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sábado, enero 17, 2026
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Una mirada anticipada al 2028: el riesgo de elegir gobiernos cada vez con menos gente detrás

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Por Octavio Santos

Si uno quisiera buscar una sola palabra para describir el clima previo a 2028, no sería “polarización”. Sería desencanto.

Hoy, una mayoría clara de los dominicanos siente que el país va en la dirección equivocada. Y no es solo una opinión política: es un estado de ánimo. Predominan la preocupación, la ansiedad, la frustración y la desconfianza. Las emociones positivas existen, pero están en minoría. La percepción negativa del rumbo del país se ha vuelto dominante y persistente.

Ese clima emocional no moviliza. Agota. Y cuando la gente se agota, deja de participar.

Eso es exactamente lo que está pasando con el voto.

Del malestar emocional a la abstención política

Durante años se habló de apatía electoral. Hoy parece algo distinto: una retirada silenciosa de la ciudadanía.

La gente no se radicaliza. No protesta masivamente. No rompe con el sistema. Simplemente se sale de él.

Cuando una mayoría cree que el país va mal y además se siente mal con esa realidad, la política deja de ser una herramienta y se convierte en una molestia más. Votar deja de ser un acto de esperanza y pasa a ser un trámite inútil.

Eso explica por qué, aunque el padrón electoral crece cada ciclo, la participación cae. No porque falten ciudadanos, sino porque sobran razones para desconfiar.

El gobierno como parte del problema

El desgaste no es solo estructural. Es político.

La evaluación del gobierno se ha deteriorado de forma sostenida. La valoración negativa crece. La positiva se encoge. Y lo más preocupante: desaparece la neutralidad. Se pierde el “beneficio de la duda”.

La gente ya no espera. Ya no concede tiempo. Ya no suspende el juicio.

La sensación dominante es que el gobierno no resolverá los problemas centrales del país y que incluso puede dejar las cosas peor. El aumento del costo de vida, el deterioro de servicios, la inseguridad, la percepción de corrupción y la falta de respuestas estructurales pesan más que cualquier logro puntual.

Y cuando el gobierno pierde credibilidad, no solo pierde apoyo: pierde capacidad de convocar.

Cuando el Estado pierde credibilidad, la democracia pierde energía

La pérdida de confianza no se limita al Ejecutivo. Abarca al Estado como conjunto.

La gente duda de que el sistema de salud funcione, de que el tránsito mejore, de que los servicios públicos se sostengan, de que las instituciones estén a la altura de sus responsabilidades.

Y cuando el Estado no funciona en lo cotidiano, la democracia deja de sentirse útil.

No se rompe la democracia. Se vuelve irrelevante.

Y cuando la democracia es irrelevante, votar también lo es.

2028: el riesgo no es quién gana, sino con cuánta gente gana.

Todo esto lleva a un punto incómodo: 2028 puede ser la elección con más padrón de la historia… y con menos legitimidad social que nunca.

No porque el proceso sea fraudulento.

No porque no haya competencia.

Sino porque el vínculo entre ciudadanía y política se está debilitando.

El ganador probablemente obtendrá una mayoría clara entre los que votan, pero representará a una minoría del total de ciudadanos. Y gobernar con una base social reducida no es lo mismo que gobernar con respaldo amplio.

Es gobernar en terreno frágil.

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