Octavio Santos
La Ciudad Colonial de Santo Domingo, ese epicentro de historia y cultura declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO, se ha convertido hoy en el campo de batalla de una guerra moderna: la de la micromovilidad contra el orden público.
Sin embargo, mientras el Ayuntamiento del Distrito Nacional (ADN) afila la guadaña para prohibir las patinetas eléctricas y el Ministerio de Interior y Policía convoca reuniones de urgencia ante el riesgo que corren los menores, el debate parece ignorar el elefante en la habitación. No se trata del motor eléctrico, ni de la batería de litio, ni siquiera de la velocidad de 25 km/h. Como diría la famosa máxima política adaptada a nuestro contexto vial: ¡Es la educación, estúpido!
En las últimas semanas, la narrativa oficial ha girado en torno a la restricción. El ADN estudia una ordenanza que, de aprobarse, borraría del mapa el uso recreativo de patinetas y bicicletas asistidas en el perímetro de la Ciudad Colonial, desde la avenida Mella hasta el Malecón.
Las sanciones propuestas son draconianas: multas de tres a diez salarios mínimos y la descontinuación de operaciones de alquiler en un plazo de 30 días.
Esta respuesta punitiva es la consecuencia natural de un "limbo" normativo que ha durado años.
El Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (Intrant) emitió permisos provisionales hace tiempo, pero nunca se consolidó un marco claro. Ante este vacío, el caos ha reinado en las aceras y plazas, generando quejas por el "uso indiscriminado" de estos vehículos en zonas peatonales.
Pero es ahí donde la lógica falla: ¿es la patineta la que invade la acera o es el conductor que desconoce que la Educación Vial es, ante todo, un conjunto de hábitos que buscan la protección y el cuidado de las personas en la vía pública?.
El factor humano: La pieza ignorada del rompecabezas
De acuerdo con los fundamentos de la seguridad vial, existen tres pilares clave: el factor vial (diseño de calles), el factor máquina (estado del vehículo) y, el más crítico de todos, el factor humano.
Las autoridades parecen obsesionadas con los dos primeros. Se habla de delimitar calles habilitadas y de auditar los equipos, pero se hace poco por corregir el comportamiento de los usuarios, que es donde reside el verdadero peligro.
El factor humano se define por el comportamiento de los usuarios y los problemas provocados por el desconocimiento de las normas.
Cuando un turista o un residente decide subir una patineta a una plaza histórica o circular en vía contraria, no está fallando la máquina; está fallando la formación ciudadana.
La educación vial no es solo aprenderse la Ley de Tránsito, es internalizar modos de cortesía y respeto mutuo que son esenciales para la convivencia en espacios compartidos.
La ministra de Interior y Policía, Faride Raful, ha dado la voz de alarma sobre el riesgo para los menores de edad. Se han registrado accidentes que exponen la vida de niños y adolescentes que utilizan estos dispositivos sin supervisión ni formación previa.
Sin embargo, la respuesta inmediata ha sido el decomiso de equipos, como se ha visto en operativos en San Francisco de Macorís.
Si bien la fiscalización es necesaria, la confiscación de "la máquina" sin una intervención en "el humano" solo posterga el problema hacia el próximo dispositivo de moda.
La autorregulación: El grito de auxilio del sector privado
Ante la ausencia de directrices estatales, las empresas agrupadas en la Asociación de Movilidad Eléctrica Dominicana (Asomoedo), han intentado llenar el hueco educativo con medidas de autorregulación.
Edwin Martínez y Normy Gallardo, directivos de la entidad, han propuesto soluciones que van mucho más allá de la simple prohibición:
- Control tecnológico: Limitación de velocidad a 20 o 25 km/h para proteger al peatón;
- Seguridad pasiva: Entrega obligatoria de cascos y seguros de responsabilidad civil;
- Geofencing: Delimitación geográfica para evitar que las unidades salgan a zonas de alto riesgo como el Malecón.
Lo más revelador es su propuesta de crear "guías de turismo educativo" para grupos escolares. Esta iniciativa reconoce implícitamente que la patineta puede ser una herramienta de aprendizaje si se maneja bajo una estructura pedagógica.
Sin embargo, Asomoedo lamenta que, a pesar de sus planes de regulación presentados a la Alcaldía, se encuentran en un "limbo" donde no hay diálogo constructivo, sino solo la amenaza del veto.
¿Prohibir como en París o educar como sociedad?
El borrador del ADN justifica sus medidas comparando a Santo Domingo con ciudades como París, Londres o Singapur, que han aplicado restricciones severas. Pero esta comparación es tramposa. Esas metrópolis llegaron a la restricción tras décadas de infraestructura ciclística y programas de educación vial masivos. En la República Dominicana pretendemos saltar directamente a la sanción sin haber pasado por el aula.
Desde las escuelas, se debería orientar a los estudiantes sobre el significado y la importancia de la educación vial.
Un ciudadano que entiende que una señal preventiva (ese rombo amarillo que a veces ignoramos) está ahí para avisarle de un peligro inminente, o que una señal reglamentaria con borde rojo indica una prohibición estricta para salvar vidas, es un ciudadano que no necesita que le prohíban la patineta para saber comportarse.
El semáforo, ese dispositivo que regula la circulación de forma secuencial, es el símbolo máximo del orden. Sin embargo, en la Ciudad Colonial, el "semáforo moral" de los conductores parece estar permanentemente en amarillo intermitente: una invitación a avanzar con cautela, pero sin respetar realmente las prioridades del peatón.
La educación como la única salida sostenible
La propuesta de prohibición total en la Ciudad Colonial es una admisión de derrota. Es admitir que, como sociedad y como Estado, somos incapaces de educar a nuestros ciudadanos para usar una herramienta de micromovilidad limpia y sostenible sin que se convierta en un arma.
Para "transitar mejor", como sugieren los expertos en pedagogía vial, es vital propiciar una conciencia de prevención desde la infancia. Esto implica:
- Enseñanza de prácticas y hábitos: No solo reglas frías, sino la ética del cuidado del otro en la vía pública.
- Conocimiento de las señales: Diferenciar entre lo informativo, lo preventivo y lo prohibitivo.
- Cortesía vial: Entender que el respeto al peatón es la base de cualquier sociedad civilizada.
El Intrant, organismo creado para estudiar, planificar y controlar el tránsito, tiene la responsabilidad legal de proveer educación vial tanto a conductores como a peatones.
Si las patinetas eléctricas hoy son un peligro, es porque el Estado ha fallado en su rol educador y las empresas han operado en la sombra de la incertidumbre.
Conclusión: Un cambio de paradigma
La Ciudad Colonial no necesita menos patinetas; necesita más ciudadanos educados. La prohibición que estudia el ADN puede que despeje las plazas temporalmente, pero el problema de fondo —la falta de cultura vial y respeto al espacio público— simplemente se mudará de vehículo o de sector.
Si las autoridades realmente quieren "salvar vidas", como afirma la ministra Raful, la reunión de esta semana no debería ser solo para "definir lineamientos de regulación" punitiva, sino para diseñar un programa nacional de educación vial que integre estos nuevos medios de transporte.
Al final del día, el ordenamiento del tránsito no se logra con multas de diez salarios mínimos, sino con el entendimiento de que cada señal, cada regla de cortesía y cada límite de velocidad es un contrato social para proteger la vida. La tecnología de micromovilidad ha llegado para quedarse y es una oportunidad para reducir la huella de carbono y mejorar la fluidez urbana. Pero para que funcione, debemos dejar de culpar al aparato y empezar a formar al individuo. Porque, insisto, el problema no es la patineta… ¡es la educación, estúpido!





