viernes, junio 14, 2024

Abinader: ¿cómo Bosch y Guzmán?

Por Alfonso Tejeda

Después de ajusticiar al dictador Trujillo, el país ha tenido, en estos últimos 62 años, gobiernos y presidentes de todos los tipos y colores, pero tan solo dos pueden considerarse que han traspasado el marco temporal en que ocurrieron sus gestiones, las que reportan a sus cabezas una distinción que los categoriza como paradigmas: Juan Bosch y Antonio Guzmán. 

Con la muerte del tirano se desató, en una efímera primera etapa, la paradójica dinámica social que provocó la aparición de más gobiernos en apenas nueve meses, período que se creía constituía el inicio de un proceso de estabilidad político-social, pero que parte de esas mismas fuerzas hicieron abortar en siete meses, hecho que trastocó la esperanza en tragedia.

Derrocado Bosch en septiembre del 1963, las consecuencias de ese hecho se pueden categorizar como las más trágicas en la historia dominicana del pasado siglo: frustró las esperanzas de un gobierno decente y que pudo plantar la institucionalidad en el país y provocó la muerte de uno de los líderes más auspicioso, Manolo Tavárez Justo junto a varios compañeros. Además, este hecho dio pie a la revuelta de abril y a la implantación de otra dictadura, la de Balaguer, que heredó los peores métodos de avasallamiento de su antecesora, la Trujillista, y que como aquella, dejó luto, sangre, corrupción, abusos, y calamidades.

A esa nueva dictadura la venció la resurgida fuerza del progresismo que en los últimos 60 años ha luchado por convertirse en actor dominante de la gestión política, social, y cultural, pretensión que hasta ahora se ha "escapado como agua entre los dedos", desvaneciendo proyectos y malogrando gestiones como la surgida en agosto de 1978, que no alcanzó, igual a la del 1963, la plenitud de sus propósitos.

Se conectan ambas por varias razones previas, pero también por los resultados que heredaron a sus principales  gestores, Bosch y Guzmán, el reconocimiento de su probidad ética y honradas disposiciones en el manejo de los fondos públicos, y la trascendencia histórica de ser gobiernos que hoy dominicanos y dominicanas valoran por esas acciones asumidas y protagonizadas, dejando como ejemplos la Constitución del 1963, la libertad de los presos políticos, la apertura del país a los exiliados, el fin de la persecución por ideologías, sobre todo de izquierda, y la despolitización de las Fuerzas Armadas en momentos que se requería valor y compromiso para llevarlas a cabo.

Recién, el presidente Luis Abinader reveló cuál es su aspiración para cuando salga del gobierno: que el pueblo lo reconozca por su honestidad en el manejo de los bienes públicos. Para él eso es fácil, es "pan comido": su compromiso con el pueblo rebasa ese anhelo, que es una de las metas más ansiadas por la sociedad dominicana, pero sin menospreciar esa conducta, también demanda acciones más amplias que cada vez se hacen más perentorias, como la institucionalidad, superar la inequidad social y la falencia en la dotación de derechos humanos.

Bosch en el 1963, Antonio Guzmán en el 1978, y Luis Abinader en el 2020 fueron esperanzas ante el desamparo político y social que marcó a cada una de esas coyunturas políticas. Los tres tienen el aval de ser reconocidos por su honestidad y templanza ética incuestionables. Los dos primeros tienen asegurados un sitial histórico por la trascendencia de sus gestiones gubernamentales. Lo que impone otro desafío para Abinader: trascender con su gobierno por algo más que por la práctica ética y su honradez que todos/as reconocen.

A Abinader se le reclama trascender a la historia por y con un gobierno que deje una impronta de institucionalidad y dignidad social para la gente. Solo eso, señor presidente. Todo lo demás podría ser “una ñapa”, esa pequeña atención con que antaño se reconocía la lealtad y solidaridad en la cotidiana relación de compartir.

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