El secuestro de periodistas de Radio Comercial fue fortuito, aunque tuvo connotación política

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Por Melton Pineda Féliz

El ascenso al poder del Gobierno del Cambio, encabezado por el hacendado santiaguero Don Antonio Guzmán Fernández, provocó una serie de expectativas políticas y económicas, en República Dominicana. Unas de adhesión y otras de aversión, que cualquier acto, por desligado que lucía de intereses particulares, siempre se entendía que era conspiración contra el gobierno del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), el llamado partido de la Esperanza Nacional, el partido del “Jacho prendío”.

Y así fue desde el inicio de esa gestión de Don Antonio Guzmán Fernández. Comenzaron a darse una serie de secuestros, que daban la sensación de una conspiración y el país en cada hecho lo ligaba a acciones conspirativas.

Cuando el 17 de noviembre de l978, apenas tres después del ascenso al poder del nuevo gobierno, el raso de la Fuerza Aérea Dominicana Pablo Alfredo González Mateo, se metió en la embajada de Argentina, en la avenida Máximo Gómez número 10, casi esquina Independencia, en los laterales del edificio de Bellas Artes, y secuestró, a punta de revolver, a la secretaria de esa misión diplomática, la señorita Ana Carolina Curiel.

Las noticias de la época dan cuenta de que el raso de la FAD, González Mateo exigía, para liberar a su víctima, pedía que lo enviaran a México o Uruguay, y la entrega de 100 mil dólares. 

Recuerdo que el licenciado Hatuey Decamps, presidente de la Cámara de Diputados, se prestó a ser rehén del secuestrador junto a la señorita Curiel, y luego de varias negociaciones con las autoridades militares y policiales, se acordó viajar al Aeropuerto Internacional de Las Américas, donde el militar, en la creencia de que sería enviado a México, entregó el arma y fue apresado por sus superiores.

Luego, el 17 de enero de 1979, el raso de la Policía Silvestre Caba Abreu, penetró violentamente en la popular estación de Radio Guarachita, en la calle Palo Hincado, entre las calles Mercedes y avenida Mella, cerca de Los Bomberos del Distrito Nacional.

Dice un reportaje bajo la firma de Rafael Polanco, uno de los periodistas que luego sería secuestrado junto a otros colegas en Radio Comercial, que el raso policial secuestró en esta estación radial a los señores Tony Díaz, Nancy de Martínez, Francisco Jáquez Santos, Sandra Carmona Ventura, Alby Escoto Reyes, Francisca Batista y a Francisca Decena Encarnación.

Radio Guarachita, escuchada, especialmente en los campos del país, y por trabajadoras domésticas, guardias y policías, serenos y obreros, se hizo muy popular, por especializarse en la divulgación de bachatas y mensajes a todo el país, de personas que morían, tanto en la capital como en otras poblaciones, con el denominado “SERVICIO PUBLICO DE RADIO GUARACHITA”, que, dicho sea de paso, nunca afirmaba cuando una persona moría en algún punto del país. Solo decían que LA PERSONA ESTÁ GRAVE DE MUERTE.

También anunciaban mucho a las personas que venían a la capital y estaban extraviadas. Se hizo tan popular esa estación radial que cuando un pueblerino veía a un campesino deambulando, sin saber para dónde coger, le preguntaban: ¿estás perdido, para llevarte a Radio Guarachita?

El en Radio Guarachita, tomó una dimensión política, dado a que el raso policial llamó a la población a derrocar al presidente Antonio Guzmán.

Posteriormente, al filo de la media noche, el entonces jefe de la Policía Nacional Virgilio Payano Rojas, hombre de mano dura, especialmente contra estudiantes de la UASD, los liceos y de la izquierda, logró convencer al raso policial lo que permitió un desenlace mediante la liberación de los secuestrados.

