A doña Lourdes, como al maestro aquel, ¡con cariño!


Nancy Pelosi, la líder de la Cámara de Representantes en Estados Unidos, con su irreductible valentía de visitar Taiwán desafiando el arrebato de Xi Jinping, el nuevo timonel chino, más allá de los escarceos que la ignorante prepotencia protagoniza, demuestra algo axiomático: que las mujeres están cambiando al mundo, echando abajo la invisibilidad que muchos pretenden consustancial a las féminas, relegadas desde de los orígenes bíblicos al silencio y a la obediencia, que como castigo se impuso a la curiosa e inquieta Ev

La Pelosi ahora, como Eva antes, frente al pretendido acorralamiento que quiso arrodillarlas, han respondido con creativa curiosidad, esa que la líder demócrata define como “estrategia de madre de cinco hijos”, esos que el Génesis le anunció a Eva serían su salvación, pero condicionada a una pasividad que nunca le fue propia, tal como cuenta la aún frondosa rubia Gioconda Belli en “El infinito en la palma de la mano”, la otra versión de vida de la Primera Mujer, que siempre se negó a andar detrás de Adán acompañando, siempre a su lado, y muchas veces “dos pasos adelante”.

Como acompaña Francia Márquez a Gustavo Petro en la conducción de un nuevo proceso que en Colombia se entiende inusitado, tanto por la esperanza que despierta, como por las trabas que derribará para “los/as nadies”, esa amplísima franja poblacional que ahora desbroza los caminos hacia el respeto, la dignidad, la igualdad y la visibilidad que la marginación les anulaba de un proceso del que son protagonistas cotidianos.

Esa invisibilidad particular de la mujer en la historia rebasa la dicotomía de clases, y también ha sido práctica que liberales y progresistas han usado, tal como le sucedió a la escritora mexicana Elena Garro, que recién se difunde su novela “Los recuerdos del porvenir”, escrita en 1951 y publicada tímidamente en 1963, acción de la que estuvo ajeno su esposo, el renombrado Octavio Paz, quien no quería que ella escribiera, aunque la reconoció después como “una de las creaciones más perfecta de la literatura hispanoamericana contemporánea”, novela que la jacarandosa Youtuber Irene Rodrigo afirma que el Gabo se inspiró cuatro años después cuando escribió la emblemática “100 años de Soledad”.

Que la visibilidad de la Mujer y de su protagonismo en los cambios de la sociedad estén sucediendo me satisface, porque garantizan a mi nieta, Leila Juliette, el reconocimiento a ser ella, que desde ahora llama la atención de japoneses allá cerca de Hiroshima, donde con sus rizos libertarios impacta a otros/as que la asumen diferente, curiosos/as de la diversidad que motoriza la migración en el diario vivir, en el que ya no caben ni la imposición de la fuerza ni la exclusión.

Aquellos parámetros a los que se le atribuían la inconmovible eternidad, tal como creía "la madre" de la excelente actriz cubana Alina Rodríguez, quien, en una película de Gutiérrez Alea, se revelaba contra el machismo y el poderío que tenían y tienen quienes se creen que dominan este ancho mundo, que también ajeno, tienen que enterarse que ya no les pertenece, porque la mujer, accionista mayoritaria, está apropiándose, con justeza, de su merecido lugar.

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