Otro viaje por el tránsito dominicano

Antonio Muñoz Molina, escritor y novelista español que pública cada semana en El País, periódico de referencia, su último artículo "La culpa de todo", llama la atención sobre un tema que tanto en España y Nueva York está sonando las alarmas, y que aquí en República Dominicana, no ha merecido el tratamiento, abordaje y solución necesarios para superarlo, pese a que es una de las fuentes de mayor número de muertes, pérdidas económicas y trastorno de la necesaria convivencia diaria: los accidentes de tránsito.

A partir de la muerte y posterior abandono de un ciclista por el autor del accidente en una calle madrileña, Muñoz Molina lamenta que en muchas ciudades se ha instaurado “la tiranía del coche privado”, donde el peatón y ciclistas no tienen el espacio ni el respeto a sus derechos ciudadanos en el tránsito, los que están por debajo de “los privilegios” de los conductores, porque las autoridades actúan en beneficio de la industria automotriz, resultando así una “sensación de impune poderío”.

El escritor y novelista que vivió en Nueva York cuando dirigió el Instituto Cervantes, se auxilia de un reciente reportaje sobre el tránsito en “La capital del mundo”, donde menos del uno por ciento del espacio público está cerrado al tráfico, mientras que el 76% lo ocupan el movimiento vehicular y el aparcamiento de los vehículos, lo que ha incrementado el número de víctimas en lo que va de año al total de las ocurridas en el pasado 2021. Ante la gravedad del problema, las autoridades neoyorkinas se vieron empujadas a ampliar a 24/7 la vigilancia del tránsito y el desempeño de los conductores en las zonas escolares, donde ocurren con más frecuencia esos accidentes.

La situación en Dominicana es más grave, y aunque algunas voces dan la alarma, hasta ahora muy poco se está haciendo y los pequeños esfuerzos que apenas rebasan el interés de algunas instituciones como el Ministerio de Obras Públicas, que recién publicó los resultados de un estudio que advierte sobre las probabilidades de accidentes en las carreteras principales del país, donde la tasa menor es de un alarmante 40% (transitando la ruta más corta) y la de mayor riesgo alcanza hasta el 78%.

Tal es la peligrosidad de esas carreteras y su tránsito, que ninguna de las tres vías -entre ellas el corredor del Este, que es la más moderna- alcanza la categoría 5, que es la máxima puntuación de seguridad vial, según los parámetros internacionales, con los que se evaluó el desempeño del tránsito en esas vías, que junto a los accidentes en las principales ciudades, colocan al país como el quinto en el mundo y el segundo de la región, con la cifra de 64.6 fallecidos cada año por cada 100 mil habitantes.

Desmenuzando esos números, cada año mueren hasta cuatro mil dominicanos/as en las carreteras, calles, autopistas y caminos, siendo la mayoría de las víctimas jóvenes entre 15 y 29 años, de ellos/as principalmente motoristas, certificando así el cruel chiste de Freddy Beras Goico, quien decía que los motores son la venganza de los japoneses por las bombas de Hiroshima.

Aunque las autoridades evalúan la situación – y el ministro de Obras Públicas participó en un reciente encuentro a nivel de la ONU para tratar el tema-, otras iniciativas implementadas no han concitado el respaldo necesario, y algunas han provocado reacciones adversas, como el corredor de bicicletas que ha intentado el ayuntamiento del DN en la Avenida Bolívar y otras vías, certificando así una vez más el dominio del automóvil sobre el peatón y otros medios de transporte amigables con la ciudad.

Todavía impera esa “violencia vial” contra la que el siempre sorprendente y adelantado periodista José Rafael Sosa inició la batalla por los ‘80s, cuando donó su carro a una central obrera y comenzó a pedalear las calles citadinas, cuando Luis Alba desde una columna en El Nacional y en entrevistas radiales orientaba sobre el comportamiento en el tránsito, esa falencia que hace de las ciudades, principal Santo Domingo, “una selva” donde impera el más temerario de los conductores -no importa el rango social ni la marca de vehículo- y el civismo y respeto a las leyes de tránsito siempre están ausentes, provocando los intensos y extensos tapones viales, atropellos mortales y pérdidas económicas de hasta un 2.5% del PIB.

“El tráfico dice mucho de una ciudad”, concluye la periodista María Antonieta Sánchez Vallejo en su reportaje sobre el tráfico en la ciudad de Nueva York, que también motivó el artículo de Muñoz Molina.

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