domingo, mayo 26, 2024

El drama de Salman Rushdie y la intolerancia moderna

Por Eloy Alberto Tejera 

Leí hace mucho tiempo cuando vivía en Nueva York, cuando la diáspora era mi espiritual asentamiento, una entrevista a un escritor que había perdido manos y pies en circunstancias muy trágicas. Aseguraba dicho autor, no sin un sesgo de ironía (elemento que si no salva, por lo menos nos pone el salvavidas frente a las narices) que ahora sí podía hablar de lo que era la Nada, que anteriormente lo hacía, pero que el término en ese entonces estaba atravesado por lo falso y la retórica. 

Decía que “ahora” cuando intentaba alzar eso donde estaban las manos, cuando desesperadamente en la madrugada  movía aquellos muñones donde antes gobernaban las piernas, creyendo que ahí permanecían, ahí entendía el término Nada, ahí se evidenciaba que la realidad no puede ser superada ni trasplantada por meras palabras. 

Se mofaba entonces de cómo los poetas y algunos existencialistas de cartón y artistas que presumen de malditos, utilizan esas palabras, cómo quieren darle el tinte de dramatismo que no tienen ni por asomo. Nada. Nada. Cuando ni manos ni pies están, cuando algo ha quedado irremisiblemente destrozado. 

Evoco esta situación cuando hoy me topo con las declaraciones del editor de Salman Rushdie, el autor de Los versos satánicos, publicado en el 1989, cuando ya se arañaba la década de los 90. 

A Rushdie desde el año 1989 la vida se le tornó azarosa. La existencia en un perpetuo martirio. Vivía escondido, vida que nadie desea. El ayatola Jomeini se había encargado de colocarle la espada de Damocles tan horrorosa como campos sembrados de bombas, y donde quiera que él fuese sabía que pudiese estar pendiendo aviesamente para saldar cuentas pendientes con el fanatismo religioso. Tenía siempre detrás un guardaespaldas. Era su sombra. Cada paso que daba era escrupulosamente vigilado para que no fuesen a hacerle daño, el daño que finalmente se le hizo. 

Salman quedará con daños permanentes en un ojo, y no podrá mover una mano. Quiere esto decir que su relación con el espejo se modificará sustancialmente. Cada vez que se mire frente al espejo evocará ese monstruo de infinitas cabezas que es el odio, pero también cuando quiera  tocar o alcanzar algo, desde ese instante cierta inutilidad le recordará el ataque atroz que sufrió y que modificó su vida. 

El autor que escribe novelas e historias se convirtió así en el protagonista de un episodio que ni en las más cruentas de sus novelas podía imaginar o prever. La realidad no sustituye ni supera a la fantasía, solamente recuerda que en ocasiones puede convertirse en algo más feo, grotesco. 

Antes del primer atentado al World Trade Center y luego del derribamiento de las Torres Gemelas, se podía pensar que atentados terroristas en plazas y lugares públicos solo ocurrían en otros lugares, y que Nueva York era un lugar que estaba a salvo de ese horror que a diario estremece a otras naciones. 

Con el hecho sucedido en Nueva York a Salman en Nueva York, simplemente viene a ratificarse que la violencia es un hecho a escala global, y que nadie escapa totalmente a ella.  

El odio tiene más persistencia que el amor. Duele decirlo, pero es la realidad. Aparentemente se vale de todos los subterfugios, como una bacteria maldita para permanecer viva, para estar al acecho de manera oscura, y en el momento menos esperado, zas, viene y en el cuerpo ajeno cobra cuentas. 

Veinte y cuatro años tiene el atacante. Quiere esto decir que ni estaba nacido cuando Rushdie escribió los versos ni cuando se dictó sentencia en el tribunal del fanatismo, presidido por un orate que no conocía el perdón ni el olvido. 

Repito, el odio pasa fronteras, el odio no tiene, lamentablemente fecha de caducidad como todos los alimentos; tiene la capacidad para renovar su capacidad y su estadía en los seres que alojan los genes más oscuros. Salman Rushdie lo sabrá y recordará más que nadie cada vez que vaya a mirar en el espejo, cada vez que trate de darle un abrazo a alguien, o simplemente volver a teclear en su computadora, para en la ficción, reencontrarse, o perderse. 

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