Miguel J. Escala
En el artículo anterior introduje el libro Enjoy Old Age (Disfrutar la tercera edad), de B. F. Skinner y Margaret E. Vaughan. La obra se inspira en el conocido artículo de Skinner Intellectual Self-Management in Old Age, publicado en 1983 en la revista American Psychologist, que recogía un discurso pronunciado por el autor un año antes. Prometí ofrecer una reseña del libro.
El libro puede leerse como una propuesta de autogestión positiva de la vida en la tercera edad. Su objetivo es sencillo y ambicioso a la vez: ayudar a enfrentar los deterioros inevitables del paso de los años sin renunciar a construir una vida activa, significativa y disfrutable. Pasemos a conocer el libro y su relación con lo ya discutido.
La propuesta de Skinner: un entorno protésico
En el artículo anterior resumí la idea central de Skinner: la tercera edad no está determinada únicamente por procesos biológicos inevitables. Está también profundamente influida por el entorno en que vivimos. El autor introduce una noción sugerente: la construcción de un “entorno protésico”.
Para Skinner, lo protésico no se limita a las prótesis físicas. Incluye cualquier objeto, arreglo o práctica que nos ayude a compensar limitaciones y a mantener nuestra capacidad de actuar. Desde una libreta para recordar tareas hasta la reorganización del espacio de la casa, desde una rutina de lectura hasta un sistema para manejar contraseñas en el mundo digital.
Hoy podríamos decir que vivimos rodeados de entornos protésicos: recordatorios en el celular, calendarios electrónicos, listas, alarmas, apoyos tecnológicos que nos permiten seguir funcionando con eficacia.
La clave no está en negar las limitaciones, sino en sortearlas. Y sortear significa precisamente eso: encontrar caminos para superar las dificultades con habilidad, creatividad y resiliencia. Para Skinner es necesario no equivocarse (diríamos ponernos metas inalcanzables) al igual que en la enseñanza programada, para recibir siempre recompensa.
El libro: una guía práctica
Enjoy Old Age propone una idea simple pero poderosa: la calidad de vida en esta etapa depende en gran medida de cómo organizamos nuestra conducta y nuestro entorno.
Desde la psicología conductual, Skinner recuerda que las conductas se mantienen cuando generan consecuencias positivas. Por eso muchas de las dificultades asociadas a la vejez —aislamiento, pasividad, pérdida de interés— pueden enfrentarse creando entornos ricos en refuerzos positivos: actividades significativas, relaciones sociales, desafíos intelectuales y experiencias gratificantes. En ese sentido, el libro es una especie de manual práctico para reorganizar la vida.
Entre las recomendaciones que ofrecen los autores aparecen ideas muy concretas: mantener rutinas activas, cultivar intereses intelectuales, seguir aprendiendo, participar socialmente y adaptar el entorno cotidiano —el hogar, los horarios, las relaciones— para compensar los cambios físicos propios del paso del tiempo. Muchas ligadas a las competencias que hemos identificado.
El tono del libro es notablemente optimista. Skinner escribe desde su propia experiencia y propone mirar esta etapa no como un declive inevitable, sino como un momento que puede reorganizarse para seguir produciendo satisfacción y sentido.
En cierta forma, el libro anticipa lo que años después se llamaría “envejecimiento exitoso” de Rowe y Khan. Sin embargo, también ha sido criticado por centrarse sobre todo en variables conductuales y ambientales, dejando en segundo plano factores estructurales como la salud, las desigualdades sociales o las redes de apoyo.
Algo importante en la identificación del modelo que proponen Skinner y Vaughan es que puede ser demasiado directivo; ellos incluso se defienden de la posible acusación de dictatorial. Aclaran que dan consejos, no órdenes. Sin embargo, dentro de lo que hemos venido construyendo nos pueden servir muchos de los plateamientos de los autores, pero agregando un sabor más de no directividad y autonomía.
Aun así, su mensaje central conserva plena vigencia: muchas limitaciones no provienen solo de la edad, sino de entornos pobres en estímulos y oportunidades.
Los invito a que luego consulten el libro directamente. Yo lo compré por Amazon en su versión en ingles. Sin embargo, William Astwood, antiguo alumno y amigo, profesor de la UASD, me remitió el libro de Skinner y Vaughan en archivo PDF en su traducción en español, lo cual se puede obtener en la web de manera gratuita.