La historia del secuestro

Un 16 de mayo de 1979, primer aniversario de la llegada al poder del presidente Guzmán Fernández, Danilo Sánchez Pineda, nativo de Santana, sección de Tamayo, a quien yo conocía desde niño, provocó un escándalo mayúsculo, al tomar como rehenes a los periodistas de la Redacción de uno de los noticiarios más escuchados de la época, Noti-Tiempo, de Radio Comercial, y donde se transmitía el programa oficial del partido de gobierno.

Sánchez Pineda se dedicaba a la venta al por mayor de billetes y quinielas, junto a sus familiares, en la avenida Duarte casi esquina teniente Amado García Guerrero y frente al edificio de la Lotería Nacional en La Feria. 

Sánchez Pineda tenía buena relación con el administrador de la Lotería Nacional Ramón Bona Rivera, quien era entonces dirigente del PRSC, debido a que este funcionario se había casado con una hija de Juanita Bueno, prima hermana de Sánchez Pineda y también prima nuestra.

El secuestrador, además de mayorista en la venta de billetes y quinielas, era prestamista a los demás vendedores de quinielas y alquilaba vehículos en el concho de la capital.

La historia real del caso es que Sánchez Pineda había hecho un negocio con el nombrado Demetrio Geraldo Morillo, alias (Yarey). 

Claro está, este secuestro se interpretó como una acción política, debido a que era el primer aniversario del gobierno de Antonio Guzmán y se había anunciado un programa especial por ese acontecimiento.

Sin embargo, debo decir que ese acontecimiento no tuvo el más mínimo vínculo político, y fue fortuito, solo que las coincidencias suelen tener categoría histórica.

El es que Yarey tenía una deuda por un préstamo que le había hecho Sánchez Pineda y no aparecía, para pagarle.

En una ocasión, se encontraron en la Plaza La Trinitaria, en la cabeza del puente Duarte y Sánchez Pineda lo invitó a una fonda en la proximidad, para comerse un moro de habichuelas negras.

Luego de almorzar, Sánchez Pineda le dijo a Yarey, camina adelante, y sacó un revolver de su uso y le dijo: Yarey, el último moro que te comiste, pan, y le pegó un disparo por la espalda y lo mató. 

No es cierta la versión de la Policía, que declaró que Sánchez Pineda mató a Yarey como integrante de una banda de atracadores. No es cierto, mentira de la policía, esa es una versión distorsionada de los hechos.

Por este crimen, Sánchez Pineda fue apresado, y cumplía condena en La Victoria, de donde se fugó el 8 de mayo, debajo de la cama de un camión recolector de basura, según él mismo narra. No hubo complicidad de agentes de la Policía del recinto penitenciario.

Danilo deambuló por varios lugares, por un espacio de ocho días, antes de cometer el secuestro de los periodistas de Noti-Tiempo de Radio Comercial. 

Este joven trató de contactarme en busca de algún tipo de protección, porque temía por su vida y su propósito era que lo lleváramos a la embajada de México, en busca de asilo.

Esto me lo comunicó durante una llamada telefónica que me hizo al periódico El Sol, donde me envió una nota manuscrita, en la cual hacía una serie de planteamientos. Nunca habló del secuestro de periodistas.

Un día antes del secuestro, Sánchez Pineda asaltó al cabo del Departamento de Tránsito de la Policía José Mayi Burgos, lo desarmó y golpeó, y con esa misma arma, un revólver calibre 38, ejecutó el secuestro de los periodistas.

Al hablarme de asilarse, le planteé que esperara el otro día, para ver la posibilidad de lo que proponía.

El l6 de mayo de l979, al otro día, el joven Sánchez Pineda, mi primo, y criado en el mismo campo de Santana, casi hermano por la familiaridad en Tamayo junto a nuestra familia, se desesperó y se dirigió a la estación Radio Comercial, en el ensanche La Fe y produjo el secuestro de los periodistas Jesús Manuel Jiménez, Negro Martínez, Pedro Familia, Antolín Montás, Rosario Tifá, Rafael Polanco y Margarita Cordero.

El secuestro de esos comunicadores tuvo la particularidad de que la destacada periodista Margarita Cordero, del staf del programa, al momento del secuestro se encontraba recogiendo unos cables internacionales en el departamento de teletipos.

