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domingo, febrero 1, 2026
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El Turismo crece, pero las actividades culturales no

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Por Octavio Santos

Las estadísticas del Ministerio de Turismo cuentan una historia que casi nadie quiere escuchar: el turismo cultural dominicano no se ha recuperado del todo y, cuando empezó a levantarse, regresó más pequeño y más concentrado en dos únicos protagonistas: el ballet folclórico y los tríos de guitarra.

En los años 2018 y 2019 el sector mantenía un pulso estable, con 1,272 y 1,291 actividades, respectivamente. No era un boom, pero sí una agenda constante de presentaciones, promoción de artesanía y eventos para visitantes. Ese era el punto de partida, la fotografía previa a la tormenta.

La tormenta llegó en 2020. Las actividades cayeron a 690, un desplome de 46 % en un solo año. Lo esperable habría sido un rebote inmediato al año siguiente, pero no ocurrió. En 2021 el número bajó a 579 y en 2022 tocó fondo con 524. Mientras los hoteles volvían a llenarse y los aeropuertos recuperaban pasajeros, la cultura turística seguía en pausa.

El repunte comenzó en 2023 con 771 actividades, pero fue un avance frágil. En 2024 volvió a retroceder a 662 y para 2025 se proyectan 795. El saldo es claro: aun en el mejor escenario reciente, el turismo cultural opera hoy 38 % por debajo del nivel de 2019. El país ya superó la pandemia en casi todos los indicadores turísticos, menos en este.

Cuando se revisa el detalle, la recuperación tiene un solo rostro. Las presentaciones del Ballet Folclórico y Conjunto Típico acumulan 1,857 registros en el período; los tríos de guitarra, 1,704. Con las variantes de nombres que aparecen en la base, ambos formatos se acercan a siete de cada diez actividades reportadas. Son el núcleo duro del sistema, la opción segura que sobrevivió a la crisis y que hoy domina la agenda.

Lo demás quedó relegado. La promoción de la artesanía dominicana suma apenas 390 actividades en ocho años; el folclore internacional, 342; la promoción cultural más amplia, 300. Expresiones como artes visuales, teatro, rutas patrimoniales o propuestas comunitarias casi no figuran. El menú es corto y repetido.

La paradoja es evidente. La artesanía es la línea con mayor capacidad para generar ingresos directos en comunidades y pequeños talleres, pero ocupa un lugar marginal. El modelo privilegia el espectáculo que entretiene al turista por unos minutos, no el producto cultural que deja huella económica.

Los datos también revelan una debilidad administrativa. Las categorías aparecen duplicadas con distintos nombres y no siempre se distingue si las actividades fueron dirigidas a visitantes o a actos protocolares. Esa imprecisión no es menor: lo que se mide mal termina planificándose peor.

La evolución dibuja un sector que, tras la pandemia, optó por lo conocido. No hubo reinvención, sino repliegue. Se apostó a lo que se podía montar rápido y barato, y se dejó de lado la diversificación. El resultado es un turismo cultural más estrecho que el de hace seis años.

El Ministerio de Turismo puede exhibir un país que vuelve a romper récords de llegada de visitantes, pero la cultura que acompaña a esos visitantes no crece al mismo ritmo. Se mantiene como complemento decorativo, no como industria con identidad propia.

La pregunta que dejan las cifras es incómoda: ¿quiere la República Dominicana un turismo cultural que repita siempre el mismo libreto o uno capaz de mostrar todas sus voces? Por ahora, los números se inclinan por la primera opción. Y los números, cuando se les mira de frente, no aplauden.

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