(En caso de que no sepa bajarlo, coloque en su buscador el nombre del libro Disfrutar la Vejez y elija la página que diga “Libros gratuitos”, entre y dé un clic a DESCARGAR. Luego que tenga el libro en su pantalla lo puede grabar).
Un recorrido por los capítulos
Los doce capítulos del libro recorren distintos aspectos de la vida en la tercera edad. Los primeros invitan a revisar los estereotipos sociales sobre esta etapa y a reconocer que muchos de ellos son construcciones culturales más que realidades inevitables.
Otros capítulos se concentran en aspectos concretos de la vida cotidiana: mantenerse en contacto con el mundo, ejercitar la memoria, pensar con claridad, mantenerse ocupado y organizar actividades que generen experiencias agradables.
También se reflexiona sobre las relaciones con los demás, el bienestar emocional y el temor a la muerte.
Uno de los capítulos más interesantes analiza el fenómeno de “hacer el papel de viejo”: muchas conductas que atribuimos a la edad son en realidad respuestas a expectativas sociales o a ambientes poco estimulantes.
El libro concluye con una imagen sugerente: la vejez como una gran representación. Cuando se interpreta bien ese papel —dicen los autores— aparecen rasgos que todos admiramos: tranquilidad, sabiduría, libertad, dignidad y sentido del humor.
Disfrutar, tener éxito y servir
En la búsqueda de fundamentos para el modelo que construimos con ustedes, extraje de un texto, uno de esos que llegan todos los días, una recomendación que refleja mucho de lo que pensamos:
- “Mi recomendación personal es no perder el control de su vida. Esto significa decidir cuándo y con quién salir, qué comer, cómo vestirse, a quién llamar, a qué hora dormir, qué leer, con qué divertirse, qué comprar y dónde vivir”.
El punto es claro: mantener la autonomía personal. Y aquí es donde permitimos al libro dialogar con el modelo que hemos venido proponiendo en estas reflexiones.
El modelo que estamos construyendo tiene como horizonte una tercera edad exitosa, en un sentido cercano al que propone Sternberg cuando habla del éxito como la capacidad de alcanzar metas significativas en equilibrio con el propio contexto.
Pero además aspiramos a que sea una tercera edad disfrutada y de servicio. Disfrutada, porque la vida no se prolonga simplemente para soportarla, sino para vivirla con sentido. Y de servicio, porque la experiencia acumulada puede convertirse en una forma de contribución a los demás: a la familia, a la comunidad, a las nuevas generaciones.
Para ello no basta con buenas intenciones. Se requieren competencias concretas: autorregulación, capacidad de adaptación, manejo del entorno, perseverancia, apertura al aprendizaje, gestión emocional e interacción social significativa. No olvidar la construcción de un entorno protésico.
Estas competencias permiten algo fundamental: que el adulto mayor siga siendo dueño de su vida. No un espectador pasivo de su propio declive, sino una persona que continúa organizando su existencia, tomando decisiones y encontrando formas de aportar.
En esa perspectiva, la tercera edad deja de ser simplemente una etapa que hay que soportar. Puede convertirse, como sugería Skinner, en una etapa que todavía puede disfrutarse.
Y las conclusiones de hoy
En el fondo, de eso trata también estas reflexiones que he titulado Lo que falta y los que faltan. Muchas veces pensamos que lo que falta en la tercera edad son fuerzas, memoria o agilidad. Y algo de eso es cierto. Pero con frecuencia lo que realmente falta son entornos que permitan seguir viviendo con sentido, espacios donde la experiencia cuente, donde la autonomía sea respetada y donde el servicio a otros siga siendo posible. Los años se suman, el entorno para lo que falta lo construimos.
Y también faltan personas dispuestas a asumir ese papel con dignidad y libertad. Porque cuando un adulto mayor mantiene el control de su vida, cultiva su curiosidad, organiza su entorno y encuentra maneras de seguir aportando, la edad deja de ser simplemente una acumulación de años. Se convierte en una etapa donde todavía es posible tener éxito, disfrutar la vida y servir a los demás.
Tal vez esa sea la verdadera invitación de Skinner: no resignarnos a representar un papel menor en la última escena de la vida, sino aprender a interpretarlo con inteligencia, humor y autonomía.










