En un mundo sin contrapesos, EE. UU. trata de reafirmar su grandeza

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Por Osvaldo Santana

Tras la conflagración de la década del 40 del siglo pasado, el mundo se mantuvo en un equilibrio y coexistencia basada en la famosa guerra fría, afirmada en contrapesos que se reconocían y delimitaban sus áreas de influencia, con un papel protagónico reconocido por una organización que se llamó naciones unidas (ONU).

Durante todos esos años, el principio de la soberanía de los Estados prevalecía al margen de algunas intervenciones imperiales cíclicas que sin embargo no lo corroyeron y prevaleció hasta estos días. Tras el fin de los contrapesos, con la desintegración de la Unión Soviética, y el posterior auge del comercio global, con la apertura de los mercados y la liberalización de las fronteras económicas, el mundo pareció vivir un período de paz relativa, hasta que un gobernante de la más poderosa nación de la tierra se convenció de que podía establecer nuevas reglas para todo el mundo.

Ocurre después de que durante décadas el liderazgo de ese poderoso país no entendiera que estaba siendo desplazado como fuerza económica principal y que había perdido capacidad innovadora, con unos competidores que no deseaban un enfrentamiento militar por razones territoriales, sino mediante el dominio de los mercados y en base a políticas expansivas de transporte y comunicaciones, conexiones y rutas de intercambio de bienes y servicios, comercio, tecnología y cultura.

La comprensión del fenómeno resultó tardía y fue necesario un golpe en las diferentes esferas globales para tratar de recuperar el terreno perdido, incluso, en el propio mercado interno, y es entonces cuando se lanza el grito en pro de la grandeza económica, política y militar.

Y emerge Donald Trump con su eslogan “Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande”, un reconocimiento de que su país había entrado en un proceso de declive y necesita restaurar su hegemonía. Aunque para algunos, la expresión ya había sido invocada en el pasado, ahora se expresa como una doctrina de cuerpo, sostenida por un grupo de hombres y mujeres convencidos de la necesidad de restaurar el liderazgo global norteamericano, que se impone desde el continente americano mismo y que busca ser revitalizado en todo el mundo. Y se actúa en consecuencia, y bajo esa divisa, Estados Unidos empuja a una situación desconocida en la que se impone la perplejidad y el asombro, incluso, entre las más altas élites del poder en todos los confines de la tierra.

Trump y su grupo han descompuesto el orden económico y con ello el bloqueo de la globalización. Estableció barreras comerciales en una guerra que no tuvo límites, frente a sus naturales competidores y ante los aliados tradicionales en todos los continentes.

Al mismo tiempo, el nuevo liderazgo norteamericano dispuso el desmantelamiento de instituciones como la Agencia de Desarrollo Internacional (AID), que lideraba las políticas de relacionamiento estratégico con aliados no convencionales en la mayoría de los países pequeños e intermedios, reformó áreas y departamentos del gobierno federal y  suspendió la mayoría de los programas de financiamiento de las agencias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), como la UNESCO, la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Acuerdo de París sobre el Clima, el Consejo de los Derechos Humanos y el Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina.

Y más que eso, se desentendió de la ONU misma, colocándola al margen de los potenciales conflictos que desarrollaría a nivel mundial. Ya no habría un órgano de las naciones que lideraría las misiones de paz y mediación para la búsqueda de soluciones mediante el diálogo entre los países. 

Estados Unidos empezó a trabajar para imponerse por encima de todos los instrumentos de solución de conflictos, y lo hace mediante la guerra, con el uso del más poderoso ejército de la tierra, sin pudor, al extremo que su presidente ha proclamado que no tiene sentido modernizar ese instrumento para no utilizarlo en beneficio de su país. Asimismo, ha sometido a presiones a países con los cuales Norteamérica había sostenido una política de acompañamiento o colaboración, militar o política. Obediencia o sumisión es la regla, si no, el repudio. Y ni hablar de la guerra iniciada por propia iniciativa junto a Israel contra Irán.

No hay contención para Estados Unidos

En los diferentes frentes abiertos en el mundo y en la discusión de todos los problemas, no se observa ninguna nación en ánimo de contener a Estados Unidos más allá de alguna declaración política o de intención en favor de la paz.

Rusia, que lideró la Unión Soviética, está envuelta en la guerra con Ucrania, y no tiene disposición ni medios para encarar a Trump, y más bien se le ve cortejarlo para que la ayude alcanzar algún tipo de acuerdo para finalizar una guerra que inició por razones muy propias de seguridad y defensa de ciudadanos rusos establecidos en Ucrania, ha perdido capacidad de contención en la arena internacional.

China, que no desea distraerse de su misión de avanzar como potencia comercial, política y tecnológica, y como destino pacífico de la humanidad, que apuesta al tiempo en su propósito de reunificación pacífica con Taiwán, igual se cruza de brazos ante la ofensiva arrolladora de Estados Unidos por la recuperación de su poder y fama.

Y ni mencionar a la Unión Europea y Japón, arrodillados y humillados por Trump, confundidos, no terminan de entender dónde están sus mayores riesgos y enemigos, y pierden cada día importancia, no solo como mercados, sino como potencias económica o militar. Igual, Inglaterra, también desconcertada por la actitud de su hijo renacido y respondón. 

Ningún gobernante de un país grande, de Europa o Asia, siquiera piensa en poner a riesgo los niveles de crecimiento y calidad de vida de sus países para contrariar a un mandatario que ha llegado incluso a disputar una posesión europea en tierra europea: Groenlandia.

Con la ONU desarticulada, con los grandes países temblando, asistimos a un mundo en desconcierto que ha permitido todos estos hechos, como una guerra en la columna vertebral de su cadena de suministro, el control de los mares a miles de kilómetros de distancia, que en su traspatio irrumpe en Venezuela, captura a su presidente y lo encierra en una cárcel de Nueva York, bloquea a Cuba al extremo, hasta hacer morir de hambre a sus habitantes, con el silencio cómplices de unos y los aplausos de otros gobernantes que constituyen una vergüenza para la historia de América Latina y el mundo.

La voz del Papa

En ese desconcierto, solo una voz se ha levantado con dignidad: el papa León XIV, que con hidalguía ha defendido la paz y la justicia, para advertir cómo se pretende enrumbar el mundo en nombre de la recuperación y la grandeza de un país, en una carrera que a decir verdad nadie sabe cómo terminará. África, olvidada y lejana, fue la tribuna escogida, distante de la plaza San Pedro. Pero no se salvó del escarnio desde la Casa Blanca.

El mundo ha visto quebrar las reglas conocidas y la anulación de las organizaciones internacionales para la resolución de conflictos, la rendición de los liderazgos nacionales, la anulación de la voluntad de los pueblos para escoger sus gobernantes, todo con un declarado propósito:Make America Great Again”, bajo una bandera ideológica a la que hay que reverenciar, y particularmente obedecer, sobre todo, si se es jefe de Estado… en algún país del mundo. Es la era de Donald Trump.

Osvaldo Santana
Osvaldo Santana
Osvaldo Santana es periodista.

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