Demasiado apretados

Cuentan que en aquellos tiempos las Fiestas Patronales eran otra cosa. No habían discolight, no llevaban tarimas, no había patrocinios de bebidas alcohólicas, ni orquestas, ni cantantes, ni “macuteos policiales”, ni drogas, ni tiroteos. En cambio, esos días, que tenían asignados sus santos o santas patronas, se convertían en la temporada más alegres y divertidas del año en las comunidades.
Quizás estas celebraciones eran superadas por las festividades navideñas, porque la Semana Santa, tampoco eran lo que son ahora. Más bien se vivían tiempos de recogimiento y reflexión.
Pero las Patronales que le tocó vivir a Eduviges, de todos modos, eran muy distintas a las actuales. Aunque la Iglesia Católica preparaba una semana de actividades cristianas, los muchachos organizados en clubes culturales y deportivos se encargaban de darle ese colorido especial. Buscaban intercambios deportivos con otros pueblos, traían conjuntos típicos o tocadores de Palos del Espíritu Santo y lo más lindo, llegaban hasta sus comunidades los pobladores que, por uno u otros motivos, se habían marchado en busca de nuevos horizontes.
En una de esas fiestas fue que llegó Altagracita llena de alegría para juntarse con su familia y celebrar la convocatoria. Era tiempo de estrenar ropas, arreglarse el pelo y llevar regalos a los hermanitos más pequeños, dejados en el viejo hogar. También los padres y hasta los abuelos recibían lo suyo…en fin, era alegría colectiva.
“Mamá, le traje un regalo que le va a encantar”, le dijo Altagracita a su abuela Eduviges, al momento de sacar de su caja unos lindos zapatos negros.
La doña saltó de alegría y solo atinó a abrazarla y decirle: “Ay mi nieta, cuánto te lo agradezco, yo quería unos zapatos así mismo, de charol, y con ellos iré a la procesión de mañana sábado”.
Esa tarde fue toda emoción y brindis en la pequeña casita donde residían los padres y abuelos de Altagracita, que incluso le habían guardado algo de cenar, pues siempre que ella iba a su pueblito, lo hacía en las noches, no sólo por la gran distancia desde la Capital, sino por lo tortuoso del camino.
Cuando llegó el sábado, día de la procesión, todo el mundo se puso su mejor ropa. No eran expertas en el uso de maquillaje, pero por lo menos las mujeres tenían que ponerse “un poco de polvo en la cara y su pintalabios, si era rojo, mucho más lindo. Los hombres, la formalidad de su ropa y a quienes les gustaba, traían su elegante sombrero.
Inició la caminata y Altagracita comenzó a extrañar a su abuela que no había llegado. Preocupada salió para la casa para averiguar qué estaba pasando y se sorprendió cuando vio la cara de tristeza de Eduviges.
“¿Qué te pasa abuela?”, le preguntó al verla sentada en su mecedora con el rostro compungido.
“Te estamos esperando en la procesión”, le dijo. “Sí, yo quería ir, pero me compraste esos zapatos muy pequeños, apretados, que casi no puedo caminar”, le respondió a su nieta.
Altagracita no lo podía creer, pues esa era la medida exacta que tenía de los pies de su abuela.
“No puede ser que no te sirvan, pues lo compré de tu número… déjame ver”, le respondió con tono de frustración.
La sorpresa de la nieta, cuando vio los zapatos en los pies de su abuela, terminó en risas.
“Pero, cómo no te van a quedar los zapatos apretados abuela. Fue que te lo pusiste al revés”, exclamó Altagracita.
Sólo hubo que ponerle los “zapatos al derecho” para que la abuela recuperara su alegría y junto a su nieta saliera a paso rápido para la procesión con el Santo Patrón, que ya había recorrido un buen trecho.

Lito Santana

Lito Santana

Nació en Tamayo. Locutor y periodista. Ha trabajado en distintos medios de comunicación. Aboga por la participación de todos los sectores en la solución de las dificultades por la que atrevieza el País.

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