jueves, abril 25, 2024

El día que Hilson ordenó fusilarme

Por Emiliano Reyes Espejo

[email protected]

-“Yo dormía sobre un colchón de armas y no sabía nada”, me reveló mi hermano 50 años después del hecho. “Espejito”, como se le conoce en Vicente, donde fue un síndico emblemático, ofreció el relato durante una conversación que sostuvimos después de un responso realizado a la memoria de su hijo Bernardo, conocido como El Mello, quien murió de una afección cardíaca.

El encuentro y ceremonia religiosa se realizó en el sector de Invivienda. Allí nos conglomeramos los familiares, amistades y vecinos.

“No sabía que debajo de mi colchón donde dormía todas las noches se guardaban armas de diferentes calibres”, dijo Espejito –un ex soldado del ejército, exagente policial y combatiente constitucionalista, ante la expectante atención de quienes los escuchamos.

 – “Me enteré un día que los muchachos fueron a buscar la cosa”.

 -“Hilson que le mande las herramientas”, dijeron. Pero yo no sabía a qué se referían”, comentó Espejito.

Tina, la esposa de Espejito, intervino rápidamente para aclarar a qué herramientas se referían los jóvenes. Explicó que Hilson, guerrillero urbano que operaba en la zona, había dejado unas armas en su casa para que se las guardara y que ella no encontraba donde ponerlas y las colocó debajo del colchón de la cama.

Hilson y Tina eran amigos entrañables. Tan grande era esa amistad que por momentos parecía una relación entre camaradas de una misma línea política. Y eso era extraño, debido a que ella era una fiel militante del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y él un feroz cuadro de la izquierda revolucionaria. 

Hilson era tan radical en su convicción política que propugnó abierta y decididamente por el derrocamiento por las armas del régimen del presidente Joaquín Balaguer.

Espejito, pese a que conocía de esos contubernios, no esperó nunca que llegara al punto de que su mujer optara por guardar armas debajo del colchón de su cama matrimonial. Decenas de preguntas pasaron fugaces por su cabeza. ¿Y si la policía nos allanaba? ¿Y si uno de mis hijos, todavía pequeños, encontraba esas armas ahí y se ponía a inventar? Pero gracias a Dios no nunca pasó nada, y Hilson decidió trasladarlas a otro lugar.

Una noche, estando sentados en un banco del parque, jóvenes que simpatizábamos con los movimientos progresistas, nos deleitamos escuchando música de vellonera que era puesta por paga en el Bar Tamayo, entonces propiedad de Renatico Arias. Oíamos canciones que nos llegaban al alma, interpretadas por clásicos de la música romántica como Chucho Avellanet, Gilberto Monroy y Marco Antonio Muñiz, entre otros inolvidables intérpretes.

Para contraste, detrás de nosotros, se escuchaban los cánticos de la misa de la Iglesia Católica, ubicada justo al lado del banco del parque donde estábamos Niño Palola, Ramoncito, Papo y otros que estábamos allí, más que por vocación revolucionaria, porque no teníamos dinero para entrar a gastar en bebidas y llevar las noviecitas al bar de Renatico.

Eran tiempos difíciles

Habíamos hecho “un serrucho”, es decir, reunimos unos chelitos para comprar una botella de ron barato. A Ramoncito se le ocurrió destapar la botella y echar en el piso el llamado “trago de los muertos”. Casi furioso, Niño le quitó la botella a Ramoncito y entre lamentos, como cosa de muchacho le dijo:

-“No, no hagas eso, como tú desperdicias un trago dizque para los muertos”. –“Los muertos no han puesto un chele para comprar este ron, ¿tú estás loco?”. 

En un raro arranque Niño se inclinó para intentar recoger con la boca el trago que cayó en el piso. Eso fue un motivo de risas, cherchas y expresiones propias de gentes de nuestras edades.

