Nueva York siempre sorprende

A vuelta de alcanzar la intensa plenitud de sus características, la ciudad de Nueva York ha patentizado la sorpresa como reincidente permanente en su diario vivir, que, aunque se repite en la cotidianidad de gestos, acciones, personajes, paisajes y lugares, tiene aún la sorpresiva costumbre de sorprender a extraños y a quienes se consideran propios.

Sorpresa que sorprende muchas veces por la simpleza de ser sorprendido por la cotidianidad del acto con se está acostumbrado a sorprender, tal como ocurriera a un sorprendente artista callejero de esos que en vagones de los trenes de la ciudad sorprenden a unos sorprendidos pasajeros que lo premian con su atención, a veces con sus aplausos y una sonrisa de aprobación, y los menos con algunas monedas o billetes.

El artista callejero hacía su sorpresivo show cuando fue sorprendido por un movimiento que no le permitió recuperar la gorra con la que se ayudaba en su montaje, provocándole un inusitado encono consigo mismo y la brusca paralización de su actuación alegando que el imprevisto fallo lo hacía suspender de inmediato su jornada diaria, negándose también a recibir las gratificaciones monetarias con que algunos espectadores quisieron premiarlo.

Ocurrió la semana pasada, en el sorpresivo día que el movimiento de pasajeros en el sistema de transporte público recuperó por primera vez la cantidad de más de cinco millones de viajeros, cifra que era una costumbre antes de la pandemia del COVID-19, la que arrodilló la ciudad cuando para sorpresa no respondió a la sorpresiva realidad que la aturdió en todos sus sentidos.

La avalancha de dificultades que enfrentó durante la pandemia, ya Nueva York la está superando con apremiantes decisiones, muchas que han sorprendido a viajeros antes cotidianos que al regresar a la ciudad post COVID se han impactado, tal como narrara en un periódico dominicano el ecuánime Eduardo García Michel, quién con detallados y bien administrada abundancia relata su experiencia de un reciente viaje a "la Babel de hierro".

Me sorprenden estos recuerdos cuando en un taponamiento en el puente George Washington regreso del vecino New Jersey y me despierta del letargo la parte posterior de uno de los edificios que alojan el hospital Medical Center (oficialmente el Presbyterian), ese en el que muchos dominicanos venidos en tránsito de allá, y más, muchos más de los que en Washington Heights, recibimos la atención médica excluida del "Nueva York chiquito" prometido, ese (nuevayorsito) que en el Polígono Central deslumbra como el neón. 

Sorprendente es la cantidad de escritores, que como Paul Auster y su "Ciudad de Cristal", Antonio Muñoz Molina en su "ventana de Manhattan", y Teju Cole en "Ciudad Abierta" que han descrito a Nueva York y sus características y caracterizaciones, como Woody Allen en varias de sus películas, y artistas que la han pintado y cantado, entre estos últimos Willy Colón, el músico puertorriqueño que dice que en esta ciudad encontró el origen de su ascendencia, también su antiguo acompañante Rubén Blades, quién sigue trajinando de noche y de día por las calles de Manhattan y de El Bronx buscando a su Paula C.

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