sábado, marzo 2, 2024

De cómo “El pulgarcito de América” (sin ser David) ha aventajado al “Coloso del norte” (especie de Goliat)

Por Alfonso Tejeda

Al final del siglo pasado, la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), auspiciaba un Nuevo Orden Informativo Internacional para garantizar el acceso y participación de la gente en el proceso comunicativo, conquistas “logradas” a través del Internet y las redes sociales, por las que se difunden todo tipo de informaciones, un gran porcentaje de ellas sin la necesaria comprobación, categoría en la que cae una fábula atribuida a Mahatma Gandi y un profesor suyo inglés, quien ante su incapacidad para “atrapar” en una pifia a su alumno, como recurso último, lo emplazó a elegir entre dinero y sabiduría, optando el líder hindú por el dinero, y, que en respuesta a la sorpresa del maestro, se justificó explicando: “cada uno toma lo que no tiene”.

Esa lección de Gandhi podría equipararse con la decisión asumida por los salvadoreños/ as que el domingo 4 de febrero reeligieron como presidente a Nayib Bukele, con un porcentaje récord para eventos de ese tipo , aunque menor al que lo ha catapultado como el mandatario más popular de la región, consecuencia de su batalla contra las violentas pandillas que por décadas asolaron y azotaron con su crueldad y violencia a la pequeña república centroamericana, grupos que ahora están descalabrados y sus integrantes apresados, en tal cantidad que ha convertido a “El pulgarcito de América” en la sociedad con más presos a nivel mundial por cada 100 mil habitantes.

Una publicación de enero recién pasado establece que El Salvador encabeza esa lista con más de 110 mil detenidos, la mayoría apresados en los dos últimos años, desde cuando opera el “estado de excepción”, medida que desconoce los derechos constitucionales y humanos de muchos/as salvadoreños/ as que están en la cárcel sin haber cometido delito, pero que el flamante Bukele atribuye a “errores” -”porque todas las policías se equivocan”, pretendiendo así descalificar las críticas que a sus acciones hacen organismos internacionales de derechos humanos, quienes consideran peligrosa y antidemocrática esa conducta.

Con mil 85 presos por cada 100 mil habitantes en El Salvador, hacen a ese país “líder” en esa categoría, y esa cantidad representa el doble de los detenidos en cárceles estadounidenses (531 por cada 100 mil habitantes), cifras atónitas, tomando en cuenta que en la nación norteamericana hay más de un millón 800 mil ‘privados de libertad -la mayor cantidad de todos los países- y donde los presidios operan como un muy lucrativo negocio administrado por empresas privadas, en las que los presos también generan cuantiosos beneficios por trabajos internos, tanto que en el 2021 produjeron más de 10 mil millones de dólares.

Una de las características del sistema penitenciario de Estados Unidos, es la incapacidad para regenerar a los presos. Muchos de los que salen de la cárcel vuelven tras delinquir de nuevo. También es llamativo duras condenas que imponen a quienes delinquen. Algo parecido ocurre en El Salvador con los detenidos, pero sin respetar los derechos humanos y constitucionales, solventados por la institucionalidad y la vigilancia activa de organizaciones que abogan por esas causas.

“La seguridad ciudadana no trata simplemente de la reducción de los delitos, sino de una estrategia exhaustiva y multifacética para mejorar la calidad de vida de la población, de una acción comunitaria para prevenir la criminalidad, del acceso a un sistema de justicia eficaz, y de una educación que esté basada en los valores, el respeto por la ley y la tolerancia”, advierte Naciones Unidas.

Tal puede ser un recordatorio, o una enseñanza, para quienes fuera de El Salvador muestran entusiasmo con la receta de Bukele, la que en otros países -donde se ha pretendido aplicar- ha resultado ineficaz, posibilidad que los salvadoreños/ as hasta ahora desconocen, ilusionados porque, tal como la respuesta de Gandhi a su profesor, “ cada uno toma lo que no tiene”.

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