Perdió el rumbo

Por LITO SANTANA

Pablito no acostumbraba a eso de salir para una fiesta y menos si era lejos de su casa y su comunidad. Pero no pudo resistir la invitación que le hiciera Marino, su compañero de trabajo, para que asistiera a su cumpleaños. 

Su amigo vivía en una comunidad cercana, de fácil acceso para cualquier joven de la época, pero Pablito, quizás por su forma de ser, siempre tenía dificultades para llegar a los lugares. 

En esta ocasión se valió de su amigo Emilio, que le dio una bola en su motor, con el compromiso de que sería de ida y vuelta. 

Cuando llegaron a la casa de Marino, ya la fiesta estaba encendida. 

Decenas de jóvenes, varones y hembras, fueron convocados al cumpleaños y evidentemente que la mayoría correspondió. 

Las hermanas de Marino se esmeraron en decorar la casita con pequeños globos y palmas de coco entretejidas, para convertir la vivienda en un lugar ameno y divertido. Y lo lograron.

En el pueblito había unos muchachos que tocaban guitarra y cantaban precioso. También fueron invitados. 

Los organizadores de la fiesta hicieron una gran cena a base de espaguetis con pollo frito y tostones. 

Entre los familiares, y sobre todo las chicas, prepararon una cubeta de coctel que estaba delicioso. De hecho, se convirtió en uno de los mejores atractivos por la variedad de frutas y sabores. A esta bebida se le podía encontrar trocitos de piñas, melones, guineo maduro, lechosa, manzana y uvas. 

El coctel sólo tenía un problemita. A las “fabricantes” se les fue la mano con el alcohol y aunque la sensación de dulzura se imponía en el paladar, el alcohol que penetraba a la cabeza no se sentía. 

Después de tomar varios vasos de esa exquisita bebida, Pablito se “puso sabroso”, contento por demás. 

Por eso no titubeó, a pesar de su timidez, en invitar a bailar a Rosita, una hermosa joven que también disfrutaba del ambiente. 

Pero no se conformó con bailar con la señorita, sino que trató de besarla en la boca. 

No se sabe de dónde salió “la galleta”, pero Pablito calló de boca y cuando se pudo parar solo le quedó huir por la primera puerta que encontró abierta. 

La noche, fuera de la casa, estaba muy oscura y de todos modos él no sabía hacia dónde correr, pero emprendió la huida hasta donde lo llevaran sus piernas. 

Al poco tiempo y quizás ya por efecto de los tragos, dando vueltas en círculos, Pablito creyó que había recorrido decenas de kilómetros entre árboles y matojos, cuando divisó una casa con luces encendidas. 

“Pediré ayuda en esta casita”, pensó para sí mismo. Sin vacilar en esta decisión, entró por detrás de la vivienda.

Solo supo que se equivocó de lugar cuando oyó que alguien gritó: “Míralo ahí, volvió de nuevo” y de inmediato recibió otra tremenda galleta, que ahora lo puso a dormir.

Lito Santana

Lito Santana

Nació en Tamayo. Locutor y periodista. Ha trabajado en distintos medios de comunicación. Aboga por la participación de todos los sectores en la solución de las dificultades por la que atrevieza el País.

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