Ahí vienen “Los Pataliá”

Anicete era experto en bregar con madera. Ese hombre te hacía desde un palillo para limpiarte los dientes, hasta una vitrina para colocar la más preciosa vajilla. Sólo había un problema, conseguir madera. Para ese tiempo no existían tantas ferreterías y las más cercanas estaban como a ochenta kilómetros de distancia. Ni hablar de las condiciones de los caminos de acceso a su pequeña comunidad. En realidad, eran trillos. La gente se trasladaban por ellos a lomo de mulos, lo que convertía en imposible aspirar a conseguir materiales para su trabajo de ebanistería. Pero había que sobrevivir como sea y mantener sus seis muchachos. Por eso debía madrugar para conseguir los trozos de madera y fabricar un jueguito de comedor que le habían encargado.

El cliente lo quería de roble, pero cortar un árbol de ese tipo en la zona equivalía a caer preso y quién sabe con cuáles consecuencias, pues los guardias forestales tenían la orden de no dejar pasar una sola violación a la ley de protección de esa madera considerada preciosa. Pero Anicete tenía que jugársela, sin importar los riesgos. Ya en su taller, y con la madera que cargaba de poco en poco, comenzaba su labor.

Todo era mano. En su lugar de trabajo no había energía eléctrica, por eso la sierra, el serrucho el cepillo, el berbiquí, una especia de taladro manual, era a puro pulso. Además, aunque tuviera electricidad, no se atrevía a encender nada, pues su sonido retumbaría en toda la comarca.
Debía ser las siete de la mañana cuando ya los sudores cubrían todo su cuerpo.
Él era un hombre alto, fuerte y con una gran pericia para avanzar en su misión. La concentración era clave para su trabajo. Se bebía su café y se desayunaba antes de comenzar su labor, para que nadie le perturbara. Por eso, cuando escuchó por los gritos que su madre Marta venía corriendo por el bosque se asustó. La doña, una mujer de más de 60 años, llegó sofocada y apenas le salían las palabras. “Corre mi hijo…corre”, le decía, tratando de explicarle porqué tenía que huir.
Por más que Anicete trataba de entenderla no podía. Hasta que ella pudo vocear: “corre que por ahí vienen los “pataliá”.
Sin entender nada, Anicete se acercó más a su madre para preguntarle. “Mamá, qué es eso de los Pataliá”.
“Esos hombres que tienen unas armas grandes y están “vestío” de pantalón y camisa de ramos.
“Ay Dios mío, esos son los guardias”, atinó a decir Anicete. Pero ya era tarde.
Los guardias del Ejercito Nacional estaban sobre él amarrándolo como si fuera un andullo.
“Te lo dije mi hijo y no me hiciste caso”, le recriminó Marta.
“Esos son los “pataliá”, mostrándoles las botas de los guardias y la forma peculiar de amarrarse los cordones.
Al jefe y a los demás integrantes de la patrulla, sólo les quedó estallar en risas.
“Jajaja, entonces ahora somos pataliá”, dijo el jefe, al tiempo de echar por delante a Anicete que caminaba triste y cabizbajo.

Lito Santana

Lito Santana

Nació en Tamayo. Locutor y periodista. Ha trabajado en distintos medios de comunicación. Aboga por la participación de todos los sectores en la solución de las dificultades por la que atrevieza el País.

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