¿Basta con ser íntegro? Primera parte: Comprender la integridad del yo

Miguel J. Escala

(#39)

El artículo anterior, "La integridad competente", generó una respuesta mucho más amplia de la que esperaba. Muchos lectores me escribieron directamente para compartir experiencias, recuerdos y preguntas. Más que un cierre, el artículo abrió una conversación con varios lectores.

Algunos coincidían en que, al acercarnos a las últimas etapas de la vida, es inevitable mirar hacia atrás y preguntarnos qué sentido tuvo el camino recorrido. Un amigo resumía ese sentimiento con estas palabras:

"Este tema da para mucha reflexión, porque cuando ya estamos más cerca del final del camino tendemos a mirar atrás y cuestionar lo que hemos caminado”.

Una lectora más joven hacía una observación que me alegró especialmente:

"Ese artículo no es solo para la tercera edad; creo que nos podría servir desde antes. Lo duro es reconocer los errores, las culpas y saber que eso es lo que nos está haciendo daño. Ese reconocer es liberador y da esperanza para seguir”.

Quizá el comentario que mejor resume el espíritu del artículo fue el de una lectora que escribió:

"La integridad no consiste en haber vivido una vida sin errores, sino en haber hecho de la propia historia un espacio permanente de aprendizaje, reparación y servicio”.

Confieso que, al leer esa frase, pensé que ella había comprendido exactamente lo que había querido transmitir.  Cierro los comentarios recibidos con el de un lector que demuestra sencillamente que entendió.

“No me gusta mirar para atrás. Me conformo con lo que he hecho.  Todos hemos metido la pata y tratamos de corregir, pero como nos dijo una profesora en una ocasión ‘when its over, let it go’. No gano nada lamentando”.

Ser íntegro y la integridad del yo 

Sin embargo, también descubrí que existía en algunos una confusión importante. Varios lectores identificaron la integridad de la que hablábamos con ser una persona íntegra, entendiendo la integridad como una virtud moral. Incluso coincidió la publicación con un excelente texto compartido por Edgar Barnichta, quien definía la integridad como:

"Tener y mantener valores, principios y conductas honestas, útiles para la familia y la sociedad. Es vivir con el ejemplo de lo bien hecho, aun cuando nadie te observa y nadie se entera”.

Comparto plenamente esa definición. Describe una cualidad profundamente valiosa y necesaria para toda convivencia humana. Pero no es exactamente la integridad de la que hablaba Erik Erikson al describir el último gran desafío del desarrollo humano.

Aquí conviene distinguir dos conceptos que suelen confundirse. Una persona puede haber sido moralmente íntegra durante toda su vida y, sin embargo, llegar a la tercera edad llena de resentimientos, culpas o desesperación. Del mismo modo, alguien que cometió errores importantes puede reconocerlos, reconciliarse con su historia y alcanzar esa integridad existencial que Erikson contrapone a la desesperación.

Dicho de otra manera, ser íntegro y alcanzar integridad del yo no son conceptos opuestos; con frecuencia uno favorece al otro. Pero tampoco son equivalentes. Sigue un cuadrito generado por Chat GPT para ayudarnos a visualizar las diferencias: 

Ser íntegro Alcanzar integridad del yo
Virtud moral Desarrollo existencial
Honestidad Reconciliación con la propia historia
Coherencia ética Unidad interior
Rectitud Paz consigo mismo
Confiabilidad Sabiduría

La integridad del yo, según Erik Erikson, constituye la última etapa del desarrollo psicosocial. Consiste en poder mirar la propia vida y decir: valió la pena. No porque haya sido perfecta, sino porque fue asumida, comprendida y finalmente integrada.

Momentos de la integridad 

Una vez aclarado lo que entendemos por integridad del yo, quisiera volver a una observación que hice al final del artículo anterior, como una respetuosa conversación con Erik Erikson:

“Es como si la última etapa de la vida consistiera únicamente en reconciliarse consigo mismo, cuando quizá todavía queda mucho por construir junto a los demás”. 

Por eso decía, con cierta ironía, que no basta con "alcanzar la integridad del yo y desaparecer". Precisamente ahí encuentro una diferencia importante con la lectura tradicional de Erikson.

La integridad no es solamente el resultado de una vida bien comprendida. Es también una competencia que puede cultivarse. No aparece de repente al final de la existencia; se construye cada vez que reconocemos un error, reconciliamos una relación, damos un nuevo significado a un fracaso o descubrimos una manera distinta de servir.

Para comprender mejor esa construcción conviene mirar la secuencia completa que propone Erikson: desesperación, integridad y sabiduría.

La desesperación aparece cuando, al mirar retrospectivamente la propia vida, sentimos que las oportunidades decisivas se perdieron para siempre, que ya no hay posibilidad de reparar lo vivido y que el futuro se ha cerrado definitivamente. El pasado se convierte entonces en una condena y la muerte deja de verse como parte natural de la existencia para convertirse en la única salida imaginable.

La integridad representa justamente la experiencia contraria. No significa afirmar que todo se hizo bien ni justificar los errores cometidos. Significa poder contemplar la propia vida como un todo, asumirla con serenidad y reconocer que, aun con sus sombras, conserva un sentido.

Mientras escribía estas páginas, mi hermana me recordó una frase de nuestro padre durante los últimos meses de su vida. Murió lentamente, con serenidad, aunque en ocasiones repetía las palabras del salmo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Sin embargo, cuando hablaba de su historia decía algo que nunca hemos olvidado:

"Si naciera de nuevo, volvería a ser Miguel; me casaría otra vez con Fita y tendría los mismos hijos".

