Miguel J. Escala
(#44)
De una lectora tomo prestada la pregunta que nos sirve de título a este artículo. La preocupación aparece una vez que hemos decidido emprender un esfuerzo de redesarrollo personal en busca de un involucramiento vital que contribuya a convertirnos en adultos mayores con integridad competente. ¿No es eso lo que buscamos?
Llegado cierto momento, alrededor de los 70 años para muchos, la pregunta del ¿ahora qué? (ver artículo # 43) se acentúa y se amplía. Ya no se trata solamente de decidir lo que quiero hacer o de qué soy capaz, sino también de quiénes me acompañarán y a quiénes acompañaré. ¿Con quiénes?
En los artículos #12, Taxonomía de cuidadores, y #14, Cuando cuidar y ser cuidado, el centro de atención está en la persona cuidada. Ese es también el tema que preocupa a Kika Gama Lobo, comunicadora brasileña y autora de varios libros sobre la madurez y la longevidad. Su texto El peso de vivir mucho tiempo se ha vuelto viral: lo he recibido unas treinta veces, y fue precisamente a través de ese escrito que conocí su trabajo.
Su preocupación es que nadie vive la longevidad completamente solo, incluso cuando vive solo. Viviremos más años, pero ¿a qué costo?
En su crítica, Kika es muy clara:
”La gran mentira contemporánea es esa fantasía de independencia absoluta. Como si envejecer bien significara no necesitar a nadie. Como si pedir ayuda fuera un fracaso. ¿Hasta cuándo vamos a romantizar el envejecimiento sin hablar del precio de seguir vivos? Porque vivir mucho es maravilloso. Siempre que consigamos vivir —y no solamente durar…”.
Hay una diversidad de cuidadores que apoyan a personas longevas, algunas con limitaciones físicas o deterioro cognitivo significativo. Los ejemplos abundan y, en ocasiones, nos enfrentan a situaciones difíciles.
Un amigo que conoce el tema desde la experiencia personal y profesional me comentaba:
“Cuando se ponen malgeniosos, intransigentes e irascibles, el “paupau” es el ingreso en una residencia. Es un tema difícil, triste y doloroso”.
También conozco el caso de una amiga que decidió gestionar el ingreso de su madre centenaria en una residencia, ante los comportamientos agresivos de ésta hacia la persona contratada para cuidarla. La madre está en lista de espera. Mi amiga reconoció que necesitaba otro sistema de cuidado.
El ingreso en una residencia o asilo puede verse como una especie de condena a cadena perpetua. Sin embargo, para dos hombres que encontraron allí su refugio, un asilo capitaleño terminó siendo una buena solución. En un artículo publicado la semana pasada en Listín Diario, Rosa Luna nos presenta a Francisco, de 88 años, y Antonio, de 75. Dos vidas que coincidieron en un hogar para adultos mayores. Como señala el texto, ambos “coinciden hoy en un mismo espacio donde la compañía, la fe y las pequeñas actividades cotidianas forman parte de sus días”.
Ambos cuentan con cuidadores debido a algunas limitaciones de locomoción. Pero, por lo que nos cuenta Rosa Luna, se encuentran en condiciones que les permiten iniciar o fortalecer su involucramiento vital mediante proyectos que pueden desarrollar desde el asilo.
No podemos minimizar las dificultades que enfrentan quienes cuidan a personas adultas mayores, cada vez más numerosas. Su trabajo es indispensable para procurar condiciones de vida dignas y tranquilas durante esta etapa. Pero ser cuidado, incluso cuando se vive en una residencia o asilo, no elimina la posibilidad de iniciar proyectos.
Tomemos en cuenta que la mayoría de mis amigos y amigas, adultos mayores como yo, no necesita actualmente cuidadores a tiempo completo. Seguimos funcionando, aunque algunos convivamos con más malestares que antes. Lo que no tengo tan claro es si, especialmente quienes hemos dejado de trabajar, seguimos ocupándonos de construir un proyecto vital.
