Por Yancen Pujols
Los Dodgers de Los Ángeles se han ganado un espacio en los libros de la historia de las Grandes Ligas y a la vez son un manual de cómo manejar la economía del negocio.
Una organización brillante. Sin dudas.
Invierten con astucia en sus jugadores, muchos de ellos que quieren ponerse ese uniforme, y llegan los trofeos junto con ingresos que mueven a un saludo de la más alta jerarquía.
El pasado sábado obtuvieron su segunda corona en línea, primer equipo que repite en las Mayores desde los Yankees de Joe Torre en 1998-2000, pero, más sorprendente aún, ese logro no lo ejecutaba una escuadra de la Liga Nacional desde la “Gran Maquinaria Roja” de Cincinnati de 1975-76.
Derrotaron a Toronto en siete juegos de pura emoción con una audiencia cautiva que por igual alcanzó niveles admirables: más de 31 millones de espectadores coincidieron en el punto más alto, el mejor juego en la MLB desde 2017 y superó por un 10% al último partido siete de una final, que fue en 2019 entre Houston y los eventuales campeones Nacionales de Washington.
Ganar es complicado y repetir una tarea de titanes. La tropa de Dave Roberts se nutrió de un héroe llamado Yoshinobu Yamamoto, el nipón que ganó tres partidos, todos en la ruta, un hecho sin precedentes en la ronda por la corona, y fue el Jugador Más Valioso. Trabajó seis entradas de calidad en el choque número seis y horas después estuvo relevando para frenar la amenaza de Toronto. Fue de locura y a la vez de pura grandeza.
El venezolano Miguel Rojas dio un jonrón en el noveno episodio del encuentro decisivo para empatarlo. Lo más improbable es lo que más fácil puede suceder en un terreno de béisbol.
Y ni hablar de Shohei Ohtani, el fenómeno japonés que dejó su sello en la postemporada de la manera en que sabe hacerlo, “con lo nunca visto.”
Precisamente es Ohtani el punto de realce de todo lo que sucede con los Dodgers. En dos campañas vestido de blanco y azul lleva un par de anillos y en pocas semanas será anunciado como el ganador del mérito al Más Valioso por segunda ocasión en fila india.
Todo eso lanzando y bateando como nadie en los registros del juego. Pero no se queda ahí, sus tentáculos se expanden y los Dodgers se benefician en gran medida. Ohtani cobra dos millones por campaña, de un total de 70. Será a partir de 2034 y hasta 2043 que los Esquivadores le darán 68 millones de dólares por año, según se estableció en su pacto. Esto permite al conjunto maniobrar para tener a los mejores en el terreno. Su nómina en 2025 fue de 350 millones 24 mil 106 dólares, por mucho la más cara en la MLB. Súmenle a eso que tendrán que pagar una penalidad de unos 168 millones de dólares que se les impone al pasarse del límite que se establece para tratar de equilibrar el sistema. Los Ángeles es un mercado grande y lo que se busca con esto es que los “pejes gordos” no siempre coman con su dama. A ellos no les importa y prefieren invertir más de 500 millones de dólares y celebrar.
Señalado ese detalle, a sus arcas entraron más de 200 millones de dólares por patrocinios, muchos de ellos de empresas japonesas que quieren estar cerca de Ohtani. Difícil que aparezca otro equipo que haya recibido ese nivel de respaldo.
Recibieron a más de cuatro millones de espectadores en su estadio en 2025, los mejores por mucho. En sus 81 partidos como dueños de casa, promediaron 49 mil 537 parroquianos por fecha. Eso es mucho “comiendo, bebiendo, comprando y disfrutando”, parafraseando a Enrique Rojas, el estelar reportero y analista dominicano que labora para Espn.
Su cifra más alta había sido de 3,974,309 millones de fanáticos, obtenida en 2019.
Los Dodgers son una máquina de coronas en el terreno y una fábrica de dinero que trabaja con la misma intensidad mientras alcanza el mismo nivel de éxito.
Al final, el fanático quiere ganar. El empresario hacer millones. Póngale a “San Ohtani” de por medio y es la ejecución perfecta.
¡Grandes los Dodgers!