Al darse cuenta del secuestro de sus compañeros, no salió. Incluso, el secuestrador no se enteró de que ahí estaba una mujer que tranquilamente se quedó escondida, aunque secuestrada de carambola. Margarita Cordero era entonces esposa de Tácito Perdomo Robles, hoy delegado del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) ante la Junta Central Electoral (JCE).

Durante el gobierno de Balaguer, Perdomo Robles era un perseguido político, y el entonces jefe de la Policía, mayor general del Ejército Nacional, Ney Rafael Nivar Seijas, alegó en 1972, que se escondía en el campus de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Eso ocurrió el 4 de abril, y en efecto, reclamó su entrega, y fue la excusa para asaltar la alta casa de estudios. 

Fue en esa ocasión que resultó herida de gravedad de un disparo en la cabeza la estudiante Sagrario Ercira Díaz Santiago, que moriría semanas después.

La incursión en la UASD empezó en plena Alma Máter, cuando tropas al mando del coronel de la Policía Nacional Maríñez la emprendieron a tiros contra estudiantes que repudiaban el cerco que tendido y se habían agrupado en ese lugar ante el avance de las tropas. 

Retomando el tema, de todas formas, era un riesgo que la comunicadora saliera, luego del desarrollo del secuestro, porque el secuestrador podía interpretar que hubiesen entrado al lugar otras personas por otra puerta, dispararle y matarla.

A eso de las 9: 00, A.M. llegando al periódico El Sol, nos detuvimos para escuchar cuando salió la presentación: “Y ahora, la Unidad Móvil de Radio Comercial en acción”. De inmediato, no recuerdo de memoria, el periodista que reportó la información decía: “en estos momentos un joven con un arma en mano acaba de secuestrar a un grupo de 7 periodistas de la redacción de esta Radio Comercial. El joven ordenó lanzarse al suelo, advirtiéndole a los comunicadores, que esto es un secuestro y que el que se rebelara lo mataría.  Luego los amarró, con una soga plástica y les ordenó acostarse en el piso e hizo un disparo, para que los secuestrados de la Redacción de la emisora entendieran que la acción no era juego.

El periódico El Sol también era propiedad de la Cadena Comercial, propietaria de Radio Comercial, donde se ocurría el secuestro de los periodistas.

De inmediato, llegué al periódico recogí libreta y grabador y corrí hacia el lugar donde se había producido el secuestro.

Antes, llamamos al secretario de Interior y Policía, nuestro amigo, licenciado Vicente Sánchez Baret, quien nos dijo: “Ya estoy informado y voy de camino hacia allá, ¿y tú, dónde estás?” Le contesto que en el periódico. “Ya voy saliendo para allá… me dice Vicente, “…pero el secuestrador es de apellido Pineda”, le dije que sí, que lo conocía muy bien, porque nos criamos juntos en mi campo Santana. “Ah, pues hablamos allá”, dijo el secretario.

Al llegar a Radio Comercial, ya había allí una gran cantidad de perredeistas y gente del pueblo, curiosos, pidiendo la cabeza del secuestrador.

A la entrada, Sánchez Baret, me dijo: sígueme Melton, ya a la entrada del parqueo, sonó un disparo: TAN. El funcionario y su escolta buscaron posición bajándose, cubriéndose detrás de otros vehículos que estaban estacionados allí. Le dije a Sánchez Baret: “comenzó COÑO, COMENZÓ a matar a los periodistas”.

Al no escuchar más disparos, entendía que era una advertencia del secuestrador.

Entramos, y ya en el lugar estaban los propietarios de Radio Comercial, Rubén y Alberto Brea Gutiérrez y comenzaron a llegar más autoridades, el Procurador General de la República, doctor Caonabo Fernández Naranjo; el Jefe de la Policía, mayor general, Virgilio Payano Rojas, el Fiscal del Distrito  Nacional, (fiscal del pueblo), doctor Julio Ibarra Ríos, (nuestro profesor en la UASD), el Presidente de la Cámara de Diputados, licenciado Hatuey Decamps Jiménez, y el administrador de la Lotería Nacional, licenciado Fulgencio Espinal, entre otros, con quienes entré a la estación radial.