Uno de esos amigos me escribió después de leer mi artículo anterior:
“¡Excelente, Miguel! Precisamente la semana pasada me pregunté qué podía añadir a mis actividades o qué modificar para agregar valor y disfrute a mi vida. Como anillo al dedo me ha caído tu Ahora qué”.
El padre de otra lectora reaccionó de manera diferente cuando ella le compartió el artículo:
“Cuidado si tú le dijiste a Escala que me escribiera un artículo para mí, para que me estuviera tranquilo. Estoy sospechoso yo ahora…”
A esos lectores inquietos les dedico este artículo. A quienes trabajan en su proyecto vital o quieren comenzar a hacerlo, pero se preguntan con quiénes podrán contar. No necesariamente con alguien que los cuide, ni siquiera con alguien que los tranquilice, sino con personas dispuestas a acompañarlos en el proceso de construcción. Personas que quieran apoyarlos, cuestionarlos, compartir sus inquietudes y, quizás, convertirse en sus cómplices.
En otras palabras, este artículo trata de la compañía necesaria para llevar adelante el proyecto vital, independientemente del contexto en que vivamos nuestros años. Y lo escribo desde una convicción que comparto con Paulo Freire: “nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo; las personas se educan entre sí, mediatizadas por el mundo”.
No todos los acompañantes cumplen la misma función
Sobre los “quiénes”, es bueno aclarar que no necesitamos a las mismas personas para todo, ni todas las personas que nos acompañan tienen que hacerlo de la misma manera.
Algunos compañeros nos ofrecen afecto y seguridad. Otros comparten intereses, conocimientos o actividades. Los hay que nos conectan con otras personas, nos ayudan a descubrir posibilidades o nos hacen preguntas que no nos habíamos planteado. Y están aquellos que se atreven a cuestionarnos cuando nos acomodamos demasiado.
Podríamos distinguir varios roles de acompañante que nos orienten al elegir esos “quiénes”:
- Quienes nos sostienen: ofrecen afecto, confianza y presencia cuando las cosas se complican.
- Quienes comparten: disfrutan con nosotros de una actividad, una afición, una conversación o un proyecto.
- Quienes nos abren caminos: nos acercan a personas, experiencias, conocimientos y oportunidades que desconocíamos.
- Quienes nos desafían: cuestionan nuestras ideas, nos hacen pensar y nos invitan a ir más allá.
- Quienes construyen con nosotros: se comprometen con alguna iniciativa compartida y aportan tiempo, conocimientos o trabajo.
Como vemos, estas funciones no están restringidas por la edad. Un “quién” puede tener nuestra edad, ser mayor o ser mucho más joven. Por otra parte, una misma persona puede cumplir varias de estas funciones, y las relaciones pueden cambiar con el tiempo.
Lo importante es que ninguna de estas relaciones tenga que convertirse obligatoriamente en una relación de cuidado. Tampoco necesitamos que una sola persona satisfaga todas nuestras necesidades de compañía. Es más, esa persona no necesariamente tiene que saber que es mi “bastón para transitar por la vejez”.
La pregunta que nos interesa responder por ahora es: ¿qué clase de compañía necesita mi proyecto vital en este momento?
El cómplice liberador
¿Qué sería un cómplice liberador en el desarrollo de nuestro involucramiento vital? Aclaremos lo que buscamos.
Recordemos que estamos hablando de involucramiento vital (Vital Involvement), concepto asociado a los trabajos de Erik y Joan Erikson y Helen Kivnick, que hemos tratado en varios artículos anteriores.
El involucramiento vital se refiere a la participación activa, significativa y comprometida de una persona con su entorno, sus relaciones y sus proyectos. No se trata simplemente de estar ocupado, sino de realizar actividades que nos conecten con el mundo, nos den sentido de propósito y estimulen nuestro desarrollo continuo.
Para avanzar en esa dirección necesitamos personas que nos acompañen. Buscamos los mejores “quiénes” para hacerlo y, entre las posibilidades, hemos seleccionado una expresión poco habitual: cómplice liberador.
¿Por qué cómplice? Porque buscamos algo que va más allá de una relación puramente profesional o de la compañía circunstancial. Queremos una alianza basada en la confianza, la lealtad y el compromiso con una iniciativa compartida. Los cómplices no se limitan a ejecutar tareas: se comprometen con algo que consideran valioso.