Cuando no bien nos habíamos bebido el primer trago, un “camión de volteos” de esos que se usan para cargar arena, se detuvo de golpe frente a nosotros y del mismo se lanzó un grupo de hombres armados y vestidos de militares. Fue una operación tan rápida. No nos dio tiempo a ninguno a salir corriendo. Permanecimos tranquilos.

Uno de los hombres se abalanzó sobre mí y me encañonó, a la vez que expresaba en tono enfático:

-“Este es el hombre, este es el hombre, agárrenlos”. Aunque nos invadió el miedo, el temor de ser apresados por una patrulla militar, la voz que insistía en que me agarraran me resultó familiar y en eso giré la cabeza, disimulé la aprehensión y vi a Hilson, la cara de Hilson, ataviado de ropa militar. Me tranquilicé un poco.

Con frecuencia, patrullas militares realizan operativos en la zona. Llegaban de noche a los parques, bares, cafeterías y amedrentaban a los jóvenes, a veces incluso los apresaban y golpeaban. Esta vez creímos que se trataba de una de esas patrullas, pero no, “eran los muchachos” armados que nos jugaban una broma.

Eran “comandos armados” que Hilson operaba en comunidades del Sur para promover la revolución. Esa noche el comando había realizado un operativo en una fábrica clandestina de bebida casera que era llamado “ron triculí”. Habían desatado por su cuenta una guerra a los vicios que afectaban a la juventud. Alegaron que la producción de ese ron dañaba a los jóvenes y que las erradicarán aplicando la justicia de la revolución.

Parte de la producción de ron triculí fue incautado por el “comando de Hilson”.  Prendieron fuego a los rústicos destiladores de alcohol artesanal que había en el lugar. La situación causó explosiones que se escucharon en las cercanías. La destilería ilegal estaba ubicada entre platanales en la carretera que conduce a la comunidad de Uvilla.

Sendas de botellas de triculí nos fueron dejadas por el grupo de Hilson, lo que causó gran alegría a Niño que era el más inclinado por las bebidas, práctica que abandonó para dedicarse de todo corazón a la vida evangélica, tras su bien merecido arrepentimiento.

Los operativos de este comando siguieron ocurriendo en la zona. La situación llegó a producir contradicciones entre estos grupos, ya que mientras unos hacían hincapié en la lucha política, cultural y social (protestas estudiantiles, grupos culturales y acercamiento a productores agrícolas), los otros insistían en acciones armadas.

En una oportunidad nos tocó coordinar acciones políticas con militantes del grupo de Hilson. Me desempeñaba mayormente como dirigente de la Unión Nacional de Estudiantes Revolucionarios (UNER). Se prepararon las protestas que incluía el movimiento estudiantil de Tamayo y Vicente Noble, pero en eso yo enfermé y no pude hacer las coordinaciones de lugar. La actividad tuvo que ser abortada.

Ordena que me fusilen

Cuando Hilson evaluó la causa del fracaso de aquella acción, concluyó que había sido por mi culpa. ¿La razón?, no impulsé la movilización estudiantil en Tamayo, que debió ser la chispa de las demás actividades. 

Sin mucho preámbulo, éste decidió que debían fusilarme para dar un ejemplo de disciplina revolucionaria. Tina, mi cuñada, esposa de Espejito, mi hermano, escuchó atónita aquella drástica decisión, pero no pudo hacer nada.

Desde que llegó a su casa, habló con su esposo y le dijo lo que ocurría. –“Ve a Tamayo y dile a tu hermano que se cuide que Hilson está hablando de que lo van a fusilar”.

Espejito reaccionó airado:

 -¿Qué van a qué, pero Hilson está loco?

–“Si mata mi hermano tiene que vérsela conmigo. Qué él se cree, es mi sangre, esto no es cuestión de revolución, es a mi hermano que él dice que va a fusilar”. – “Que se atreva, que se atreva”.

