lunes, abril 22, 2024

El abandono de la crónica 

Por Eloy Alberto Tejera 

         Entro a la casa. Mi compañera está en la cocina, y sigue los pormenores de una serie o novela donde los personajes son básicamente asiáticos. Le digo un hola, cariñoso, aunque con una cola de cansancio, y ella riposta al preguntarme cómo me ha ido hoy, pero sin quitar la vista de la pantalla y hasta en un tono que me suena “medio chino”. Luego, miro hacia mi hija de tres años, quien aún no ha gritado como de costumbre: “Papi”, “Papi”, sino que sus pequeñitos ojos siguen atentos a quién sabe qué muñequitos o programa infantil que ve en un teléfono móvil.   

A unos pocos pasos, en el mismo mueble, está su hermanita. (La cual le lleva algunos años y muchas mañas y sabidurías infantiles añadidas). Su atención está copada en la tableta.  Por las imágenes, subyugada, indudablemente. De las tres, es la más ensimismada, pero por lo menos alcanza a decir mi nombre, alarga un poco más el teatro de mi soledad y para que mi decepción de la poca atención no llegue a la más borrascosa de las cumbres: ¡Hola, Eloy!  

Esto pasa con frecuencia por doquier. Y yo no soy el “único desafortunado” de que cuando llega a casa a veces no ser el que concita de inmediato una atención unánime de mis seres queridos. Lo visual, la pantalla ha pasado a ser el centro de la vida moderna, no hay cosa con mayor magia que ésta para el hipnotizado público.   

El mundo se ha vuelto un acontecimiento visual y los ciudadanos somos los ilustres vasallos que extenuamos gustosamente nuestros ojos.  La pantalla es una diosa y nosotros somos los vasallos.  

Los anteriores ejemplos son una leve referencia, y es una lástima que una parte significativa del periodismo local no se haya dado cuenta de que para competir en él hay que volver a echar mano a la imaginación, y en consecuencia a la crónica, a ese reportaje de fondo, que matices distintos aporta.  A las palabras hay que darles el valor que siempre tienen y tuvieron, a las palabras hay que colocarlas en el centro del hecho, conferirles de la astucia que de por sí cargan: captar la atención del ser humano, hacerlos un enamorado de cada sílaba que van leyendo, un esclavo de cada frase.   

Se parte de un error y de una sentencia (apreciación que siempre concluye seca, patéticamente sin músculo), cuando se afirma que una imagen dice o vale más que mil palabras. Mas que una palabra no dice nada. En la palabra agua no caben millones de imágenes reproduciendo océanos.  

Un simple escarceo por los periódicos dominicanos nos ofrece la triste realidad de que estos se han convertido en meros reproductores de noticias, de declaraciones y expresiones harto aburridas, provenientes de funcionarios, personajes.  Los medios van a la misma rueda de prensa, le colocan el micrófono y la cámara al mismo personaje y reproducen y multiplican mecánicamente lo mismo que él dijo. Es el “striptease” ridículo de lo mismo. La amplificación bastarda y absurda de un hecho al que no se le agrega nada. Es la estafa del siglo: La venta de un producto similar al de la competencia, al que no se le pone un adicional atractivo, y del cual se pregonan calidades que no tiene. Es una masificación repetitiva de lo expresado por el protagonista de la noticia.   

Entonces, qué de atractivo puede tener ponerse a leer un hecho que ya hemos escuchado varias veces en la radio, que ya la televisión ha repetido múltiples veces, que ha sido expandido en las redes: Facebook, Instagram, WhatsApp, y que está escrito de la misma manera en cientos de medios. Ninguno, hay que repetir de manera categórica.  

¿Qué me ofrece como lector un medio donde leo la misma noticia con variaciones de un dijo colocado allí en vez de un señaló o agregó, o manifestó? ¿Qué me está vendiendo un diario cuando hasta la forma de titular es un remedo de otro diario?  

Un hecho ocurre y es repetido cientos de veces por cientos de medios visuales. ¿Cómo es posible que la prensa escrita trate de entregar el mismo hecho sin agregar o enriquecer, además de que cientos de periódicos también dan la misma cobertura del hecho? 

