¿Cómo medir el imperio de las dos ruedas en las calles de las ciudades dominicanas?

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Por Alfonso Tejeda

Cuándo el “arcoíris era en blanco y negro” , como suele fechar mi siempre citada La Morena Salazar algún acontecimiento que parece remoto en el tiempo ¡sin serlo!, entonces cursaba yo en Comunicación Social de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, una la asignatura Diagramación y Artes Gráficas, en la cual, la profesora Eridania Mir nos introdujo con las picas, las pulgadas, las columnas y los tipos de letras, en el diseño de una página de periódico, parámetros que en medio  de la vorágine callejera marcada por la violencia motorizada, están claramente superados para medir tal problemática desde una perpectiva cuantitativa en los medios impresos convencionales.

Algo más difícil de captar hoy desde las redes sociales y los medios electrónicos. La cuantía, el despliegue que hacen los medios del tema en cuestión, los motoristas y sus desempeños parecen dominar el puntaje de la medición hemerográfica que hacíamos en aquellos tiempos. Y ni hablar de la predominancia en los programas radiales y de televisión, los comentarios de tertulias, en las conversaciones simples entre parroquianos que, entre todos, tienen un discurso casi unánime: deplorar, cuestionar, condenar, lamentar, padecer el comportamiento de esa “especie indescifrable” , a la que apenas podemos describir asociándola a algunos términos provenientes de la biología, la sociología o la cultura social dominicana.

Sin considerar la fragilidad del vehículo que montan, que es su cuerpo el principal destino de impacto, los motoristas desandan por aceras, calles, caminos, trillos, veredas y por cualquier resquicio que entienden posible para mostrar, más que sus habilidades, la suerte que los acompaña en cada aventura, la que está acorazada por el temor de los demás conductores y peatones que sufren el encuentro con ellos, que a veces puede ser asalto, la mayoría de las veces agresiones y muy pocas veces un contacto amigable.

Ese modus operandi de la casi totalidad de los más de cuatro millones de motociclistas es posible por  la desatención a lo que se consideraba algo “exótico” allá por los años ‘60s del siglo pasado, cuando era exigua la presencia de tal vehículo y sus conductores eran responsables, pero que antes de terminar esa centuria ya se habían desparramado por todo el país, llevándose por delante todo, incluidos el temor y respeto que entonces tenían.

Una posible razón principal: la ausencia de autoridad que caracteriza a la sociedad dominicana, donde cada quien “ hace lo que le da la gana”, resultado de la desconfianza ciudadana en quienes dirigen el país -sentimiento que viene de lejos- pero que todas refuerzan y condicionan a una supuesta ventaja electoral que les amarra las necesarias decisiones que deben aplicar de acuerdo a las leyes, a la responsabilidad de los cargos que ostentan, y de manera muy determinante a la convivencia social, esa que están destruyendo con su pasiva actitud.

Era esa materia del primer semestre y del antiguo pensum que normaba los conocimientos educativos del periodismo en aulas, saberes que se ampliaron con la incorporación de un nuevo currículum que buscaba actualizar a los estudiantes con las recientes tendencias que marcaban la profesión, ensanchando las perspectivas y aportando otras herramientas desde las que se entendía mejor y con más claridad el manejo de la información, tarea en la que el libro Tratamiento periodístico de la información, de la francesa Violette Morín fue determinante, pero parece insuficiente para encarar el tema en cuestión.

Medir la dimensión de lo que ocurre y reflejan los medios, resulta imposible. La realidad supera cualquier métrica y toda imaginación. No hay cómo cuantificar el desmadre en que nos acogotan esos tipos que andan en los vehículos de dos ruedas. 

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