Por Rafael Méndez
La violencia y el deterioro institucional en Haití se han convertido en un factor decisivo que repercute en la sociedad dominicana, generando un ambiente de tensión y polarización. En un contexto donde la historia y la memoria colectiva están marcadas por episodios oscuros, las imágenes de caos y desesperación al otro lado de la frontera reavivan viejos temores y alimentan discursos excluyentes que, lejos de ofrecer soluciones, profundizan la división social.
Ante esta coyuntura, la República Dominicana se enfrenta a una encrucijada: por un lado, el riesgo de caer en narrativas simplistas y peligrosas, y por el otro, la oportunidad de transformar el debate público hacia un enfoque más humano y solidario. Es en este escenario donde los discursos ultranacionalistas, amplificados por las redes y algunos actores políticos, se presentan como una respuesta emocional que recuerda, sin quererlo, episodios como la Masacre de 1937, poniendo en tela de juicio la capacidad del país para aprender de su pasado.
El legado histórico del ultranacionalismo
La historia dominicana está marcada por episodios en los que el ultranacionalismo se manifestó de forma violenta y excluyente. Durante la dictadura de Trujillo, se instauró una política de odio que culminó en la Masacre del Perejil, donde la diferencia étnica se utilizó para justificar actos atroces en contra de los haitianos. Este episodio no solo dejó una herida profunda en la memoria colectiva, sino que también estableció un precedente sobre cómo se pueden manipular las identidades nacionales para legitimar la violencia.
Con el paso de los años, y en períodos posteriores como el gobierno de Joaquín Balaguer, las políticas de control migratorio y los discursos excluyentes se mantuvieron latentes. Aunque los métodos y la retórica han cambiado, la sombra de un pasado de intolerancia continúa influyendo en el presente. La utilización de episodios históricos para justificar el rechazo a los inmigrantes se reconfigura en discursos que, en el contexto actual, encuentran en la crisis haitiana un nuevo impulso para su difusión.
El impacto de la era digital en la propagación de discursos
Las nuevas tecnologías y las redes sociales han transformado la manera en que se difunden las ideas y se configuran las opiniones públicas. En el caso del discurso ultranacionalista, las plataformas digitales han permitido que mensajes de odio y exclusión se propaguen con mayor rapidez y alcance, desafiando los mecanismos tradicionales de control y verificación informativa.
Esta nueva dinámica digital no solo intensifica la polarización, sino que también facilita la normalización de actitudes que históricamente han tenido consecuencias devastadoras. Al presentarse en formatos accesibles y virales, estas narrativas simplificadas transforman la complejidad de la crisis en argumentos emocionales, desprovistos de análisis profundo, que refuerzan estereotipos y alimentan la desconfianza hacia el otro.
Desafíos contemporáneos y la búsqueda de soluciones inclusivas
La situación actual exige una reflexión profunda sobre las raíces del rechazo y la hostilidad que se han observado en la sociedad dominicana. Es fundamental reconocer que, si bien la migración requiere regulaciones que garanticen la seguridad y el orden, estas no deben transformar el debate en un terreno fértil para el discurso de odio. La crisis en Haití demanda respuestas coordinadas y humanitarias, que consideren tanto la dignidad de los migrantes como la seguridad y estabilidad de la comunidad local.
Frente a este escenario, es imperativo que los actores políticos y sociales impulsen un debate basado en el análisis riguroso de los hechos y la búsqueda de soluciones multilaterales. La inclusión y la solidaridad deben ser los pilares sobre los cuales se construya una política migratoria que reconozca la diversidad como una fortaleza y no como un riesgo. Solo mediante el diálogo y la cooperación se podrán evitar las tragedias del pasado y construir un futuro de paz y convivencia.
Hacia una identidad nacional renovada
El reto para la República Dominicana es trascender las viejas narrativas y construir una identidad nacional que integre la diversidad como elemento enriquecedor. Este proceso implica reconocer la complejidad de la crisis haitiana y sus múltiples dimensiones, evitando reduccionismos que conduzcan a la exclusión. La historia, con todos sus episodios dolorosos, puede servir como una lección para fomentar una convivencia basada en el respeto mutuo y la solidaridad.
En este sentido, es necesario promover iniciativas y políticas públicas que incentiven la integración, la educación intercultural y el diálogo entre comunidades. La transformación del discurso público pasa por la construcción de espacios en los que se aborden los temores y prejuicios de forma constructiva, reconociendo que la seguridad y el desarrollo social se fortalecen en sociedades inclusivas y pluralistas.
Hoy, la sociedad dominicana enfrenta una encrucijada decisiva: ceder a la tentación de repetir errores del pasado o construir una comunidad donde la diversidad se vea como fortaleza, no como amenaza.