Mi decisión de ir inmediatamente al lugar del secuestro no fue equivocada, porque tenía dominio de la situación y sabía quién era el secuestrador, pero, además, conocía de la calidad y de qué era capaz Sánchez Pineda, si no se cumplían sus objetivos.

Luego, llegaron a la estación radial sus padres, José Pineda Reyes (Chin), primo de mi padre, Asunción Sánchez (Pununa), Carlos, Dilcia, Yunari, Thelma y Darío Sánchez Pineda, este último evangélico, casi pastor, hermanos del secuestrador.

Según narró el periodista secuestrado Rafael Polanco, Sánchez Pineda le entregó una soga roja al también colega Antolín Montas, de quien se decía y luego se comprobó, que era miembro de la Policía, cuya fuente cubría por decenas de años, por el Listín Diario y Noti-tiempo, pero que no le hacía maldad a nadie, me consta.

Con la soga roja, le ordenó al periodista Montás que amarrara a sus colegas, luego, ordenó mover los escritorios en los que laboraban con sus maquinillas cada periodista y les explicó que pusieran las gavetas hacia las paredes y que se sentaran en el piso, con Antolín de pie.

Según Polanco, el secuestrador le ordenaba llamar a la cabina de la emisora, a la locutora de turno, Norma Graveley, para que ésta le posibilitara abrir el micrófono y dirigirle un mensaje al país, dando cuenta de su acción y de sus exigencias.

Montás, dice el colega Polanco, también sirvió como interlocutor en las negociaciones con las autoridades, en busca de un desenlace pacífico.

Mi actuación en la emisora

Mientras se desarrollaban las conversaciones, afuera participábamos en los planes sobre cómo buscar un desenlace, rápido, pero con sangre, como querían las autoridades.

En esos movimientos, fuera de la Redacción, centro del secuestro, Sánchez Pineda, dice Polanco, se puso chivo y reclamó que buscaran la intervención de los obispos Juan Félix Pepén y Roque Adames Rodríguez, para evitar un baño de sangre, pero advirtió que su intención no era matar periodistas, a menos que no le dejaran otra alternativa.

En algún momento descubrí, desde el área exterior de la Redacción, que el coronel de la PN, francotirador, Nelson Rodríguez, quitaba uno de los plafones para ubicar a la víctima. Le vi una subametralladora en las manos, y armé un escándalo, lo que provocó la suspensión de esos planes. 

Le dije a los hijos de Brea Peña, Miguel y José Alberto Brea Gutiérrez, que no permitieran que corriera la sangre en la emisora, el primer año del gobierno del PRD.

Casualmente el presidente de la República, Antonio Guzmán, tenía previsto hacer un mensaje a través de Tribuna Democrática, órgano de difusión radial del PRD.

Escuché por la bocina interior de la emisora, al otro lado de la Redacción, cuando el secuestrador rechazaba que les pasaran jugo a los periodistas secuestrados.

Sin embargo, oí cuando pidió que le dieran un trago de alcohol y un jugo de naranja a él, pero además que le pusieran música de Julio Iglesias, en especial, su canción Caminito, Me Olvidé de Vivir, Por el Amor de una Mujer, Tropecé con la misma piedra y Voy a Perder la Cabeza por tu Amor, entre otras que le fueron complacidas.

Alcé la voz y dije, para que me escucharan: “bueno, está tranquilo el hombre”, todos me miraron, les dije: “yo lo conozco bien”. “¿Cómo así?”, dijo Hatuey, y lo saqué del grupo y le conté junto a Sánchez Baret todas mis relaciones familiares con el secuestrador en nuestro campo, la sección Santana, del municipio de Tamayo, y qué tanto lo conocía. “No te vayas, me dijo”, Hatuey.

Pero mi preocupación era que el secuestrador se emborrachara, que yo lo conocía cómo se transformaba y se ponía violento y peligroso.

