jueves, abril 25, 2024

Contribuir al avance de Haití

Por Fidel Santana.

América Latina es considerada la región más desigual del planeta, lo que es acompañado de creciente pobreza y degradación ambiental. En las evaluaciones de todos los indicadores de desarrollo de la región, el más pobre, desigual y con mayor nivel de deterioro ambiental, como ya sabemos, es Haití, nuestro hermano siamés. 

Las afirmaciones anteriores, que son perogrulladas, son necesarias para contextualizar la necesidad del replanteo de una ruta binacional, entre Haití y la República Dominicana, que permita un sostenible y armonioso relacionamiento, acompañado del logro del anhelado bienestar de los pueblos que habitamos a ambos lados de la línea fronteriza.

El actual diferendo surgido por la pretensión de desviar las aguas del río Dajabón o Masacre, ofrece la oportunidad para pensar en forma más estratégica el curso a seguir en interés de convertir las viejas percepciones de amenazas mutuas en oportunidades de vínculos provechosos para ambas naciones.

En el mundo actual las naciones más exitosas son las que disponen de mayores mercados para asegurar el crecimiento sostenido. China y la India, son algunos de los ejemplos que muestran cómo en la medida que más gente sale de la pobreza y adquiere poder adquisitivo es que más se despliegan las potencialidades productivas que determinan el crecimiento económico.

Nuestro país tiene un mercado interno de dimensión limitada, a lo que se suman los 6 o 7 millones de turistas que recibimos cada año. Esto junto a las remesas, las inversiones extranjeras y el comercio con el exterior, entre los que se encuentran las exportaciones hacia Haití, que es nuestro segundo socio comercial, nos ha permitido avanzar como la economía más dinámica y de mayor crecimiento en Centroamérica.

Haití, con un mercado interno de unos 11 o 12 millones de consumidores, con una diáspora numéricamente significativa enviando remesas, incluyendo a los nacionales haitianos que laboran en nuestro solar, junto a su potencialidad turística, tiene en la República Dominicana un socio que podría dar la mano para encontrar nichos de mercado que permitan desplegar su potencialidad como gran ofertante de mano de obra para manufactura, pudiendo agregar valor en su territorio a muchos de los productos que Dominicana le suministra.

Esto que planteo no es nada novedoso. Durante los años de auge de la colonia francesa de Saint Domingue, que fue la más rica del mundo, se establecieron vínculos muy exitosos entre los dos lados de la frontera, mirándolo solo desde el punto de vista económico, sin entrar a analizar los aberrantes mecanismos esclavistas de explotación, utilizados en las grandes plantaciones de caña, añil y otros productos, que fueron borrados para siempre del territorio vecino con el triunfo de la Revolución haitiana.

En el marco de la actual coyuntura, lo que corresponde entre las dos naciones es afirmarse en el respeto al derecho internacional y los principios de solución pacífica de conflictos, afianzando la vía diplomática para dilucidar diferendos. Claro, esto pasa por un proceso de recuperación o construcción de alguna institucionalidad estable en el hermano país, que asegure una interlocución confiable y seria en el cumplimiento de acuerdos.

Haití tiene el desafío de refundar su Estado, recuperar el control de su territorio, hoy en manos de bandas criminales, al tiempo de consensuar entre sus elites políticas, económicas, intelectuales y sociales, un plan de largo aliento, un proyecto de nación, una especie de carta de ruta en procura de la sostenibilidad y el desarrollo. La cohesión social y política que antes impuso la dictadura férrea de los Duvalier y sus “Tonton Macutes”, en el presente solo puede devenir de un pacto democrático que involucre a todos los actores del país que dio el primer paso en el hemisferio para la superación de la esclavitud.  Esclavitud que hoy no es otra cosa que las miserables condiciones de vida de millones de seres humanos víctimas de adversidades naturales y, por qué no decirlo, de la mezquindad de un liderazgo, disperso y miope, que no ve más allá de sus intereses inmediatos. 

Es claro que, en las actuales circunstancias, Haití no puede solo. Necesita el apoyo y acompañamiento de la comunidad internacional. No para invadirlo y atarlo a nuevas madejas de dominio y explotación, sino para impulsarlo a la recuperación del Estado. Para imponer el Estado de Derechos. Para establecer la seguridad jurídica que permita al mundo mirarlo como destino para inversiones, aprovechando sus ventajas comparativas. Y también para recuperar sus bosques y viabilidad medioambiental.

Haití requiere hoy reconstruir alguna fuerza de coerción, profesionalizada, que sea capaz de enfrentar exitosamente a las bandas y al crimen organizado. También se requiere que la comunidad internacional ayude a levantar una cortina sanitaria en todo su territorio, comenzando con alcanzar la capacidad para atender a sus parturientas. Y, paralelamente, se requiere de un plan de documentación de sus habitantes y una estrategia para la potenciación de su capital humano en todos los ámbitos técnicos y profesionales.

La República Dominicana, como en toda ocasión en que Haití ha requerido nuestra ayuda, deberá acompañar todas las iniciativas que contribuyan a que nuestro vecino pueda remontar a nuevas alturas. Creo que solo debemos excluirnos de la presencia de tropas dominicanas en suelo vecino, mientras desplegamos todas las iniciativas de cooperación Sur–Sur y apuntamos a un proyecto duradero de cooperación transfronteriza, pensado junto al liderazgo haitiano que logre configurarse en medio de la actual tormenta que vive ese país. Y, en un más largo plazo, también podría establecerse un acuerdo comercial con una lógica ganar-ganar, respetando las diferencias, la autodeterminación de cada nación y los límites fronterizos. Al final, los avances en cualquier lado de la frontera favorecerán la sostenibilidad de la isla en todos los aspectos.

Fidel Santana
Fidel Santana
Fidel Santana: Sociólogo y político con maestria en Metodología de investigación. Desde el año 2007 imparte docencia en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), donde también ha ocupado en diversas funciones de dirección en áreas administrativas. Entre los años 1999 y 2007 fue uno de los principales líderes y voceros de los movimientos sociales dominicanos. Es autor de los libros “Amín Abel: un gigante dormido” y “Resistencia y Colectivismo en los Convites Campesinos de San Cristóbal”. Fue Diputado Nacional en período 2016 al 2020, en cuyo órgano legislativo presidió la Comisión de Derechos Humanos, entre 2016 y 2020.

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