Fiestas patronales: Un culto al vicio financiado con fondos públicos

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Si en Bahoruco, con más de treinta patronales al año, representan un sacrificio desmesurado, imagínese lo que significa si esa misma dinámica se repite en todas las provincias del país. Nunca como ahora, el derroche público había sido tan evidente, y el autor de este artículo lo expone con autoridad moral, porque tras 14 años como diputado siempre me negué a patrocinar este culto al vicio. 

Por Rafael Méndez

Las fiestas patronales, que debieron conservar sentido espiritual, cultural y comunitario, se han convertido en escenarios de ruido, alcohol y manipulación política financiados con recursos del Estado, con lo que la palabra tradición sirve como pretexto para sostener tarimas costosas y desembolsos millonarios, mientras la inversión esencial en educación, salud, deporte y oportunidades para la juventud queda relegada y sin prioridad real frente a espectáculos sin retorno social.

Las patronales surgieron en la colonia bajo la protección de santos y vírgenes, marcadas por misas, procesiones y novenarios que fortalecían la cohesión barrial. Con el paso del tiempo se extendieron hasta diez días y la devoción fue relegada entre bocinas, artistas y consumo que vaciaron el sentido espiritual, convirtiéndolas en espectáculos donde la religiosidad es decorado formal y la diversión se impone como justificación administrativa permanente.

En mi provincia Bahoruco se celebran más de treinta patronales al año, especialmente fastuosas en los municipios cabecera, donde se montan tarimas gigantes, se contratan orquestas de alto costo y se distribuye alcohol sin control, con lo que ya representan un sacrificio desmesurado de fondos públicos en detrimento de prioridades sociales impostergables, imaginándose el impacto si esa misma mecánica se replica en cada provincia del país.

Gasto público y clientelismo

Si el modelo de Bahoruco se extendiera en toda la República Dominicana, estaríamos ante un sacrificio enorme del presupuesto nacional para sufragar fiestas que poco aportan al desarrollo y que, disfrazadas de tradición, sirven para reforzar figuras municipales y estructuras oficialistas en coyunturas electorales, con lo que la tarima se convierte en plataforma clientelar sostenida con recursos que deberían priorizar obras sociales y respuestas comunitarias urgentes.

Muchos alcaldes reconocieron en conversaciones privadas que las patronales eran una carga de la que intentaban desprenderse porque agotaban finanzas y obligaban a recortes en áreas esenciales, mientras hoy el Gobierno central es quien carga con ese financiamiento, manteniéndose sin cambios el mismo resultado: fiestas que enriquecen artistas, promotores e intermediarios mientras los servicios comunitarios aguardan soluciones legítimas.

Estamos ante una secularización deformada donde la fe retrocede, la cultura se diluye y la celebración pierde sentido espiritual, convirtiéndose en consumo masivo y vitrina comercial subordinada al ruido, la vulgaridad y la penetración política, con lo que la devoción queda reducida a simple formalidad protocolar y el espacio público termina ocupado por tarimas y euforia vacía que sustituyen identidad histórica y acción ciudadana que fortalece comunidades.

Juventud expuesta y comunidad relegada

El público predominante está integrado por niñas, niños, adolescentes y jóvenes expuestos a trasnoches, música sin filtros, aglomeraciones y venta indiscriminada de alcohol, mientras actividades deportivas y culturales anunciadas figuran como letra muerta, porque carecen de convocatoria, con lo que la atención real se concentra en la tarima, donde la consigna es prolongar la fiesta y donde nada constructivo ocurre para estimular formación y pensamiento crítico.

De ese modo, las patronales dejan de ser punto de encuentro intergeneracional porque las personas adultas mayores se aíslan, quienes trabajan siguen su rutina agotados y la comunidad pierde espacios de diálogo, reflexión y crecimiento, mientras la memoria histórica no encuentra lugar en celebraciones que giran exclusivamente alrededor del ruido y del licor, reduciendo el sentido de identidad y anulando la posibilidad de que estas fiestas motiven la cohesión real.

Las casas licoreras, promotores y estructuras políticas encuentran un terreno ideal para exhibir marcas, discursos y lealtades condicionadas, convirtiéndose las patronales en vitrina comercial y escenario de saludos, promesas y propaganda territorial, con lo que se normaliza un engranaje clientelar donde la aparente diversión encubre relaciones de dependencia y uso discrecional de fondos públicos, alejando a la sociedad de prioridades que generan bienestar duradero.

Experiencia legislativa y propuesta de cambio

Durante mis catorce años como diputado mantuve una postura crítica firme y frontal a este modelo, porque nunca respaldé ese culto al vicio disfrazado de tradición y, en cambio, a través de la Fundación Padrino que presido, impulsé ferias de lectura, encuentros culturales y torneos deportivos con beneficios tangibles que dignificaban comunidades, con lo que pude dialogar directamente con alcaldes y comunicadores que reconocían el despropósito, aunque confesaban sentirse atrapados por presión política y expectativas partidarias.

Las patronales forman parte de la identidad histórica de nuestros pueblos y no deben ser eliminadas, sino rescatadas mediante la reducción de la duración, el desarrollo de charlas sobre realidad local y memoria, apertura de espacios artísticos y culturales que fortalezcan la identidad y la capacidad crítica, con lo que se devuelva contenido a celebraciones que han sido distorsionadas bajo criterios de banalidad, consumo irreflexivo y aprovechamiento clientelar contrario a valores comunitarios.

Mientras prevalezca el formato vigente, estas fiestas seguirán consumiendo recursos que deberían sostener aulas, bibliotecas, becas, instalaciones deportivas y oportunidades para la juventud, con lo que el sacrificio desmesurado que representan en Bahoruco anticipa los efectos si la misma dinámica se reproduce en todo el territorio nacional y las patronales se mantengan como cultos al vicio financiados con fondos públicos desviados de prioridades verdaderamente esenciales.

 

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