En ese momento de alta tensión, las autoridades, por no derramar sangre, nos sorprendió un apagón energético, lo que provocó que el secuestrador hiciera un disparo con el revolver que portaba. Dice uno de los oficiales, “bueno, ahora le quedan menos tiros en la recámara del revólver”.

La situación en el interior de la emisora se puso tensa, muy tensa, y de inmediato, volvió la luz. A mi parecer, iban a disparar para matarlo, yo me puse chivo y en asecho de todos los que tenían armas en las manos y hacia dónde se movían dentro del local.

Narra Rafael Polanco que en medio del apagón, su secuestrador, muy nervioso, dijo que tenía una pistola, un revolver, granadas y explosivos. Yo estaba consciente que era mentira, era para infundir miedo, las autoridades sabían también que era mentira, que solo portaba el revolver en las manos.

Dice Polanco, que el apagón y el disparo le hicieron pensar que les había llegado la hora y que se desataría un desenlace cruento.

Era evidente que las autoridades se estaban desesperando, en la medida que se prolongaba el tiempo, sin solución viable.

Los secuestrados no sabían que al otro lado se daban las negociaciones con el grueso y la calidad de las autoridades que lo hacían.

Luego se trató de echarle un sedante dentro del jugo que pidió. Salté de improviso en el encuentro de negociación y les dije: “miren, si hacen eso, y él que es muy vivo, cuando sienta que se está mareando comenzará a matarlos uno a uno, pero ustedes son los que saben, pero yo lo conozco desde niño”.

“Bueno, también es verdad”, dijo un oficial que no reconocí.

Luego trataron de inyectarle, por un ducto del aire acondicionado, un líquido tóxico y lo descartaron, porque pondrían en peligro la vida del secuestrador, pero, además, las de los periodistas.

Entonces dije: “Señores, señores, permítanme entrar… cuando él me vea, no me va a disparar, yo lo conozco y me respeta, yo entro solo y lo desarmo con una oferta que él me planteó y que ustedes no conocen”. 

Las autoridades se pusieron más chivas. Aparté de nuevo a Hatuey y a Sánchez Baret y les expliqué lo de la llamada en la noche al periódico El Sol.

En ese lapso, se decidió, con la voz cantante de Hatuey, poner a su madre, Asunción Sánchez, (Pununa), a que en forma afligida, la entrenaron, que le pidiera a su hijo que se entregara sin hacer maldad a nadie. 

Pununa, su madre, la colocó Hatuey frente a la puerta de la Redacción, y cuando habló su madre: “Danilo, mi hijo, entrégate, que no te va a pasar nada”. Éste respondió airado: “mamá, mamá, quítese de ahí, que yo la mato”.

La retiraron, luego pusieron a su padre, José Pineda, (Chin), a implorarle, como padre, que se entregara. El padre dijo: “Danilo, mi hijo, entrégate”. La respuesta fue: “papá, papá, quítese de ahí, le voy a disparar, coñazo”.

Los retiraron, luego pusieron a Carlos, su hermano mayor, a que le dijera afligido lo mismo. Yo rechacé que pusieran a Carlos, su hermano mayor, ex militar, porque en la conversación telefónica con el secuestrador, me dijo que solo confiaba en mí, que lo llevara a la embajada de México, y que no buscara a Carlos, su hermano, “que es un calié, me quiere entregar”.

Pues, pese a mi observación, de que no pusieran a su hermano Carlos a que le hablara, cuando el secuestrador escuchó su voz frente a la puerta diciéndole: “Danilo, soy yo tú hermano Carlos…” no lo dejó completar el mensaje y le dijo: Mira calié, quítate de ahí que tú lo que quieres es entregarme para que me maten”.

Insistí con Hatuey que yo entraba, y me dijo: “eso no, no, no”, “pero yo le hablo y ustedes van a ver, por favor, póngame a hablarle”.