Con los años he comprendido que aquella frase encerraba una sabiduría extraordinaria. Mi padre no estaba afirmando que hubiera vivido una vida perfecta. Estaba diciendo algo mucho más profundo: si tuviera que recorrer nuevamente su historia, volvería a abrazarla. Había hecho las paces con su vida.

Quizá esa sea una de las expresiones más sencillas y más hermosas de la integridad del yo.

Siempre he dicho que mi padre fue un hombre íntegro en el sentido moral de la palabra. Hoy añadiría algo más: también construyó esa integridad existencial de la que habla Erikson. Sin conocer su teoría, llegó a reconciliarse con su historia antes de partir.

Cuando esa reconciliación predomina sobre la desesperación aparece lo que Erikson llama sabiduría. No se trata simplemente de acumular conocimientos ni de haber vivido muchos años. La sabiduría es una manera distinta de mirar la existencia. Nace de la experiencia, pero también de la humildad. Quien ha alcanzado cierta integridad ya no necesita demostrar constantemente que tiene razón. Comprende mejor porque primero ha aprendido a comprenderse a sí mismo.

La sabiduría juzga con serenidad, ama con mayor libertad y acompaña sin imponer. Sin embargo, tampoco aquí termina el camino.

Siempre hemos imaginado la integridad como un punto de llegada. Yo prefiero verla como un nuevo punto de partida. Cuando dejamos de pelear con nuestro pasado, quedamos libres para agradecer más, reparar lo que todavía puede repararse, servir mejor y acompañar a otros con mayor humildad. La integridad no clausura la vida; la vuelve disponible para los demás.

El entorno de la integridad

Mientras trabajaba este artículo volví a leer un poema de Dolor Original titulado El mar inmenso. Descubrí que, sin saberlo, aquel poema hablaba también de la integridad.

La inmensidad del mar casi trasciende nos hace pequeños nos sitúa nos hace orar nos define lo importante…

el paso del tiempo la inmensidad del mar no se encuadra solo se intenta es paz y a la vez espanta…

La inmensidad del mar no se encuadra  solo se intenta.

Por eso se sufre. 

Hoy cambiaría el último verso. Ya no escribiría "por eso se sufre". Escribiría: Por eso se siente la oquedad.  Diríamos que le falta al poema una dosis de esperanza.  Porque la esperanza es la fuerza que permite construir la integridad. Es el dinamismo que hace posible seguir construyendo esa estructura cuando todavía está incompleta. 

La oquedad nace cuando descubrimos que nuestra vida todavía no logra encuadrar esa inmensidad a la que aspiramos. No es un vacío estéril para sufrirlo. Es un espacio habitado por posibilidades aún no realizadas. Precisamente por eso no conduce necesariamente a la desesperación. Puede convertirse en el lugar donde nace la esperanza.

La esperanza no consiste solamente en esperar un futuro mejor. Es la capacidad de reconciliar el pasado con el presente para seguir construyendo una vida con sentido. Mientras hay esperanza, la historia personal nunca queda completamente cerrada.

Víctor Frankl insistía en que, mientras la persona vive, conserva siempre la libertad de otorgar un significado nuevo a lo vivido. No puede cambiar los hechos, pero sí el lugar que esos hechos ocupan dentro de la historia de su vida. En ese sentido, la esperanza no niega el pasado; lo resignifica.

Por eso me resulta cada vez más difícil pensar la integridad como un estado definitivo. Prefiero entenderla como una tensión creadora. Siempre habrá algo pendiente de aprender, de reconciliar, de agradecer o de reparar. La esperanza mantiene abierta esa posibilidad hasta el final de la vida.

Quizás, entonces, la pregunta importante no sea si ya hemos alcanzado la integridad. Tal vez debamos preguntarnos otra cosa:

¿Qué parte de nuestra historia todavía necesita ser reconciliada? ¿Qué relación merece ser reparada? ¿Qué gratitud continúa pendiente? ¿Qué servicio aún podemos ofrecer?

Mientras podamos responder alguna de esas preguntas, la esperanza seguirá viva y la integridad continuará construyéndose.

En el artículo anterior afirmábamos que el adulto mayor no debía entenderse como un receptor pasivo de cuidados, sino como uno de los activos sociales más valiosos de cualquier comunidad. Ahora podemos dar un paso más. La integridad del yo no conduce al retiro de la vida, sino a una nueva manera de participar en ella. Quien ha logrado reconciliarse con su propia historia está en mejores condiciones de comprender, acompañar, enseñar, agradecer y servir. La integridad alcanza su plena expresión cuando se transforma en generatividad.

Pero comprender, la pregunta verdaderamente importante sigue pendiente: ¿cómo se construye esa integridad a lo largo de la vida y cómo se manifiesta en la tercera y cuarta edad?

Ese será el tema de nuestro próximo artículo. Allí dialogaremos con el Erikson menos conocido: el que, junto con Joan Erikson, replanteó las últimas etapas del desarrollo humano y nos invita a descubrir que la integridad no constituye el final del camino, sino el comienzo de una nueva forma de servicio.

Miguel J. Escala
Miguel J. Escala
Miguel J. Escala Es educador desde 1969. Estudió Psicología y Educación Superior.
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