Santiago Torrijos Pulido
Legal Expertise Liaison en Fridman, Fels & Soto (USA)
LL.M. de Georgetown Law
En los últimos años, un término ha empezado a repetirse en el mundo económico: nearshoring. Suena técnico, incluso lejano. Pero en realidad describe algo sencillo: empresas que antes producían en países lejanos -principalmente en Asia- están trasladando parte de su producción a lugares más cercanos a su mercado principal, especialmente a Estados Unidos.
¿Por qué? Porque hoy no solo importa producir barato, sino producir cerca, rápido y con mayor seguridad.
Las tensiones entre grandes potencias y los problemas logísticos globales dejaron una lección clara: depender de fábricas al otro lado del mundo puede ser eficiente… hasta que deja de serlo. Y cuando deja de serlo, el costo es enorme.
Ahí es donde aparece el nearshoring. Y con él, una oportunidad histórica para países como la República Dominicana.
El país reúne varias condiciones que, en este nuevo contexto, se vuelven especialmente valiosas. Está geográficamente cerca de Estados Unidos, lo que reduce tiempos y costos de transporte. Tiene experiencia en zonas francas, donde ya operan empresas internacionales. Y, además, ofrece un entorno relativamente estable en comparación con otras economías de la región.
Traducido a términos simples: para una empresa estadounidense que quiere dejar de depender de Asia, producir en República Dominicana empieza a tener mucho sentido.
Pero el nearshoring no es solo una decisión empresarial. Es una transformación global en marcha.
Empresas de tecnología, manufactura, dispositivos médicos y textiles están reorganizando sus cadenas de producción. Buscan países que no solo sean competitivos en costos, sino que también ofrezcan confiabilidad, cercanía y reglas claras. Ya no se trata únicamente de cuánto cuesta producir, sino de qué tan seguro es hacerlo.
Y en ese nuevo juego, la República Dominicana tiene cartas fuertes.
Sus zonas francas han demostrado que pueden adaptarse. No son tan solo espacios de manufactura básica; en muchos casos, forman parte de cadenas productivas más sofisticadas. Además, el país ha construido una reputación de apertura al capital extranjero que hoy resulta clave.
Sin embargo, esta oportunidad no viene garantizada.
Otros países también compiten por atraer esas inversiones. México, por ejemplo, tiene una ventaja geográfica evidente. Centroamérica se mueve con rapidez. Incluso países más lejanos están ajustando sus estrategias para no quedarse atrás.
Por eso, el reto dominicano no es entender la oportunidad -eso ya está claro-, sino actuar con rapidez y visión.
Aprovechar el nearshoring implica invertir en infraestructura, mejorar la logística, formar talento y simplificar procesos. Pero, sobre todo, implica tomar una decisión estratégica: apostar por convertirse en un actor relevante en esta nueva etapa de la economía global.
Lo positivo es que el país no empieza desde cero.
Ya tiene una base industrial. Ya tiene experiencia atrayendo inversión. Ya tiene una ubicación privilegiada. En otras palabras, la República Dominicana no necesita inventar su lugar en este proceso: necesita consolidarlo, y hacerlo a tiempo.
Si la República Dominicana logra aprovechar este momento, y el impulso que viene, podrá transformar su economía. Eso es lo que realmente está en juego.










