Por Rafael Céspedes Morillo
Patricio era alguien tranquilo, más bien solitario. Hablaba con los árboles, con los animales; tenía conversaciones, a veces largas, aunque no se sabía con quién era. Tenía maneras muy peculiares de ver y de actuar en su entorno. Los demás no sabían con certeza qué cosas le gustaban y cuáles no, pero nunca decía que no a lo que uno le pidiera.
Patricio era un ser especial; todos lo querían, porque además se limitaba a trabajar y a muy pocas cosas más. Tenía 27 años, y no se le conocía una novia, ni siquiera a nivel de chisme. Eso no parecía ser un elemento a considerar en sus planes: de esas cosas ni hablaba.
Sus padres eran muy respetados en la comarca, gente trabajadora y muy seria. Don Pacho —así le decían a don Francisco— era el carnicero del lugar; y doña Petro —apodo de Petronila—, ama de casa que a veces incursionaba en la fabricación de dulces para vender en el espacio de la carnicería del esposo. Sus dulces eran muy buscados por su calidad.
Con el resultado de sus ventas, Petro solía comprar cerdos para el engorde, los cuales luego vendía a su propio esposo, y con eso se financiaba sus vacaciones en El Rancherío, el poblado donde vivían la mayoría de sus familiares.
A Rafaelito, el hermano mayor de Patricio, le gustaban esas vacaciones; las disfrutaba compartiendo con sus amigos de infancia que se habían trasladado a ese lugar.
Pancho, Chichí, Félix, Lidia, Eusebio, Gregorio… eran parte de los Milenia y de los Pérez. No había distinción de clases entonces: éramos como iguales, de apellidos diferentes, pero hermanos en la práctica. Las madres no hacían distinción alguna para castigar al que se portara mal.
Recuerdo con agrado aquellas pescas o más bien recogidas de tilapias en los canales de riego del arroz de la familia: eran manjares. En mi campo no había de eso; apenas jaibas y pequeños camarones.
Había que ver el manejo de las diferencias: se respetaban. Rafaelito quería ser un gran intelectual; Gregorio se había ido al seminario. Los curas cercanos lo habían convencido de convertirse en sacerdote, cosa que los padres veían con orgullo. No sé si en realidad Gregorio había aceptado por convicción o por obediencia, pero lo cierto es que, unos años después, abandonó el seminario donde se preparaba para usar sotana.
El gran rio Camú era como un parque de diversiones; cruzarlo era un gran riesgo, pero lo hacíamos. La lucha era ver quién lo hacía primero. Nunca nos importó el peligro, o más bien, no veíamos ninguno, entre tantos que hoy sí podemos identificar. Pero Dios estaba ahí, cuidándonos: él sabía que no sabíamos de peligros, solo de diversión.
A veces reuníamos dinero, pidiéndoselo a los padres, para irnos a pie a cierta distancia y, luego, pagarle a un vehículo que nos retornara al lugar de residencia. ¡Cuánta inocencia, cuántas cosas inventábamos!
Hoy algunos de ellos me dicen —cosa que no recuerdo— que yo era el líder, que se hacía lo que yo decía, que todos me seguían. No tengo razón para no creerles, porque sí recuerdo que en mi campo yo era algo “especial”.
Recuerdo cosas que pasaban a mi alrededor, y hoy me pregunto por qué no soy autoritario, engreído o altanero, sabiendo que, por ejemplo, asistíamos juntos a la escuela un grupo de cinco, y yo jamás llevaba mis libros: ellos se turnaban para cargarlos en la ida y en la vuelta.
Si había un inconveniente en el camino, como que la lluvia impidiera el paso por un lugar en particular, alguien me cruzaba en sus espaldas. Si llegábamos a una casa y yo decía: “me gustan esos cocos de agua”, antes de cinco minutos alguien se subía a la mata y tumbaba cocos para mí…