Eso se constituye, repito, una estafa. Y varios especialistas han alertado de ello. De forma palmaria hay que llamarle de ese modo. Cuando un periódico repite lo que otros ya han publicado y de la misma manera, está vendiendo el mismo producto al lector, al comprador de historias y palabras. El pecado que sintetiza esto es el siguiente: el abandono de la crónica.  

La crónica, el reportaje de fondo, permite la reinvención del hecho, el mirarlo desde otro ángulo, el abordarlo de un modo más enriquecido, o, mejor dicho, extremadamente atractivo.  

Los medios escritos, quienes han abandonado, o echado de lado, marginado un género tan rico como la crónica, deben procurar desesperadamente volver a ella. El mundo está bañado y arropado de imágenes, pero de imaginación está escaso.  

La vuelta al hombre común, a la crónica 

La épica del hombre común no está en los medios. El ser humano de a pie está invisibilizado en los medios. Los periodistas tienen que entender que el hombre común, quien está a lenguas de ser héroe o personalidad trascendente, tiene qué contar y que cuenta con suficiente atractivo para que su vida, repleta de matices y malabares, interese a los lectores. 

¿Por qué no empezar a visualizar al que fracasa? ¿Por qué dejar de hacer solo apología del que se ha convertido en héroe de la noche a la mañana, al que triunfa? Cuando el periodista descubra la importancia y el atractivo que tienen el ponerse al lado del fracasado o la fracasada, en enrumbarse a contar su historia, sabrá qué atractivo tienen estos seres humanos. 

El héroe es una categoría mitológica, y nosotros nos vemos entre seres humanos que no tienen poderes mágicos. Hollywood ha echado mano del influjo para crear una saga de personajes mágicos, pero el verdadero periodista no debe seguir este derrotero: su personaje principal es el que zozobra, su objetivo esencial es entonces visibilizar las maniobras y peripecias que éste padece. 

La crónica debe servir para contar la historia del que cae, la semblanza es a la que debe recurrir el que quiere contar quien ha llegado a la cumbre, quien del escenario y las luces ha hecho su hábitat permanente. 

El periodista debe constituirse en el historiador de aquellos que no tienen posibilidad de aparecer en la historia, de aquellos seres olvidados y que se los traga y hace desaparecer la rueda de la vida, esa que aplasta y que manda únicamente al sufrimiento y al olvido. 

En los recoge basura, en los drogadictos, en el hombre que religiosamente de 8 a 5 hace su periplo vital a la oficina para sobrevivir al mar de facturas, en el que boxeaba pero que no llegó a colocarse el cinturón y que hoy es portero, en el que nos extiende la mano sucia a la salida de un lujoso establecimiento, en la mujer curtida por el sol y con un niño sobre el pecho cuya mirada infantil destroza el alma, están, para poner ejemplos, innumerables historias. 

Los artistas, los prominentes políticos, tienen una caterva de periodistas pidiéndoles o rogándoles por entrevistas, todos quieren tenerlos de frente, todos les ofrecen, cámara, flash, micrófonos, primeras planas.  

Y cuando el político, el presidente, el gran artista, tienen la cámara de frente, no sale la declaración sincera, surge la pose, la declaración falseada, pensada. En cambio, al hombre y la mujer de la calle, tenemos la posibilidad de tenerlos en crudo, tal y como son, sin pretender el maquillaje, sin hacer uso de la simulación para desdibujarse, sin el ocultamiento de sus miserias humanas. 

Volver al fracasado es un imperativo. Tener la meta de visibilizar a quien no es héroe no es una tarea fácil. Hasta el momento se ha establecido en la siquis de que la narrativa que debe aparecer en los libros de historia y en la prensa es la del que triunfa, que la del vencido o derrotado no interesa a nadie. 

“La historia que quiero contar es la que sé que, si no lo hago yo, no la va a ser nadie”, expresa el periodista Gay Talese. Es mi norte en el periodismo, y el que cada vez que puedo trato de realizar cual norma periodística. Volver a la crónica, volver a la crónica, es la idea que propongo. 

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