquedad? ¿Qué esperanza nos mueve? ¿Por qué es importante para los que estamos en fila? ¿Por qué da fuerza a lo que falta?







