Por Federico Pinales
Cuando el general José Pimentel Deschamps, amigo de infancia de Trujillo, era gobernador civil de la provincia de San Cristóbal, en el año 1935, la primera generación de los Pinales nacidos en esa provincia, eran agricultores y ganaderos prósperos, dueños de la mayor parte de los terrenos fértiles de las márgenes oriental y occidental del río Nizao, en la zona que hoy ocupa el embalse de la Presa de Valdesia y en ese tiempo los componían dos secciones con más de 20 parajes.
Las secciones eran El Limón y Valdesia y entre los parajes figuraban Humachón, Mucha Agua, La Hicotea, Bartolo, Los Magueyitos, Las cuchillas y el Pozo; esto era del lado de San Cristóbal, en la margen oriental del río Nizao.
En la parte Oeste estaba la sección de Valdesia con los parajes de El Montazo, El Totoñoso, Caminero, Las Lagunas, Arrollo Blanco, La Cubana, Los Ramones, Las Bejuqueras, el Ermitaño y las Dos Veredas.
La mayoría de las comunidades de Valdesia estaban ubicadas en las zonas montañosas dedicadas a la producción de café, en algunas de las cuales los Pinales tenía una destacada presencia, especialmente en Los Ramones.
Para 1935, El Limón y Valdesia no tenían carretera y José Pimentel poseía una finca en el paraje El Totoño de Valdesia, a la que se iba a lomo de mulos y caballos, según el relato de mis antecesores.
Por esa razón, él le propuso a Trujillo apropiarse de los terrenos llanos de ambas secciones para hacer dos haciendas, a cada lado del río, y así justificar la construcción de una carretera de acceso a ambas fincas y a la del propio José Pimentel.
A Trujillo le pareció brillante la idea y en el año 1937 ordenó el desalojo de Joaquín Pinales, mi bisabuelo, sus 10 hijos adultos casados y con propiedades independientes; sus hermanos, sobrinos y primos. A todos les quitaron un total de 9,500 tareas de tierras fértiles.
A Joaquín Pinales, el más perjudicado de todos, solo le dieron $60.00 pesos y lo enviaron a la Estancia Ramfis de Cambita, donde murió al poco tiempo de “precundía” (estado de profunda tristeza, melancolía y depresión).
Los hijos sobrevivieron refugiándose en las zonas montañosas circundantes y en un pedazo de tierra que mi abuelo materno Ramón de Los Santos le regaló a las señora Niní Romero, viuda de Joaquín Pinales, y esta a su vez donó un solar a cada uno de los hijos y construyó una iglesia católica dentro de la misma vecindad, para evangelizar a todos sus descendientes, los cuales se multiplicaron hasta formar un pueblo entre las familias Pinales y De Los Santos, alrededor de los terrenos que una vez fueron suyos y ahora alimentaban a las vacas de Trujillo.
El Karma no duró mucho en pasarle factura al dictador. Las vacas se les empezaron a morir de “guaguana”, una enfermedad que derrenga al ganado vacuno, impidiéndole caminar.
Debido a las grandes pérdidas que le provocó la situación, Trujillo primero pasó las dos haciendas al Banco Agrícola y luego se las vendió a los coroneles Juan Fernández y a Miguel Ángel Díaz Báez. El primero murió antes que Trujillo y el segundo participó en el ajusticiamiento del tirano.
Partiendo de este ejemplo palpable y demostrable, porque afectó a todos mis ancestros, podríamos imaginarnos entonces cómo fue que Trujillo acumuló tantos miles de tareas de terrenos fértiles en toda la provincia de San Cristóbal, hasta convertirla en la más grande de todo el país y con más haciendas personales, impidiendo el crecimiento poblacional de la ciudad cabecera, durante todo su mandato presidencial.
Mientras Joaquín Pinales murió a destiempo de “precundía” en la Estancia Ramfis en Cambita, provocado por el despojo criminal del dictador, instigado por José Pimentel, este murió de vejez tranquilamente en su residencia de la Avenida Constitución de San Cristóbal, ubicada frente a la Gobernación provincial, en la cual lo conocí, siempre sentado en su galería, recordando sus mejores tiempos.
Fue enterrado cristianamente en el cementerio de Sainaguá, según supe.
En los años 70, uno de sus hijos, también nombrado José Pimentel, alto oficial de la Policía Nacional, llegó a ser comandante policial de Haina, donde se granjeó el respeto de la comunidad por el profesionalismo con que ejerció sus funciones.
Salió de Haina siendo capitán y como los hijos no son necesariamente responsables de las acciones de sus padres, los Pinales de Haina nunca le pasamos factura por la complicidad de su papá con las acciones de Trujillo en contra de nuestros ancestros, especialmente Joaquín Pinales, mi bisabuelo; padre de Manuel Pinales y abuelo de Juan Pinales, mi padre, con quién tuve una relación de íntima confianza y quien nunca quiso saber de Trujillo ni de Balaguer, por el dolor que les causaron, no solo con el desalojo del 1937, sino también por el segundo desalojo practicado por el gobierno de Balaguer en el año 1976 para dar paso al embalse de la presa de Valdesia. Por la forma irresponsable, invasiva e injusta como se hizo.





