lunes, abril 22, 2024

La perrera, la camiona, y otras formas de humillar al débil 

Por Eloy Alberto Tejera 

¿Qué se puede entrar en algo que se llame “perrera”? El menos espabilado responderá de inmediato: “perros”, “canes por pipá o a la carta”. Pero, en República Dominicana la Policía Nacional (marzo 1936, proterva fundación por supuesto), órgano-animal represivo cuyo hocico y fauces tienen el colmillo originario en el trujillismo, mete gente en ese vehículo policial largo y feo, pero sobre todo jóvenes de barrios donde la depauperación y la pobreza son el clima eterno, de zonas donde el objetivo primordial no es la escala social, sino no hundirse lo menos posible en la miseria: tugurio del Sur en todas las geografías. 

¿Qué se puede meter en esa cosa que se le denomina “la camiona”? Por su etimología, sabemos que la palabra es una derivación grosera y anti estética de camión; un vehículo pesado, donde se transportan frutos, objetos, muebles, vacas al matadero. (Me paro para no transpirar un largo etcétera). Sin embargo, oh paradojas de la vida, en esta nación de los esteroides para beisbolistas, donde el genio de la inversión es un tal “Mantequilla” y el director del INTRANT un “parloteador dealer”, cuyo mayor mérito es cambiar sentido a las calles antojadizamente, todo es posible o pasible de ser puesto a pruebas.  

De la perrera y de la camiona cuando los jóvenes dominicanos e inmigrantes haitianos son detenidos pasan a dos sitios detestables, que de imaginárselos la piel se le pone a cualquier mortal de “gallina” o les invaden los “esteriquitos”: el destacamento, donde el estiércol, la golpiza y la estrechez de espacio, son la norma, o al Centro de Detención de Haina, donde un ambiente envilecedor les espera. Tanto el dominicano pobre, como el haitiano inmigrante (siempre negro), si caen en una de estas dos, oh círculo dantesco que les espera. 

En ambos casos, ni a la camiona ni a la perrera a nadie le llega a la mente que son palabras asociadas al ser humano. Y ahí empieza el drama. Se deshumaniza desde el lenguaje, lo verbal atiza la deshumanización, ahí se empieza a tejer el desprecio hacia el otro. 

Quienes venimos de barrios sabemos la desazón que causaba una perrera. Era el terror de los jóvenes tener que montarse por una de ellas. Una vez se avizora, a correr se ha dicho, pues bien, se sabía, que aun con papeles en regla o con cédula, arbitrariamente se recibía un estrujón de camisa, una patá por el culo, y un aterrizar en el infame vehículo. 

¿Qué joven miembro de la clase alta sabe qué es una camiona y mucho menos una perrera? Ni en película del Hollywood más terrorífico la han visto. Esos “instrumentos de terror” solo se utilizan en barrios pobres, esos instrumentos solo se utilizan contra los descamisados. 

Tanto en la perrera como en la camiona se sale a cazar, bajo el entendido de que “el militar lee hasta al revés” y que “el pobre es peligroso siempre” y la categoría de gente siempre hay que ponerla en duda. 

Desde que se entra en cualquiera de las dos (perrera o camiona) se pierde la dignidad humana. El relato hecho por un inmigrante haitiano artista da escalofríos y está orientado hacia una realidad que lacera, al igual que la imagen de la madre haitiana abrazada al niño que le cayó detrás. 

Si las autoridades se respetaran, si tuviesen un ápice de sentido común, y medio tercio o una pizca de humanidad, ambos vehículos siniestros fuesen prohibidos ipso facto, incinerados en una actividad pública. Jamás se vieran ambos recorriendo barrios, aterrorizando ciudadanos cuyo delito más grave es ser pobres o negros. 

En sustitución de la perrera, creo que ahora hay una especie de guaguas descubiertas donde se montan a los jóvenes detenidos. Cabe recordar el papel de “los cepillos” y el SIM en la era de Trujillo, para entender que en el país la perversidad siempre ha tenido gusto por andar en cuatro ruedas. Del mismo modo que del despacho del jefe de la Policía, no es extraño que salgan multimillonarios, así de cualquier destacamento sale un joven con los pies para adelante, como el triste caso de David Santos (mayo, 2022). 

Tanto en la camiona como en la perrera (ahora camionetas) debieran colocarse el canto tercero de La Divina Comedia, de Dante, que reza: “los que entráis aquí abandonad toda esperanza”. 

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