La Suprema Corte de la Gran Nación del Norte.

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Por Federico Pinales

Le cerraron el telón al gran faraón y le borraron el guion, que mantenía en tensión a la gente decente de esa nación.

La Corte Suprema, sin hacer mucha bulla, le puso un freno letal a las cadenas de marrullas del presidente Trump y sus abogados para salirse con las suyas.

Con una histórica decisión unánime, la Suprema Corte de Los Estados Unidos de Norteamérica, reivindicó el prestigio del sistema judicial de ese país, puesto seriamente en tela de juicio, por un desquiciado narcisista, petulante, prepotente y engreído,  que se había erróneamente creído, que el pueblo lo había elegido, para que se convirtiera en un  vulgar  forajido, violador de todas las leyes divinas y terrenales y para que le agravara a la humanidad sus terribles males mediante sanciones, amenazas, represiones, chantajes, deportaciones, invasiones, falsas acusaciones para justificar ilegales expropiaciones de los bienes de otras naciones.

La Suprema Corte le bajó su ínfula de Rey y le recordó que en los Estados Unidos nadie está por encima de la Ley.

Ahora tendrá que enfrentar todos los juicios criminales que reposan en diferentes tribunales, esperando la decisión del organismo supremo, sobre la supuesta impunidad reclamada por el magnate, para liberarse de la posibilidad de ir a guardar prisión, por diferentes delitos criminales y por evasión.

La población decente de la mayor economía del continente se siente alegre y resplandeciente, porque la Suprema le dijo a la gente, que no es verdad que en Estados Unidos es normal ser delincuente, porque se haya llegado a ser presidente.

Donald Trump mandó a capturar a Nicolás Maduro para reforzar su imagen de presidente duro, sin imaginarse que la Suprema lo iba a golpear tan duro, por delitos más graves de los que él  le atribuye al mandatario venezolano, a quien secuestró y envió encadenado a los tribunales de Nueva York, mientras se proclamaba dueño y señor de unas riquezas naturales de otra nación libre y soberana, cuyo único  delito ha sido tratar de que las ganancias que generan sus recursos naturales beneficien a los habitantes de su país y de que estos tengan el derecho que les asiste a trazarse su propio destino, sin la subordinación a intereses foráneos.

 

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