domingo, abril 21, 2024

Un sueño extraño 

Por Eloy Alberto Tejera 

Miguel Ángel Acevedo era un amigo, de esos que uno puede utilizar la palabra entrañable para referirse a ellos, de esos que se hacen en la juventud y en el barrio que siempre llevamos en el alma: en mi caso, el ensanche La Fe, donde deambulaban los míticos personajes Cambumbo, María Caché, Mañé, y donde mi padre caminaba todas las tardes.  

Para decir algo que permita al lector tener una idea del grosor de nuestra amistad, recuerdo que fue el amigo al que me atreví a llevar y que me acompañó (para que me hiciera dúo) a la casa de la que sería luego mi compañera y la madre de mi primogénito Sebastián Eloy. Eran los ya lejanos 80. Además, compartíamos algunos gustos refinados: el amor por el idioma inglés y su aprendizaje, las revistas Selecciones y el caminar como dos Johnny Walker caribeños. En cuanto a ser un sibarita en relación con degustar variedad de platos, él me sacaba las leguas. Le encantaba arrimarse a la buena mesa. 

Una terrible enfermedad se lo llevó temprano en Boston, donde residía desde hacía décadas. Batalló sin que a sus labios aflorara la más mínima queja, me dijeron sus familiares, hasta que la parca le dio el final zarpazo. Tres semanas antes de morir me llamó y se despidió de mí. Se lo agradezco. Lo hizo sin melodramas, sin lágrimas, muy sereno, solo me dijo cuando le pregunté cómo estaba: “estoy viviendo el día a día”, sin entrar en detalles. Las pausas que hacía y el silencio me lo decían todo. El dolor padecido, el trauma de la enfermedad los padeció en silencio. 

Era Miguel Ángel un amante de lo misterioso. Le encantaba aquello que a la lógica escapaba. Me había contado un extraño sueño que tuvo y que se relacionaba con el grupo 4-40. Lo sintetizo: estaba en un lugar extraño, sucedían cosas extrañas, entre ellos una música de 4-40, y cuando despertó y miró el reloj estaba la hora precisamente a las 4:40. Me contó ese sueño varias veces. 

Sucede que yo hace varios días tuve un sueño. Iba montado en la bicicleta, paseando por una de las calles del ensanche La Fe, cuando de repente se me acercó Miguel Ángel, y me dijo que tuviese cuidado, ya que llevaba un paquete en la mano derecha y se me podía enredar y tener un accidente. Entonces, cuando miré hacia abajo, tenía una rueda vacía. Me señaló Miguel Ángel el sitio donde podía arreglarla y hacia allí me dirigí y me empezaron a arreglar la bicicleta. 

En ese instante desperté. Y fijé la vista en el reloj y eran las 4:10. No sé por qué, pero pensé que Miguel Ángel quería decirme algo, y pedí que si así fuera me enviara algún mensaje. Volví a dormirme, calculando que despertaría a las seis o siete de la mañana. Pero ¡oh sorpresa!, desperté, y cuando lo hice, de inmediato miré al reloj, y allí tenía la hora marcada: 4 y 40. 

Me estrujé los ojos para cerciorarme de que no veía visiones. Entonces me envolvió la nostalgia por el amigo muerto, y la sensación misteriosa que es haberla vuelto a ver, aunque fuese en un sueño. 

A la mañana siguiente sentí la necesidad de llamar a su hermano William y a contarle el sueño. Pero recordé que no tenía su número en el celular nuevo, y que debía buscar el aparato viejo que tenía abandonado, porque se había roto. Entonces tuve que buscar el teléfono y ponerlo a cargar por varias horas para que subiera toda la data. Y en el preciso instante en que la subió, la información del móvil, eran las 8 y 40. Ah, volvía el 40, solo que ahora se multiplicaba el primer número. ¿Doblaba o recalcaba Miguel Ángel el mensaje? 

Fue William quien posteriormente se comunicó conmigo. Yo estaba ansioso de hacerle el sueño extraño que había tenido con su hermano “Migue”, compartir el sentimiento que me había generado haber vuelto a ver al amigo, aunque fuere en sueños. Fue cuando él me dijo que si yo no sabía que cumplía año de fallecido. El mismo día que yo había tenido el extraño sueño. Me quedé de piedra. Le dije que no. Balbuceé algunas palabras, y solo pude pensar en el reloj cuadrado y que daba la hora en letras rojas que estaba en la mesa cercana a mi cama, y que quedó en mi mente: a las 4 y 40. 

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