Aún estamos a tiempo, señores del Gobierno

De regreso a la ciudad donde vivo de un placentero viaje acompañando a un amigo y a su hijo, que viene a uno de esos cursos -entrenamiento a las altas montañas de Vermont, en Estados Unidos, mientras nos desplazamos por una tranquila carretera paralela a un refrescante río y rodeados de un verdor pleno, recuerdo a escritores y viajeros que narran sus experiencias con tal gracia y destrezas que les compensan con admiración y seguimiento.

Comienzo con uno cercano, Aníbal de Castro, periodista nuestro que casi cada semana nos cuenta sus frecuentes viajes por lugares y territorios que muchas veces nos hace retornar a los viejos apuntes de Geografía o a Google para intentar ubicarlos, así como esas lecciones nunca bien aprendidas de Historia que ahora hay que actualizar junto a la geopolítica que cambia tan a menudo como las matrices de Internet y las redes, que permiten escribir estos párrafos y transmitirlos mientras me desplazo.

Cómo estoy en la parte noreste de Estados Unidos, escarbo en mi difusa memoria para precisar si Joyce Carol Oates paseó por alguno de estos pueblos a sus personajes de "La Hija del Sepulturero”, en esa novela recoge un viaje que parece muy común al inmigrante.

Aunque el viaje del joven que acabamos de dejar en Kilington es muy diferente al narrador por la autora, me advierte de los matices y situaciones de ese proceso que reconforma la geografía, la historia y la cultura de las naciones y pueblos, aunque muchos/as azuzados por su “cerrada obstinación” se obnubilan y no pueden ver la realidad.

Allí donde quedó Joao alojado por primera vez, alejado por primera vez de su nerviosa y preocupada madre, que inaugura la ausencia de su entrañable hijo. Su papá, que protector vino a instalarlo, regresa más tranquilo al país, calmado por el recibimiento y la confianza de dejarlo acompañado de un inmigrante que me hizo recordar a "La Hija del Sepulturero". Ese es otro joven haitiano residente en Santiago de los Caballeros, dónde estudia Agronomía y reside con su familia.

Él también es parte de un grupo de jóvenes dominicanos/a que como Joao está en las ahora frescas montañas conociendo de la cultura de este país, que como el nuestro es la síntesis de pobladores nativos y emigrantes que han construido lo que ha sido, es y será Estados Unidos.

Tanto aquí como en República Dominicana hay un ambiente de hostilidad contra los migrantes -y necesario es decirlo- en el que la violencia es uno de los componentes más preocupantes.

En Estados Unidos, la muerte es de las acciones que grupos racistas alimentan en su pretensión vana de evitar lo que ya es un hecho: su gente es resultado de ese proceso de integración, que ahora denominan El Reemplazo.

Aunque en nuestro país la violencia contra los migrantes haitianos no alcanza los niveles de agresividad sucedidos en parte de Estados Unidos, algunos hechos elevan la alerta que recomienda asumir con responsabilidad y dedicación el tratamiento de la situación, antes de que se desborde.

Ya han ocurrido casos en los que los "Nazionalistas" han logrado imponerse y doblegar a las autoridades, tal la exclusión de presentar un libro infantil editado en Español y Creole por la activista de los derechos Humanos Ana María Belique, en la pasada feria del Libro, y la pretendida incursión de fanáticos anti-haitianos en hogares de haitianos que viven en la ciudad Juan Bosch.

Como plantearon organizaciones comunitarias frente al Palacio Nacional, las autoridades están a tiempo de evitar lo peor. No podemos permitir llegar a aquel momento que resumió en un breve texto atribuido a otro alemán famoso: no hay que esperar que la violencia me toque para yo reaccionar.

Aún estamos a tiempo, señores del Gobierno.

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