¿Por qué liberador? Aquí encontramos una dimensión pedagógica, social y también política, que podemos relacionar con el pensamiento de Paulo Freire.
- Comunión frente al individualismo. Nuestro desarrollo no ocurre en aislamiento. La realización de nuestros proyectos puede contribuir también al crecimiento de quienes colaboran con nosotros. La relación es recíproca: no solo recibimos, también aportamos.
- Diálogo y horizontalidad. Estos aliados no vienen a salvarnos, ni nosotros a salvarlos. Son interlocutores con quienes podemos examinar críticamente nuestras ideas, compartir conocimientos y construir nuevas posibilidades. No se trata de eliminar las diferencias de experiencia o conocimiento, sino de evitar que se conviertan en relaciones de sometimiento.
- Transformación del entorno. Nuestros proyectos no tienen que ser meros pasatiempos. Pueden llevarnos a comprender mejor la realidad y actuar sobre ella para transformarla.
- Es alguien que reconoce nuestra capacidad de decidir y nos ayuda a ejercerla. Alguien con quien podemos compartir una inquietud todavía imprecisa, explorar una posibilidad, equivocarnos sin sentirnos descalificados y convertir una intención en un proyecto.
Un cómplice liberador no hace el camino por nosotros. Puede caminar a nuestro lado, abrir una puerta, presentarnos a alguien, formular una pregunta incómoda o ayudarnos a reconocer que una idea no funciona. Nos ofrece compañía sin apropiarse de nuestro proyecto.
Aquí recuerdo al hermano Alfredo Morales, quien concebía las “muletas educativas” como un apoyo temporal para que el adolescente desarrollara su libertad y llegara a prescindir de ellas. Era una manera de educar para la libertad.
En el adulto mayor, sin embargo, la imagen adquiere otro sentido. Podemos comenzar una relación de confianza sin necesitar apoyos especiales y, con el tiempo, aceptar nuevas formas de ayuda cuando las circunstancias lo requieran. Las muletas ya no tienen que representar un recurso que necesariamente debamos abandonar, sino un apoyo cuya necesidad y utilización podemos reconocer y acordar dignamente.
Insistimos en que el adulto mayor siga siendo protagonista de su propio desarrollo. Mientras que en el ejemplo educativo la muleta simboliza un apoyo temporal para aprender a caminar en libertad, en esta etapa puede representar la aceptación digna de una interdependencia que se construye con el tiempo.
No tiene por qué significar una pérdida de libertad. Puede ser una manera de ejercerla: conservar la posibilidad de pertenecer, decidir y actuar en el mundo con el apoyo de otras personas cuando lo necesitemos.
No esperar a que nos encuentren
Quizás la pregunta ¿Con quiénes? no tenga una respuesta que podamos escribir de una vez y para siempre. Las personas cambian, los proyectos evolucionan y las circunstancias nos obligan a reorganizar nuestras compañías.
Pero podemos comenzar por reconocer qué queremos seguir construyendo y qué tipo de compañía necesitamos para hacerlo. También podemos preguntarnos qué estamos dispuestos a ofrecer a otros.
No tenemos que esperar a que alguien descubra nuestras inquietudes, adivine nuestros proyectos o venga a rescatarnos de la rutina. Podemos tomar la iniciativa, acercarnos a personas con intereses compartidos, convocar colaboradores y ofrecernos como compañeros de sus propias búsquedas.
Quizás algunos de esos encuentros terminen convirtiéndose en amistades profundas. Otros serán colaboraciones puntuales. Unos durarán años; otros, lo que dure el proyecto que nos reunió. Todos pueden tener sentido.
No dejemos de pensar en la pareja y los hijos como cómplices. A fin de cuentas, seguimos desarrollándonos con los demás y a través de lo que compartimos con ellos. Y quizá uno de los privilegios de esta etapa sea precisamente ese: disponer de mayor libertad para escoger qué queremos hacer, con quiénes queremos hacerlo y a quiénes queremos invitar a hacerlo con nosotros.