Hatuey me respondió: “Está bien, yo sé porque tú me has contado que tienes incidencia en él y te respeta… 

Entonces, Hatuey fue donde las autoridades y les dijo: “Está bien, miren, Melton tiene mucha ascendencia en este señor, son como hermanos, se criaron juntos, vamos a ponerlo a hablarle, a ver qué pasa”. Así se hizo.

Me llevaron frente a la puerta, y le dije: “Danilo, Danilo, Daniloooo”: ¿Quién es, ¿quién es?”, decía algo nervioso el secuestrador. Y entonces insistí: “soy yo Melton, tu primo, el hijo de Cornelio”, “ahhhh, sí, sí, dime, dime, dime, dime”, contestó.

Volví a hablarte: “Danilo, mira, ¿qué tú quieres, tú quieres irte para México? -“Sí, sí, sí, sí, lo que tú digas yo hago”, me dijo: “está bien, lo que tú digas”.

“Pero mira, tienes que esperar por lo menos tres horas, porque hay que buscar a tus hijos, que están en Yamasá, sacarles los pasaportes para que se puedan ir contigo a México, ok”, le dije, y respondió: “sí, está bien, como tú digas”.

En este transcurso de las negociaciones, a los 15 minutos, vino una orden del Palacio Nacional: “que dijo el presidente Guzmán que terminen esa situación cuanto antes”. La orden la dio en público el entonces jefe de la Policía Nacional Virgilio Payano Rojas.

Ahí se rompieron las negociaciones con el secuestrador.

Se planeó en nuestra presencia que el coronel Nelson Rodríguez, PN, le disparara y le rompiera la muñeca donde portaba el revólver calibre 38, cañón corto, la misma arma que horas antes le había quitado a un cabo de la Policía.

El oficial, subido en una silla, quitó sin hacer ruido el plafón del techo y luego bajó decepcionado, y dijo: “¡coooooñoo! ahora, el maldito subió el brazo, pero está bien, vamos a romperle un tobillo”, dijo el oficial, francotirador.

“Ok, dijeron todos”.

Al contar tres, un grupo de policías, encabezados por el más gordo, que era subdirector del Departamento Nacional de Investigaciones (DNI), coronel Roberto Gobaira, quien pesaba más de 350 libras y unos seis pies de estatura, encabezaría el grupo en fila y al conteo de tres, escuchar el disparo, romper la puerta y entrar. Eso se acordó en mi presencia con lo que estuve de acuerdo.

Luego de esa orden y rotas las negociaciones pacíficas con el secuestrador, se dispuso que salieran o que sacaran a todos los familiares, “por órdenes superiores”.

Sacaron los padres, los hermanos y todos los familiares, el coronel PN, Benito Mención Leonardo, quien laboraba en Interior y Policía con su titular, el licenciado Vicente Sánchez Baret, nos pregunta: “¿y tú, eres familia, sal?”, le dije: “ven, sácame tú, ven sácame, yo no voy a salir”.

Vicente, que escuchó el altercado con el oficial que era su asistente, dijo: “no, no, déjenme a Melton aquí al lado mío, pero usted ve que él es una pieza clave en esto, tranquilo Benito”. 

 Así se hizo, se colocaron en fila, con el coronel Gobaira, a la cabeza, contaron: “UNO, DOS Y TRES: TAN, sonó  el disparo, empujaron y rompieron el pestillo y el llavín de la puerta, el secuestrador, hombre hábil, quedó atrapado entre la pared y la puerta: TAN, logró disparar con su arma y herir en  el hombro izquierdo al coronel Gobaira.

Escuché, porque hasta chispas de sangre me salpicaron la camisa, “estoy herido, me hirió”, boceaba el alto oficial y también escuché a unos policías decir: “lo tengo, lo tengo aquí, lo tengo”, mientras en la confusión se llevaban al subdirector del  DNI herido a una ambulancia al hospital de las Fuerzas Armadas.

La multitud que pedía la cabeza del secuestrador le cayó detrás al vehículo de la PN donde metieron al secuestrador, pidiendo que lo mataran y ahí concluyó el drama.

Melton Pineda
Melton Pineda
Periodista
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