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miércoles, febrero 18, 2026

Sufrir un taxista en Santo Domingo

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Por Osvaldo Santana

¿Acaso has vivido la experiencia de utilizar el servicio de taxis en el Gran Santo Domingo? Si ha sido así, seguro que le pagas a una compañía de transporte o a un taxista en particular para que te conduzca a un destino. Pero no le pagas para que te abrume con una verborrea incesante durante todo el trayecto.

Llegar al destino es el interés del usuario del servicio, y paga con la expectativa de que al menos se trasladará con un mínimo de seguridad.

Se corre el riesgo de sufrir daños durante el recorrido, no ya por lo que implica transitar en las calles de la ciudad, sino a consecuencia de las imprudencias del mismo chofer al que le pagas. También se puede hasta aceptar desgarramientos en tus atuendos o vestimentas por el desastroso estado interior del vehículo, suciedad o deterioro general de los muebles. Es admisible, incluso, que el conductor intente atacarte, lo que no sería raro, o simplemente pretender seducirte, si eres mujer.

Lo que resulta brutalmente molestoso es la perorata, ese incesante hablar típico de muchos taxistas, sobre cualquier asunto, siempre cargado de superficialidad, sandeces y hasta procacidad.

Dios constituye una pieza recurrente entre taxistas “convertidos”, profesantes de una fe rotunda en la venida del señor Jesucristo y convencidos de que pueden evangelizar al pasajero. 

Las “experiencias” sobre apariciones del Espíritu Santo y del mismo Dios pueden reflejar un estado de alucinación, desquicio o grave desorden mental, para ellos, vivo ejemplo de que han sido “tocados” por la mano divina para salvar a los infieles. El silencio o la no respuesta deriva en un estímulo para prolongar los relatos que los empujaron a la conversión.

Asimismo, no dudan un instante en revelar sus dramas de familia, sus conflictos y desacuerdos, con detalles que al final hablan de las desgarrantes situaciones que se suscitan en sus hogares. 

No faltan historias sobre amoríos y experiencias que nada importan. Ante la indiferencia del pasajero, optan por hablar como si se dirigieran a sí mismos. Una sed de airear problemas de su particular incumbencia.

Igual someten a su rasero a gobierno y oposición. “Informados” como el que más, “analizan” los problemas nacionales. También, expertos en política internacional.

La economía, la falta de circulante, el dólar y los altos precios, lo mal que está la cosa, y todo lo que tienen que hacer para reunir unos cuantos pesitos, en medio de “tantos tapones”. 

Y ni hablar de los artistas, la farándula en todos los tonos. “Conocedores” de ese mundo; denostan o resaltan sin parar. 

De fondo, una música sobre la que hablan a todo pulmón. 

No cesan hasta que anuncian que has llegado al destino, y de inmediato, el costo del servicio.

El pasajero, abrumado, aturdido, exhausto, enojado, al límite del ahogo, al final, sale con un dejo de alivio, después de sobrevivir la saturante metralla verbal.

De alguna manera reflejan estos individuos graves desequilibrios y es inevitable preguntar: ¿qué tan extendidos pueden estar esos comportamientos entre los dominicanos, o acaso, es una cuestión particular de los taxistas?

¿Se anima la gente a usar un taxi, a no ser por extrema necesidad?

¿No podrían las empresas transportistas, emprender un programa de orientación de sus abonados sobre el trato a los usuarios de sus servicios?

¿Tiene futuro un servicio llevado de esa forma por sus prestadores?

 

Osvaldo Santana
Osvaldo Santana
Osvaldo Santana es periodista.

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