Espejito se enganchó un revólver ilegal que conservó de su paso por la policía y mantenía oculto en un rincón de su casa. Salió para donde nuestro padre en Tamayo y desde que llegó preguntó por mí, le dijeron que estaba en cama enfermo desde hacía varios días. Entró, me vio y me preguntó cómo me sentía. No estaba muy bien y las fiebres no cedían ni con los tes y ni las oraciones que me hacían mis padres. Habían decidido trasladarme a Barahona para que me viera un médico.

Habló poco con mis padres, se retiró sin decir nada y regresó a Vicente Noble. Allí se reunió con Hilson, explicó a éste lo delicada que estaba mi salud. Le advirtió, no obstante, que si intentaba tocarme se las vería con él de “hombre a hombre”.

Hilson era un joven fornido con entrenamiento en prácticas guerrilleras. Entre los pobladores se corrió la leyenda que él era un campesino casi iletrado que fue reclutado por un partido de izquierda que lo envió a Cuba, donde no solo se preparó ideológica e intelectualmente, sino también en acciones de comando.

Cuando Espejito lo encaró, hizo mutis y ni reaccionó, se retiró del lugar sin expresar ni media palabra. Mi hermano esperó que reaccionara y como ex militar estuvo listo para usar su revólver. Pero Hilson se apareció en mi casa, preguntó a mis padres por mi salud, entró a verme, conversó conmigo un rato y se marchó. Había hecho promesa de ayudar para que me llevaran al médico, pero no fue necesario. Los tes y las oraciones terminaron haciendo su labor.

No hace mucho fue que me enteré de que se me había barajado para un fusilamiento. La cuñada Tina, haciendo recuentos de los viejos tiempos mientras yo la visitaba en su casa y de mi hermano, me contó todo sobre aquella decisión. Quedé atónito. En esa época realmente eso pudo suceder.

Hilson desapareció

Hilson y yo hicimos después una gran amistad, a tal punto que llegó a regalarme algunos de sus libros, incluyendo un voluminoso “Manual de Marxismo-Leninismo”, el cual conservé por muchos años.

Luego, Hilson tuvo que abandonar Vicente Noble. Era objeto de una tenaz persecución de los servicios de seguridad del gobierno y me cuentan que fue visto varias veces en el Distrito Nacional, 

Después desapareció y “hasta el sol de hoy”. Dicen que fue capturado en el Parque Enriquillo de la avenida Duarte por el servicio de inteligencia del gobierno de Joaquín Balaguer.

La familia creía que el partido que lo envió a Cuba, lo había reclutado de nuevo para enviarlo a combatir en la guerra de Angola. Pero todo ha quedado en una nebulosa. Parece que él llegó a plantearse la posibilidad de salir a pelear en el extranjero.

Este hombre soñador y aguerrido, un prototipo de guerrillero urbano, pero en el lugar equivocado, se esfumó de la faz de la tierra. Dejó una hija en la orfandad.

*El autor es periodista.

Emiliano Reyes
Emiliano Reyes
Nace en Tamayo, se traslada a Santo Domingo y estudia comunicación social en la UASD. Ha laborado en instituciones públicas y privadas. Realizó cursos de capacitación en Washington, Venezuela, Cuba y en el país. Ha sido reportero en Radio Televisión Dominicana (CERTV) Radio Mil, Radio Popular, La Noticia, El Siglo y Listín Diario. También, laboró en las Secretarías de Agricultura, Salud Pública y Cultura; IDSS, INESPRE, INDOTEC-Banco Central, Banco Agrícola e INDOTEL. Ha sido director y encargado de Prensa, Relaciones Públicas en IDSS, INDOTEC (IIBI), Cultura e INDOTEL, donde labora actualmente. Ha sido Coordinador Administrativo en BCRD, reconocido Empleado del Año y Empleado con más horas extras trabajadas (INDOTEC-BCRD). Ha publicado en La Noticia, El Nacional y El Día.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

spot_img

Las más leídas

spot_img

Articulos relacionados