lunes, mayo 27, 2024

Cuando los editoriales se leían 

Por Eloy Alberto Tejera 

Yo no leo editoriales. Confieso que ni miro para la columna del periódico donde se estila colocarlos. Inconscientemente quizás huyo del tono moralizante del que siempre echan mano para referirse a un tema los encargados de escribirlos. Es el tufo de sabelotodo que abomino.  Reconozco que en otros tiempos los leía, pero que ya hace bastantes años que para mí no existen. Y eso parece ser un síndrome general, una actitud de época del lector tecno-digital que se ha diseminado como enfermedad o contagio. Si alguien es asiduo a su lectura, ruego que me escriba. Tener contactos con extraterrestres o seres anormales es saludable.  

No conozco a nadie que en la actualidad lea editoriales, y lo más dramático: no escucho a ningún periodista, comentarista, ciudadano o político, que se haya hecho eco de algún juicio expresado en uno de ellos. Entonces, ¿por qué se persiste en mantener una pieza o artículo así en el cuerpo del periódico, el cual parece ya que ha perdido lustre y sentido del periodismo, cuya conexión con el lector promedio es prácticamente nula? 

Imagino, y me embarro de patetismo cuando pienso en los editorialistas de hoy en día, cuyo talento y precisión para el género no pongo en dudas. Con todo el respeto que me merecen, debe ser bastante engorroso embarcarse en redactar un artículo a diario que uno sospecha que tendrá escasa recepción, pero que por experiencia intuye que es como disparar al aire o lanzar puñetazos por la ventana. 

Hubo una época en que se leían, aunque ni el mismo Ripley si resucitara lo creyera, en que era casi una obligación leer el editorial del día, y básicamente, la clase política y empresarial los tomaba en cuenta. Y se aseguraba que en los primeros informes que leía el presidente de la República estuviesen los editoriales de los principales medios. Llámese Listín Diario, El Caribe, Ultima Hora, El Nacional, El Siglo. El “entre otros” me lo trago, lo considero ripio, imprecisión forzada. 

Como editorialista fundamental de la época en que inicié en el periodismo, evoco un personaje clásico. Y no podía ser más perfectamente estereotipado como para encabezar una era. Rafael Herrera, un gigantón al estilo casi de Julio Cortázar, de cara con anchura mitológica, cabeza totalmente blanca y que no hacía contraste con la epidermis banileja, con caminar cansino y parsimonioso, con tabaco en mano (casi siempre apagado), con sus cuartillas en mano para entregarlas a la sala de composición para que allí las digitaran en la computadora. 

Los editoriales de Rafael Herrera tenían un estilo, en el sentido como lo entiendo: no se parecían a los de nadie. Los identificaba uno desde la primera línea, al asomarse al título.  Y esto era lo loable. Decían sin tapujos su opinión o la escribía como si estuviera empujando algo que no era difícil o pesado. Y usaba la frase corta. Muy corta, tanto que uno se lo imaginaba como un mutilador eficaz de la palabra.  

En términos esenciales, a pesar de ser un juicio institucional o colectivo mediante el cual el medio vomita su línea ideológica o hace praxis por sus intereses, siempre tenía el editorial de Herrera, por ejemplo, el tinte de quien lo escribía. El de Rafael Herrera remitía a la expresión directa. Como un disparo a quemarropa. El estilo nervioso que se iba siendo recto a medida que se desarrollaban las ideas.  

¿Por qué ya nadie lee editoriales si se siguen escribiendo y la humanidad sigue envuelta en peripecias y problemas? Bueno, el opinar ha perdido prestigio. El batallón de opinantes fusila cualquier criterio medianamente decente. El problema es que ahora se opina en demasía, que la oralidad ha ganado un terreno asquerosamente grande. Se ha descubierto que quien ladra tiene mejor precio en el mercado que aquel que muerde. Esto si se compara el que habla en relación con el que escribe. 

Una arista que no quiero dejar pasar es que con el asunto de los editoriales también se seguía la línea o el patrón de imponer el criterio del más fuerte, el imperialismo cultural se imponía. Hasta ahora tal vez. Cuántas veces escuché yo en la sala de Redacción, que el “New York Times se refería a tal tema o personaje”. Entonces todos los medios se apresuraban a hacer una noticia de ello. Sumisión periodística.  El New York Times jamás se haría eco de un editorial de un medio pequeño o de otra lengua. 

¿Podrán los editoriales volver a tener su esplendor de antes? 

Esa misma pregunta deben hacerse los generales retirados, ya viejos, encorvados, con las estrellas, condecoraciones y charreteras oxidadas. Yo no lo creo. A la gente le gusta “seguir” a quien tiene rostro. El editorial es sinónimo de la colectividad. Es el periodo donde predomina el influencer. El editorialista es un fantasma, y la época, donde reina el selfish, empuja hacia otros destinos. 

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