viernes, febrero 23, 2024

La desaparición de Pelayo en Baní

Por Melton Pineda Féliz

Juan Pablo Féliz (Pelayo) era un joven estudiante que a temprana edad asumió el estudio del marxismo-leninismo y militaba en el Movimiento Popular Dominicano (MPD) en Barahona.

Pelayo, una persona con una apariencia física atractiva, medía seis pies, dos pulgadas, valiente a toda prueba, delgado, guapo y dispuesto a todo.

Mientras compartíamos en el liceo Federico Henríquez y Carvajal, noté que Pelayo tenía unas condiciones excepcionales, que podía llegar muy lejos dentro de su organización.

Fue de los primeros estudiantes que invité a la reorganización de la desmantelada Unión de Estudiantes Revolucionarios (UER). Entonces aún no había nacido el Frente Estudiantil Flavio Sueno (Feflas). 

Pelayo también fue de los primeros que participó, junto a otros estudiantes, en la acción para sacar del liceo Federico Henríquez y Carvajal al director Alejandro Lebreaux. 

Luego de reorganizada la UER, a pocos meses, agentes de la Policía Nacional asesinaron el 20 de febrero  de l969 a Johnny Matías César Augusto (Flavio Suero), primer mártir de la lucha por el Medio Millón para la UASD.

Pelayo, cuando el MPD decide formar su grupo estudiantil con el nombre de Flavio Suero en la UASD y en las escuelas y liceos del país, fue escogido por su partido como secretario general de ese grupo en nuestro liceo.

Siempre realizábamos acciones conjuntas, tanto en el liceo como en la ciudad de Barahona, y tuvo un desarrollo que competía con nuestro liderazgo en el plantel.

¿Por qué desaparecen a Pelayo?

Juan Pablo (Pelayo) Féliz desarrollaba sus labores políticas en la clandestinidad, esencialmente en el barrio Pueblo Nuevo de Barahona. Envuelto en esa labor revolucionaria, Pelayo había salido del Liceo y fue apresado por la policía.

Estando preso, a Pelayo lo sometieron a las más despiadadas torturas. Tanto así, que, en esa golpiza, le hicieron una herida profunda en la cabeza, de un maquinazo que le propinó uno de los agentes. Dicen que el golpe se lo dio el propio comandante de la Policía de Barahona, mientras lo interrogaba, y hubo que darle siete punto en el centro de la cabeza. Luego nos contaron que uno de los oficiales le llegó a meter el cañón de una pistola en la herida.

Meses después, fui apresado por la Policía y compartimos celda, donde llegamos a tratarnos como dos hermanos. Intercambiábamos la comida que nos enviaban nuestras familias.

Recuerdo que un teniente de la Policía en Barahona llamado solo como Juan María Severino, siempre cantaba: “Musa, tátara musa, bolsillo pelao, siempre está guillao…”

Pelayo, al parecer, deliraba y divagaba en las noches y se le escuchaba cantar esta estrofa. Concluimos que era por el golpe que había recibido en la cabeza, pero luego superó esa situación.

Pelayo recobró su libertad y se integró de lleno a su partido, el MPD, donde alcanzó un desarrollo intelectual y un liderazgo que superó a muchos de sus compañeros.

El creciente ascenso y dominio de la teoría marxista-leninista de Pelayo le fue ganando espacio dentro de su partido que ya se convertía en un líder nacional dentro de esa organización de izquierda.

Luego, la alta dirección del MPD decidió ascenderlo al Comité Central y tal parece que ese desarrollo preocupaba a los organismos de seguridad del Estado durante los 12 fatídicos años de la dictablanda del doctor Joaquín Balaguer, y de ahí que decidieron eliminarlo. 

Pelayo era muy discreto, responsable, solidario hasta la muerte, y descomunalmente serio, y cuando discutíamos en el liceo resaltaba el peso teórico de su desarrollo.

Pero la naturaleza pequeñoburguesa de la izquierda de la época abría indiscreciones que permitían a los organismos de seguridad del Estado penetrar a las entrañas de todos los partidos comprometidos con la lucha revolucionaria.

Tanto era el liberalismo que se observaba en las organizaciones de izquierda, principalmente en Barahona, que los militantes de ese partido iban a lugares públicos a contar las “hazañas” que cometían en horas nocturnas.

La feroz persecución de los organismos de seguridad contra Pelayo en Barahona, lo llevó a huir de la ciudad.

Al entrar en una cerrada clandestinidad para escapar de la muerte que lo seguía, perdí el rumbo de ese hermano y amigo izquierdista. Siempre trataba de darle seguimiento. Supe que estuvo en varios campos del Cibao, luego pasó al Sur, especialmente en la zona de San Juan de la Maguana, y Elías Piña, desarrollando y organizando células y comandos del MPD.

Un día, estando en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), departiendo en un lugar de encuentro de los estudiantes de la provincia de Barahona, en la parte de arriba de una plataforma del Alma Mater, veo llegar al lugar a mi compañero de estudios en el liceo Federico Henríquez y Carvajal de Barahona, Juan Pablo Pelayo Feliz (Pelayo).

Vestía un pantalón de fuerte azul, una camisa color kaky y un bombo que usan los ingenieros en la construcción.

Al verlo, todos lo conocíamos, quedamos sorprendidos, porque hacía tiempo, tal vez años, que no nos encontrábamos.

Luego de saludar, nos apartamos, para confesarme una confidencia de por qué estaba en la UASD.

-Melton, vengo pensando en ti y temía no encontrarte.

 -Qué bueno, cómo te va, le digo.

 -Te confieso que tengo temor de que me maten, porque la represión en San Juan, donde estoy hace unos años, se ha recrudecido. Y la persecución en mi contra no te la puedes imaginar. ¿puedes alojarme en algún sitio?, me dijo textualmente Pelayo.

De inmediato, le pregunté si había comido, me dijo: “me desayuné con la pasta de diente, no he comido.

Lo invité al Comedor de la UASD, que aún no había cerrado y almorzó con bastante deseo.

No volví al grupo con él porque entendía que en la UASD los organismos de seguridad del Estado tenían sus agentes infiltrados. 

Tomamos un carro público y abandonamos el recinto universitario y me lo llevé a la pensión que compartíamos con otros estudiantes, en un segundo piso de la calle Espaillat, entre las calles Mercedes y Conde, en Ciudad Nueva. 

Teníamos dominio de la situación en la pensión, además, Fella, una dama de Cotuí, nos daba alojamiento, porque también estába escondidos allí. Era confiable.

Le pedí permiso a Doña Fella para que me alojara a ese “primo hermano” por una o dos semanas, en una cama que había dejado otro estudiante que estaba de vacaciones en su pueblo, creo que en Santiago.

De inmediato, nos dijo que sí, le expliqué que luego le alquilaría la cama para alojar definitivamente a ese primo.

Pelayo, entraba y salía muy poco del lugar, hasta que un fatídico sábado salió de la pensión y jamás volvió.

Mi preocupación crecía, hasta que una semana después, sus familiares, que fueron a la UASD, informaron de la desaparición de Juan Pablo -Pelayo- Féliz, y que tenían noticias de que había sido apresado por agentes del Servicio Secreto de la Policía en Baní, en un operativo encabezado por un alto oficial que estuvo en Barahona y que lo conocía desde cuando estuvimos presos en la cárcel Enriquillo.

Por más esfuerzos que hice, lo mismo que sus familiares, tratando de determinar el paradero de Pelayo Féliz, nunca jamás supimos de su destino final.

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