Por Ignasi Armengol
Hoy ha sido la treceava puesta de sol admirada desde varios rincones de República Dominicana. Una preciosidad. Quizá la más espectacular de todas, desde Punta Rucia, en la región Norte.
Han sido trece días recorriendo el país, con un grupo familiar de chicos jóvenes, mi esposa y nuestra ‘guía amiga’, Altagracia. Lógicamente, como su nombre indica, dominicana de origen y condición.
Déjenme primero hablar de sus maravillas naturales. Empezando por un clima benigno, donde, de la mañana a la noche, el pantalón corto y una camiseta son suficientes para transitar, mejor sin que el sol te toque directamente.
Seguiré hablando de sus playas y entornos costeros, donde toda la gama de colores del verde suave al azul intenso está permanentemente cruzándose, jugando entre ellos, gracias a la distinta textura de sus suelos, ahora con arena blanca para dar el turquesa, ahora con las algas filamentosas que le dan la oscuridad marina al azul y al verde. Uno no se cansa de descubrir variantes mientras escuchas cómo rompen las olas, y si tiene valentía, las saltas y escabulles, especialmente en las playas de Barahona y de Los Patos, donde su fuerza es brutal.
Pero ahí solamente he empezado hablando de las costas. Porqué el interior del país es bello por la exuberancia de sus bosques tropicales, de sus selvas, y de sus valles fructíferos en la zona del Cibao. Pero también rumbo al Nordeste, en los arrozales llegando a Nagua y pasando por Laguna Salada, sus haciendas de caña llegando a Barahona, y sus campos preciosos de esa mata gloriosa que son los mangos en Baní y Azua, o los campos de patatas y los invernaderos de fresas en la carretera de Jarabacoa a Constanza. Resumiendo: una variedad de entornos naturales increíbles, por belleza, por intensidad, por diversidad, por concentración en un espacio relativamente pequeño de zonas preciosas, de rincones únicos, de miradas que abren el ánimo de uno, de esos momentos en que uno se dice: “hice bien en venir, esto es único”.
Pero me gustaría referirme a una parte más cultural, más sociológica de la República Dominicana. Y como en el párrafo anterior lo hago desde una perspectiva muy personal, sin intentar ni categorizar, ni generalizar, ni exagerar, ni herir, ni… solamente trasladar la opinión de un ciudadano del mundo que ha tenido la suerte de pasar trece días en ese país.
Hemos pasado por multitud de pequeñas villas, pueblos, pequeños grupos de casa, pero también alguna ciudad y por su capital. He podido hablar directamente con quizá cien personas. Normalmente en comercios y restaurantes, pero también en la playa, en la plaza o en la calle. Siempre que he saludado, siempre, he obtenido rápida respuesta: un ‘hola’ o un ‘buenas’ generosos, o un “cómo ustedes están”, que invita a abrir una conversación. Siempre hay en el dominicano una voluntad de diálogo, de conversación que va más allá del saludo cortés y educado. Incluso en gente joven. Empezar con una broma es un seguro de enganche en la conversación: todo el mundo sonríe rápidamente y sigue la broma. Son ustedes ruidosos cuando están juntos, con amigos, con la familia, y sobre todo si hay música. Pero eso es bonito y hasta emocionante para los que viniendo de Europa estamos acostumbrados a más silencio y a que se quiera pasar inadvertido.
La gente en buena parte del día vive en la calle. El clima lo propicia, pero también el carácter y el talante. Grupos de jóvenes hablando y jugando en los Hoyos, los Charcos, los Arroyos y muchos otros nombres que reciben los ríos donde la gente se baña. Pero también al lado de la carretera, junto a las casas, vendiendo frutas en la carretera, o charlando las señoras en la plaza, o los señores jugando a dominó. Hay un bullicio permanente, alegre, y parece divertido, donde quizá los problemas son pequeñeces y la gente con poco vive alegre.
Quizá mi mirada es muy simple y hasta simplona para un sociólogo, pero es cierto que cuando veo esa calma mezclada con charla, alegría y juego, para mí es un compendio de buena vida comparada con el ajetreo de corbatas e intelectuales en los centros de negocios de las ciudades europeas.
Insisto en que es mi mirada, de trece días en RD, y que no quiero caer en simplezas ni generalidades, pero he visto un tipo de vida alegre, despreocupada, junto a los amigos y unida a la familia. Y quizá cerca de la pobreza o como mínimo sin ninguna holgura, pero sabiendo vivir la vida.
En la Descubierta, en Las Salinas, en la Cueva de Cabo Rojo, en Pedernales, en Cosón, en las piscinas de las Barías, y en el camino al Salto Limón del Río Javilla, en la pulpería de Punta Rucia, comiendo el mejor mofongo del país en Moca, o en el mercado de frutas de Jarabacoa, en el restaurante de Constanza regenteado por un abogado de la capital ahora jubilado, o en el Hoyo Felipe cerca del Lago Enriquillo, o almorzando en San Rafael o comprando bisutería de larimar después de Barahona (¿quién dice que esa piedra es semipreciosa? ¡Sí, es una preciosidad!). En todos esos lugares y muchos más he visto gente viviendo la vida, que para mí es la mejor expresión para señalar que unos la viven mejor que otros.
