viernes, junio 14, 2024

¿Vivimos en democracia o la dictadura sigue viva?

Por Lito Santana
Me contaba mi querido padre, Rafael Santana, ya fallecido, que en los tiempos de Trujillo, la represión, la vigilancia y la asechanza de la dictadura eran tan férreas, que aún en campitos remotos, como el municipio de Tamayo, para escuchar la emisora cubana Radio Rebelde, tenían que hacer todas las peripecias habidas y por haber para no ser detectados.
Era a través de esa estación radial, instalada en La Habana, Cuba, bajo el liderazgo del joven guerrillero Fidel Castro Ruz, que se podían enterar de algunos de los acontecimientos que ocurrían en República Dominicana, pues “la mano de hierro” del dictador bloqueaba cualquier difusión de hechos represivos aquí.
Para escuchar esa emisora de línea revolucionaria, colocaban una mesa en el centro de la sala, la forraban con sábanas o frisas y debajo de este camuflaje, escuchaban las noticias con el volumen más bajo que podía tener el aparato de radio, que para ese tiempo era muy sencillo.
El temor estaba en que, escuchando la estación radial, un “calié o chivato”, pasara por el lugar y se enterara de esa “conspiración”.
Un descuido frente a estos esbirros, podía costarle la vida, no solo al dueño de la casa, sino a todo su entorno.
Se dice que los “calieses” se desplazaban por los pueblos a borde de carros negros, como el color de la noche, y que, a la entrada de la comunidad, se desmontaban para ir parapetando de casa en casa y detectar cualquier reunión conspirativa o la escucha de alguna emisora extranjera que pudiera considerarse de alineación comunista.
Eliminada la dictadura de Trujillo salieron a relucir todas estas anécdotas de cómo se la ingeniaba escasos segmentos de la población para tener una referencia próxima a la realidad de lo que ocurría en el país.
Traigo a colación estos recuerdos, porque mi padre cumplió año de fallecido el pasado lunes 17 de este mes de abril y me llegaron a la mente varias de sus historias y quise comparar esta, con lo que vivimos hoy en nuestro país, en pleno auge de su democracia.
Pero al parecer no todo funciona como lo establece la narrativa de este modelo de gobierno.
El pasado domingo 16 de abril nos encontrábmos algunos amigos y familiares en una reunión casual y se mencionó un tema político delicado.
Uno de los participantes hizo la señal del silencio y comenzó a recoger los celulares entre los presentes. Los puso en una canasta y los llevó a una habitación distinta a la sala donde estábamos.
Al regresar explicó que se estaba hablando de temas sensibles y que podríamos ser grabados por el teléfono, aunque estuviese apagado.
Muchos nos sorprendimos y pensamos que se trataba de un chiste o una exageración.
Pero los datos que aportaba nos convencieron de que, ciertamente, las posibilidades de que nuestro diálogo fuese escuchado por personas a distancia, eran tan reales, como la misma reunión.
Lo más terrorífico era que a través de los celulares o micrófonos ocultos en oficinas y hasta en vehículos, usted puede ser “atrapado”.
Ficción o realidad, eso puede ser usado por los organismos de seguridad del Estado, dueños de empresas privadas, funcionarios en los empleos públicos y hasta por servicios de seguridad pagados por particulares, con el riesgo que eso implica, a todos los niveles de tu vida social, política o económica.
Entre los presentes, a algunos les tocó vivir y desafiar los tiempos de la dictadura de Trujillo, o los 12 años de represión de Joaquín Balaguer u otros momentos estelares de la lucha libertaria. Algunos, como yo, quisimos minimizar los datos asegurando que “si peleamos contra la represión de esos tiempos, no debemos cohibirnos de hablar de lo que queríamos, en plena democracia”.
Sin embargo, al finalizar la tertulia nos quedamos con la interrogante en la cabeza.
¿Vivimos en democracia o una nueva forma de dictadura sigue viva?

Lito Santana
Lito Santana
Nació en Tamayo. Locutor y periodista. Ha trabajado en distintos medios de comunicación. Aboga por la participación de todos los sectores en la solución de las dificultades por la que atrevieza el País.

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