jueves, abril 25, 2024

 El loco la amasa, pero… hasta ahí

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Parque Memorial de la paz en Hiroshima 

Por Alfonso Tejeda

La incertidumbre de que el paroxismo, resultante ante la falta de seguridad, sea para conseguir lo pretendido o para "validar" prepotentes demostraciones de hinchados egos, esos que parecen apuntalar la certeza de una inquietante temeridad nutrida por paralizantes experiencias como las de Hiroshima y Nagasaki, en Japón, hace 78 años, en este aquí y ahora se confrontan con la certidumbre de que "el loco la amasa, pero no se la come" (su mierda), tal como afirma el refrán.

Acción "exploratoria" aquella, desparramó desde sus letales racimos la muerte inmediata de más de 200 mil japoneses, la atrofia de varias generaciones, y trajo también otras muchas consecuencias, entre ellas el fin de la Segunda Guerra Mundial (última hasta ahora), la creación de las Naciones Unidas y el pronunciamiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el movimiento pacifista y la cautela suficiente y necesaria para evitar su posible repetición, tal como resultó durante "La crisis de los misiles", en Cuba, de 1962.

Probable es que para quienes consideran sus efervescentes incertidumbres, Chernóbil, en 1986, por su imprudente manejo pudiera apuntalar esos dolores y temores recogidos en "Las voces de Chernóbil", ese monumental libro de Svetlana Alexeivich, tal como lo hiciera en "Hiroshima" John Hersey, textos ambos que deben disuadir, aunque no tengan "los likes" que viralizan los memes al amparo de la Barbenheimer, la que vanaliza la tragedia.

El error de Chernóbil, o una similar decisión a la dispuesta por Truman -el presidente estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial- pudiera repetirse, lamentablemente, pero el pertinente y eficaz cuido en el manejo del arsenal y la "expectativa" de que hasta más del 70 por ciento de la población global sucumba por los efectos de un desastre nuclear, constituye el más férreo valladar ante un despropósito semejante.

En batey 6, en mis años de pantalones cortos, había entonces una infeliz mujer perdida en su mundo interior, que desde el encierro físico al que la redujeron, algunos insensatos descartaban que fuera "loca", porque ella lanzaba sus excrementos a su alrededor, y los insensibles descreídos, estimaban que tenía que consumirlos si en verdad tenía problemas mentales, esos que decía tener el diputado preso en Miami, quien degustó los suyos en un intento por demostrar una supuesta condición que los estudios psiquiátricos desmintieron, y ahora debe enfrentarse a la justicia.

Amarro esos recuerdos con las imágenes que allá en Hiroshima, en el monumento que recuerda la acción del bombardero Enola Gay, ajenos a aquel acontecimiento, Lucas y Leila – mis nietos- que corretean por esa plaza, son atracción de algunos visitantes, extrañados por las texturas de sus cabellos crespos él, y su kerly, ella; sonrisas y gozos que derrotarán a esos que se hacen locos, pero que no lo son, porque solo la amasan.

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