Y por último, quiero referirme a la familia anfitriona de nuestras primeras horas en el país, que en buena parte pusieron los mimbres para este viaje. Dominicanos por muchas generaciones, pero también por vocación, que sin quererlo ya te preparan para que te enamores de esta isla dominicana. Muchos hermanos, hijos de un intelectual de principios de siglo XX que lógicamente estuvo al lado de todas las luchas de clase y de toda clase de libertad, y de una madre que hizo de piedra angular de la familia y que consiguió que todos estudiaran en la Universidad, siendo de un pequeño pueblo del sur del país (Tamayo). Con esas credenciales ya ven que hay muy buena madera. Su manera de abrirse a nosotros, de empezar a explicar lo que veríamos en los próximos días, de su respeto por sus huéspedes, de sus consejos y de su amplio conocimiento de muchos rincones de la República, nos sirvió de base y ánimo para estas casi dos semanas.
Desde nuestra guía ‘arquitecta’, pasando por médicos, e ingenieros de todas las ramas y periodistas…. Y por un amor y devoción a la jardinería y la botánica que ya señala su respeto por la naturaleza.
Muchas gracias por sus atenciones. Sin compartir esos momentos en la capital y en Moca, seguro que RD no hubiera significado lo mismo. Nos ayudaron a entenderla y valorarla, tanto a los mayores como a los jóvenes, aspecto nada trivial saber encajar con unos y otros a la misma vez.
También he observado estos días la capacidad industrial del país viendo algunas pequeñas empresas como una de cigarros en Moca, o una gran cafetera en Jarabacoa, una potente industria turística que poco a poco va dejando el monopolio-monocultivo de los Resorts por pequeños establecimientos de 1 a 5 familias regenteados por dominicanos como en Las Salinas, en Punta Rucia o en la Cueva cerca de Cabo Rojo (por cierto, son necesarios los 13 hoteles gigantes de Cabo Rojo? ¿Esa era la mejor inversión pública? ¿No se habría de abrir el mundo turístico a sistemas más sociales y abiertos a la emprendería directa?). Buenas señas de crecimiento si el país es capaz de trabajar su propia industria, pues ese es y será el secreto del progreso en los próximos 50 años, en mi opinión: quien tenga base industrial y emprendedora, tiene futuro.
Y sin ánimos de dar ninguna lección a nadie (pocas podemos dar desde esa Europa colonizadora), solamente identificar unos pocos aspectos que me sorprendieron en negativo:
En primer lugar, la necesidad de colocar cientos de ‘policías acostados’ en las carreteras y especialmente dentro de los pueblos y ciudades, para obligar a ir a una velocidad baja. ¿Es sencillamente porque la gente no haría caso a las señales, correría con las motos (motores dicen ustedes), y podría atropellar a niños y ancianos? Pues eso es una mala señal: uno debe controlarse y ajustarse a las normas sin necesidad de ‘policías’ ni acostados ni parados, si no es una cultura basada en el ‘pillo’ y el ‘juegavivo’ de Panamá en vez de en el respeto y el control de la misma sociedad. Lo mismo sucede con los cascos de los motoristas: ¿tan difícil es cumplir la norma existente desde hace décadas? Ni los policías y militares los llevan…
Y en segundo lugar, la excesiva basura en la calle, en los ríos y en zonas comunes (piensan que si no los ven cuando la tiran, no hacen nada malo?). Me ha gustado ver que hay ya mucha sensibilidad por el medio ambiente y la gente sabe que solamente las personas podemos arreglarlo. Pero aún hay demasiada basura y se necesita más sensibilización/educación.
Y, por último, el ruido ensordecedor de la música en algunos lugares. Poner en la misma frase “ruido” y “música” para referirnos al mismo sonido no habría de ser correcto. Quiero pensar que es un tema cultural, y no de falta de respeto. Pero es cierto que estar en un lugar tranquilo, bañándonos en un arroyo, y que con la llegada de un vehículo empiece un festival de música ensordecedor que haga que tengamos que marcharnos, no fue agradable. Y como nos sucedió en más ocasiones, en la playa incluso, pienso que uno debería anteponer el bienestar del prójimo antes que el suyo propio. Siempre es posible disfrutar sin enojar al vecino.
Pero no quiero acabar en ese tono porque sería injusto que después de tanta gratitud y admiración parecer que somos más críticos de la cuenta. Quiero acabar por tanto agradeciendo a la Naturaleza que haya creado en el límite Norte del Mar Caribe este universo precioso, delicado, sensible, pero impresionantemente bonito en sus 4 puntos cardinales. Y también a los dominicanos que por generaciones han construido un país de gente sencilla, sana, alegre…, que tienen grandes universidades, buenas empresas y una sensibilidad hacia el medio ambiente, que la ha de hacer distinta de otros espacios y países que no están a su nivel. Gran país, gran viaje, grandes aprendizajes, y mejores recuerdos.
Acabo con el título: me enamoré de República Dominicana. Volveremos.
Ignasi Armengol es sociólogo y escritor catalán. Reside en Barcelona.




