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miércoles, febrero 25, 2026

La caída del mito y el regreso de la ley

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Santiago Torrijos Pulido

Legal Expertise Liaison en Fridman, Fels & Soto (USA)

LL.M. de Georgetown Law

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, no es solo un acontecimiento policial en Guadalajara. Es un mensaje político, jurídico y regional. Durante años, el narcotráfico en México construyó algo más que rutas de droga: una narrativa de invencibilidad. Y cuando un criminal logra instalar la idea de que el Estado no puede tocarlo, el daño no es solo material, sino también simbólico.

Por eso, lo ocurrido esta semana trasciende el hecho puntual. Sí, hubo bloqueos. Sí, se registraron incendios de vehículos y escenas de caos. Sí, la violencia intentó imponer su respuesta inmediata, como siempre lo hace cuando pierde a uno de sus jefes. Pero el dato decisivo no es el estallido; es la contención. Es la decisión de no retroceder. Es el mensaje inequívoco de que el territorio no pertenece a los fusiles ilegales.

Durante demasiado tiempo, la estrategia frente al crimen organizado osciló entre la confrontación frontal sin estrategia sostenible y la contención discursiva que evitaba el choque directo. Ninguna de las dos logró desmontar el poder estructural de los cárteles. La diferencia ahora radica en el tono y en la determinación. La presidenta Claudia Sheinbaum parece haber entendido que gobernar no es administrar la violencia, sino desplazarla. Y desplazarla implica asumir el costo político de confrontarla.

El narcotráfico no es únicamente un fenómeno criminal; es una estructura económica paralela que compite con el Estado por control territorial y lealtades. Cuando el Estado duda, el narco llena el vacío. Cuando el Estado actúa con claridad, el narco se fragmenta. La muerte de un líder no desmantela por sí sola la organización, pero sí rompe el mito de su intocabilidad. Y los mitos son el principal combustible del crimen organizado.

Para el Caribe y para la República Dominicana, esta escena no es lejana. Las rutas del narcotráfico atraviesan el hemisferio. La debilidad institucional en un país repercute en sus vecinos. Por eso el giro en México tiene una dimensión regional: cuando una de las economías más grandes de América Latina decide recuperar el monopolio legítimo de la fuerza, el mensaje resuena más allá de sus 0fronteras.

El imperio de la ley no es una consigna abstracta. Es la certeza de que ningún actor privado armado puede desafiar al Estado sin consecuencias. Es la idea —tan básica como poderosa— de que la autoridad legítima no comparte jurisdicción con el miedo.

Habrá quienes adviertan que la violencia podría recrudecer en el corto plazo. Es posible. Los vacíos de poder generan disputas internas. Pero el verdadero fracaso no es el enfrentamiento; es la resignación. Y la señal que emerge de Guadalajara es que la resignación terminó.

No se trata de celebrar la muerte de un hombre, sino de reconocer la restauración de un principio. Cuando el Estado demuestra que puede actuar incluso frente a las figuras más temidas, la ciudadanía recupera algo que había empezado a perder: confianza. Y sin confianza, ninguna democracia sobrevive.

México no ha resuelto su problema estructural con el narcotráfico. Nadie serio lo afirmaría. Pero esta semana envió un mensaje que durante años pareció improbable: el miedo ya no dicta las reglas. La ley vuelve a hacerlo.

Ese mensaje, además, no se construyó en aislamiento. La cooperación decisiva de Estados Unidos —en inteligencia, tecnología y coordinación estratégica— fue un factor determinante para alcanzar el objetivo. En un fenómeno tan transnacional como el narcotráfico, ninguna victoria relevante es puramente doméstica. La articulación binacional demuestra que cuando las instituciones cooperan con claridad de propósito, las estructuras criminales pierden margen de maniobra.

Y cuando la ley vuelve a dictar las reglas, respaldada por alianzas firmes y objetivos comunes, no es solo un operativo exitoso. Es el inicio de una reconstrucción institucional que puede redefinir el equilibrio entre poder criminal y autoridad democrática en toda la región.

 

Santiago Torrijos Pulido
Santiago Torrijos Pulido
Es abogado, con maestría en Criminología, Delincuencia y Victimología, colombiano, con formación en Colombia, España y Estados Unidos. Ejerce en su país y en Norteamérica. Sus artículos son publicados originalmente en La información de Houston, Texas.

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