"¡Somos nosotros, estúpido!"

Por Alfonso Tejeda

"¡Es la economía, estúpido!" Con esa tronante expresión, el irruptor Bill Clinton -a quien la escritora Tony Morrison bautizó como "el primer presidente negro de Estados Unidos", por las esperanzas que auspició entre los afroamericanos entonces- acorraló a su contrincante en las elecciones de 1992, el presidente George Bush, que mostraba aplaudidos resultados por su política exterior con la guerra del Golfo, pero que la debacle económica lo atosigaba.

La frase cambió de la que inicialmente era: "la economía, estúpido", invención de James Carville, asesor de Bill Clinton desde la gobernación en Arkansas, cuando el famoso y más caro Carlos Batista Matos, entonces editor de Espectáculos de Última Hora, lo visualizó como el futuro líder moderno estadounidense en que se convirtió, y en esa última versión también sirve para otros slogans o campañas, y títulos, como la uso ahora.

Y es que somos nosotros/as – estupideces e inclusión incluidas- quienes tenemos que debatirnos en la condenatoria "no mirar hacia atrás" ni la absolutoria (?) "No tirar piedras hacia el pasado", como nos han aconsejado, y el desafiante optimismo de "caminantes  no hay caminos, se haces camino al andar"  de Serrat, y más ahora que nos ha dejado sin relevo en este aquí y ahora, porque como dijo Leonardo Fabio "el mundo sigue girando, girando y nadie lo puede parar".

Y no se detiene, porque hay "pequeñas cosas que hacen que lloremos cuando nadie nos ve", gestos nimios en su composición, pero inmensos en su valor, en su capacidad de llenar espacios, de satisfacer ansias, de suplir necesidades que en estos tiempos navideños se relievan porque el espíritu de solidaridad, de compartir con el prójimo y de orillar resquemores nos hace más cercanos el uno al otro.

Por más "duro" que seamos, por más agrestes que pueda ser nuestro comportamiento, la cercanía se manifiesta sin importar que sea creyente o no, dicharachero o parco, cada uno se sumerge a su manera en este ambiente que la historia y la leyenda han construido, unas veces como "blasfemia" y otras como gozo desbordado en el que muchos/as se exceden hasta la imprudencia.

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